BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

La alegoría de escuchar

Por Donaldo Mendoza

   La alegoría fue una de las figuras literarias de mayor uso en la Edad Media, un momento de la historia en donde los autores debían encriptar los sentidos de sus obras para hacerle el quite al santo oficio de la Inquisición. La obra insigne de esa edad es la Divina comedia. Mediante esta figura el autor da vida a imágenes que aluden a un “sentido oculto” en la composición literaria. Y digo vida, porque la alegoría da existencia y rango de personajes a sentimientos y actitudes, que se hacen “reales”, con sentidos nuevos y autónomos. Es el tránsito del signo al símbolo.

   En la literatura moderna, el autor que quizá más recuerdan los lectores por el uso de esta figura es el norteamericano Herman Melville y su obra Moby Dick (1851), recordemos la personificación simbólica de la ballena, en sus diferentes definiciones, y la palabra de este cetáceo en distintos idiomas. Pero no es esta obra la elegida para hacer una lectura de la actual coyuntura histórica de Colombia, sino el cuento “Bartleby, el escribiente” (1853). En esta magistral pieza la fatalidad de no querer escuchar es la alegoría. Un símbolo que en nuestro entorno tiene nombre propio.

   Bartleby es el funcionario que viene a ocupar uno de esos cargos a los que se llega por “meritocracia”. Sobra decir que al principio es un empleado ejemplar y, por lo que deja ver, se espera lo mejor de su desempeño: es bien puesto, puntual y disciplinado. Como empleado, Bertleby es un subordinado que atiende instrucciones de un superior. Al principio, “todo bien”, ninguna queja. Pasado un tiempo, todo cambió de manera radical.

   Un día, el superior le pide a Bartleby que examine un documento y, para desconcierto del superior, Bartleby le responde: «Preferiría no hacerlo». En lo sucesivo, a cada solicitud Bartleby, en actitud obstinada, contestará con esa frase. En suma, Bartleby no volverá a escuchar razones. Ni habrá poder en el mundo que lo haga cambiar. Y como el cuento debe seguir, el superior se juega la carta del despido, creyendo que con eso va a doblegar a Bertleby, pero su respuesta fue categórica: «Preferiría no hacerlo».

   La cerrada actitud de Bartleby acabó incluso en daños y perjuicios para la institución, que decide no solo despedirlo sino enviarlo a prisión. Y asómbrense, aun en prisión hubo una última oportunidad: un delgado hilo de gratitud, en virtud del ejemplar empleado que fue al principio. En razón de las condiciones precarias en que se encontraba, se esperaba que el sentido común lo hiciera considerar su obstinación. El superior se dispuso a escucharlo … «Preferiría no hacerlo». Más que oír, el superior adivinó el débil sonido de la frase fatal. Bartleby “prefirió” dejarse morir de hambre en la prisión.

   La memoria de esta alegoría viene a cuento por lo que han dicho personas de diversos sectores sociales y políticos que por estos días han asistido al Palacio de Nariño. Al parecer, dicen, el presidente invita para que lo oigan a él, pero no para escuchar. Permítanme la licencia de terminar la alegoría con moraleja: “Recordad que la naturaleza nos ha dado dos oídos y una sola boca, para enseñarnos que más vale escuchar que hablar”. Frase atribuida a Zenón de Elea.  

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

    

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