LA PRIMAVERA INDÍGENA

Mujeres en la plaza Alfonso López

Por Donaldo Mendoza

La multicolor manifestación de hombres y mujeres indígenas en la Plaza Alfonso López de Valledupar tiene un significado histórico que los jóvenes de hoy no alcanzan a imaginar, además de connotaciones que solo son comparables con la fuerza natural de la primavera: renacer, despertar, renovación y regreso identitario a los orígenes. Hagamos un poco de memoria.

Quienes hoy rondamos los setenta años, guardamos imágenes de nuestros indígenas que bien podrían hacer parte de una antología de la infamia, la injuria y la humillación. Aún recuerdo los comentarios degradantes que, en Codazzi, hacían algunos finqueros del Perijá, refiriéndose a los entonces indios Motilones. Y lo contaban como chiste, por ejemplo: un día de jornal se le pagaba al indio con la moneda o el billete de más baja denominación, porque era el único que el indio desde su ignorancia reconocía. Y otras arbitrariedades que en la mente infantil dibujaban al indígena como un poquito menos que animal. Es decir, cero dignidad.

Recuerdo la obstinada costumbre del cacicazgo político de Valledupar de bajar camionadas de indios de la Sierra en las vísperas de elecciones. Les garantizaban ron y tamales hasta la hora de la votación. Pasado el jolgorio electoral, la plaza Alfonzo López se convertía en un tenderete de indios desarrapados que desde la tarde del domingo hasta la mañana del lunes iban despertando de la borrachera y, como podían, emprendían el viaje de regreso a la Sierra.

En fin, hasta 1991, y gracias a la nueva Constitución, la narrativa indígena abundaba en historias como las que acabo de ilustrar, que son cosas menores si se comparan con el despojo de sus territorios por cuenta de voraces y muchas veces crueles colonos. La Constitución del 91, que en su redacción contó con fuerzas democráticas alternativas, fue un principio de redención para los indígenas, al reconocerlos como «sujetos de derecho»: derecho a un territorio (resguardos) y a la autonomía cultural. Clave en este momento histórico fue el acceso a la educación.

Aun así, las cosas no se tornaron fáciles. A la anterior invisibilización del Estado le siguió la amenaza a la vida y a los territorios por cuenta de grupos armados irregulares, y la omisión del Estado que no hacía presencia, y menos obras, en esos territorios. Salvo que esta vez los indígenas cuentan ya con un arma superior a los fusiles: la educación. Leer, escribir y pensar les ha mostrado el camino de la organización, y conciencia para la defensa de los derechos conquistados.

En esa digna lucha se hallan hoy las mil corajudas mujeres indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta que llenaron de color y primavera la plaza Alfonso López. Denuncian la exclusión y discriminación de que son objeto sus autoridades de justicia; reclaman el reconocimiento y respeto de sus jueces naturales. Amén de la defensa, con la vida misma si es posible, de sus sagrados territorios. Y a la calle salieron, armadas de paz, educación y expresiones cultuales autóctonas: danzas, dramatizaciones y círculos de palabras que cantan y cuentan la tradición.

De esa florida primavera se espera también la respuesta consciente, liberadora y organizada de los indígenas, a fin de que den una vuelta de tuerca a los vicios de la politiquería regional. Algo se avizora ya, por eso la preocupación del cacique blanco al exclamar: «Ojo con el 22».

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Donaldo Mendoza

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