LA LETRA ESCARLATA

Por Donaldo Mendoza

    Al otro día de leer una noticia que le concedía a Colombia el deshonor de encabezar la lista de los países más corruptos del mundo, me puse en la paciente labor de buscar, hasta hallar, un recorte de El Espectador en donde un lector sugería (Preguntas y respuestas, de Manuel Drezner) que “para los que han sido encontrados corruptos, debería revivirse la costumbre de la letra escarlata”. «¿Cuál era esa costumbre?», se preguntaba el corresponsal. Fue ocasión para que don Manuel nos recordara el título de una de las grandes novelas del siglo XIX: La letra escarlata (1850), del norteamericano Nataniel Hawthorne (1804 – 1864).

    Gratificante experiencia lectora es el encuentro con esta novela, que Henry James describe como «bella, admirable, extraordinaria…». En efecto, esta novela tiene la impronta del libro clásico, que nos hace valorar a su autor como un contemporáneo. Desde las primeras páginas ya les habla a lectores y escritores sobre el poder de la estética literaria: “…cojo al público por las solapas para hablarle de mi experiencia”. Y líneas más abajo: “…si un hombre sentado allí completamente solo no puede soñar cosas extrañas y hacer que parezcan verdaderas, mejor haría en no tratar nunca de escribir novelas”.

    El tema, o mejor, los temas de la novela hunden raíces en las entrañas humanas: el pecado, la culpa, los preceptos, la ley, la hipocresía… en las diversas interpretaciones que esos referentes bíblicos pueden sugerir, con el giro alegórico de la metáfora. Sobre la trama, me permito unas puntadas relevantes: la historia viene de principios del siglo XVII. El ambiente es la Nueva Inglaterra, en donde se respira el más severo puritanismo de origen calvinista, que tiene al clero como cabeza de la escala social. El narrador, en omnisciente tercera persona, da fe de la verosimilitud de la historia al revelarnos la existencia de “un manuscrito antiguo con los testimonios verbales de individuos que en algunos casos conocieron personalmente a Hester Prynne…”, la desdichada heroína de la novela.

    La historia de la literatura nos habla de Dostoievski como el precursor de la novela psicológica, pero lo cierto es que Hawthorne, su desconocido contemporáneo, no desmerece ese privilegio. Hester Prynne es un tejido no solo de psicología sino también de psicoanálisis: “¡Feliz tú, Hester, que llevas la letra escarlata sobre tu pecho! La mía me quema en secreto”. Y estas líneas que vindican el credo de Freud: “Las mujeres encuentran un placer, incomprensible para el sexo opuesto, en la delicada labor de la aguja. …para calmar la pasión”.

    Al tenor de las costumbres puritanas, nuestra heroína es sentenciada a llevar tejida sobre su pecho una letra escarlata, y sometida al escarnio público acusada de adulterio; el monograma «A», mayúscula, simboliza el pecado cometido, con la abominable intención de que en ningún segundo de su vida la víctima olvide la gravedad de su culpa. Y de ese modo, la comunidad tendrá agua permanente para lavar el lodo de sus tentaciones. “«¿Qué es esta perversión que siento cerca?», se decía Hester”. Con una pregunta del narrador, en complicidad con el lector: “¿Acaso los siete largos años bajo la tortura de la letra escarlata solo produjeron dolor sin lograr arrepentimiento?”.

   Tres años permaneció Hester Prynne en la picota expuesta a la pública humillación, como tortura para que revelara el nombre del coautor de su pecado, pero no lo hizo, aferrada al único pero fundamental valor que humanamente le quedaba: la dignidad. Al final, el ministro o pastor de la iglesia local, Arthur Dimmesdale, sube a la picota y en un inspirado sermón confiesa públicamente su mayúscula culpa.   

    Sin duda, un edificante ejemplo para los corruptos de hoy, con una pregunta: ¿Tendrán dignidad y valor para devolver los millones usurpados al Estado o al estómago de los niños más pobres?

    Esta obra también hace parte de la discretísima Biblioteca General Salvat, No. 64.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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