GARGANTÚA Y PANTRAGRUEL


Por Donaldo Mendoza

Algunos recordarán un grueso volumen de 894 páginas, verde y de pasta dura, de una colección literaria que distribuyó en Colombia Almacenes Ley. Esa edición de Bruguera para Latinoamérica es de 1978. Es otra de las obras que por estos días cobran vigencia. Un extenso relato que compensa con diversión y risa el tiempo que se invierte en leerlo. Su autor, François Rabelais (Francia, 1494-1553). La obra, dividida en cinco libros, le ocupó más de veinte años. Cinco libros unidos por la historia de sus tres gigantes protagonistas: Grandgousier, Gargantúa y Pantagruel, y un cuarto personaje que funge de leal escudero de Pantagruel: Panurgo.

Decamerón y Gargantúa y Pantagruel anticipan el cuento y la novela como los géneros modernos que conocemos en el siglo XIX. Ambas obras irrumpen con los rasgos característicos del Renacimiento y el pensamiento humanista de los siglos XV y XVI. Dos siglos que también dieron identidad estética y comunicativa a las lenguas vulgares en Occidente. El cultísimo latín da paso a las lenguas locales cuyas letras y proyectos filosóficos fundan su doctrina en el hombre, su situación y destino en este mundo.

Gabo reveló una de sus claves personales para atrapar el interés del lector; en efecto, decía nuestro Nobel que la suerte está echada en el primer párrafo, que debe ser de tal factura que coja por el cuello al lector; y de lograrlo, ese lector va hasta la última página. François Rabelais es dueño también de una estrategia análoga. Su obra es un extenso fresco que cabalga en el lomo del humor y la comicidad, balanceados con las cosas graves. Como un libro que guarda secretos, el narrador hace este guiño al lector: “Os conviene ser prudente al oler, sentir y apreciar estos bellos libros de tanta gracia; (…) luego, a través de una atenta lectura y frecuente meditación, romper el hueso y chupar sustancioso tuétano”.

El humor es, entonces, su estímulo. En esta abigarrada obra al narrador no le faltan medios para mantener al lector en disposición risueña. Como si la risa fuese el alma de los significados que a veces se extienden en rosarios de adjetivos, que en la pluma del genio nunca son ampulosos. “Ríe, ríe alegremente, pues la alegría y la risa son propias del hombre.” Y lo enfatiza: “Una pulgada de alegría es mayor que un palmo de sufrimiento, porque reír es propio del ser humano.” Y concluye: “Mejor es escribir de risas que de lágrimas”. Y claro, en esta obra están los recursos literarios y la polifonía de que precisan la comicidad y el humor: la sátira, la ironía, la hipérbole, el sarcasmo, la caricatura, la parodia, el doble sentido en la ambigüedad… integrados en todos los lenguajes y discursos.

Como antecedente narrativo de la gran novela del siglo XIX, especialmente en Francia y Rusia, Gargantúa y Pantagruel abarca todos los asuntos y problemáticas de su época: social, político, jurídico, religioso, cultural, educativo. Y una actitud franca ante el sexo, las pasiones y la muerte. Sustancias todas de la condición humana. Y cada cosa en el lenguaje y el discurso que mejor le calza. “Sólo edifico sobre piedras vivas: los hombres”. Conocía los intríngulis clericales, porque de las cofradías entraba y salía, según la circunstancia. Y dejaba caer una sátira: “El hábito hace al monje, y el que viste con hábito monacal es aquel que, por dentro, es todo menos monje”. Y esta alusión a la educación en la Edad Media: “Educadlo a la manera antigua y lo volverás ensimismado y atontado”.

Los lectores interesados por esa espléndida época de la historia de Occidente, recuerdan que uno de los temas que apasionó a algunos pensadores del humanismo renacentista fueron las utopías, pues François Rabelais no escapó; en la última página de su colosal obra desmiente a quienes dicen que los griegos ya lo habían dicho todo: “Vuestros filósofos, que se quejan de que todas las cosas han sido escritas por los antiguos y de que no les han dejado nada nuevo qué inventar, se equivocan evidentemente.” Sobre la libertad, ese ideal humano que se frustró en el vuelo de Ícaro, Rabelais nos deja con este utópico sumario: “Los congregados en Thelme empleaban su vida, no en atenerse a la leyes, reglas o estatutos, sino en ejecutar su libertad y libre albedrío. Levantándose del lecho cuando les parecía bien, y bebían, comían, trabajaban y dormían cuando sentían deseo de hacerlo. Nadie les despertaba, ni les forzaba a beber, o comer, ni a nada. Así lo había dispuesto Gargantúa. La única regla de la Orden era ésta: HAZ LO QUE QUIERAS”.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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