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El paisaje de Valencia en las canciones de Calixto Ochoa

Calixto-ochoa

Calixto-ochoa. Foto: Edgar De La Hoz

Por José Atuesta Mindiola

Valencia de Jesús, en época prehispánica, era un paraje de indígenas Chimilas; estaba rodeada por las fértiles llanuras del Poponí, y en el centro de ellas, un cerro oteaba: al norte, la serranía y el nacimiento del río Los Clavos; al este, la ruta de frondosos campanos en los caminos al Valle del Cacique Upar; al sur, kilómetros de verdes extensiones; al occidente, bosques de palmas de corozos y sabanas detenidas en el sol de los venados.

Todo este paisaje virginal fue una tentación para la llegada de los españoles, que se inicia en 1590 con el capitán Antonio Flórez, quien bautiza el lugar con el nombre de Valencia de Jesús, y abre el camino a otros colonizadores. En el siglo XVIII, llegó a ser una Villa reconocida por su numerosa población, algunas edificaciones semejantes a la típica arquitectura española, y populosos hatos de ganados mayores y menores que servían de sustento para proveer a la provincia de Cartagena. Pero en el siglo XIX, Valencia tuvo un notorio retroceso; el sociólogo Ariel Rincones (nativo de esa población), explica una de las causas posibles de esta decadencia: “el resultado de las luchas independentistas en la primera mitad del siglo XIX. La clase dirigente de Valencia de Jesús en ese entonces estaba conformada por españoles y sus descendientes, los cuales se opusieron y enfrentaron los procesos de liberación en la región. La derrota de la autoridad realista provocó la huida de gran parte de los habitantes de Valencia”.

De los pocos habitantes que más tarde llegaron (criollos y mulatos) surge el mestizaje de una nueva población, que se dedica al trabajo agropecuario. En lo espiritual, la tradición católica, que viene desde del año 1700, cuando construyó la iglesia el señor cura y vicario español, don Domingo Antonio de Mier y Cortines. Hoy la iglesia es monumento nacional y epicentro de una de las celebraciones más tradicionales y reconocidas en toda la región y el país: la Semana Santa.

En la primera mitad del siglo XX, Valencia de Jesús parecía detenerse en el tiempo, los hombres dedicados a las faenas agropecuarias. De esas noches de luna y de silencios en los patios, aparecen Rafael Arturo y Juan Bautista, hijos de César Salomón Ochoa López y María Jesús Campo, y con sus acordeones llenan de fiesta el corazón de sus paisanos, y detrás de ellos, el hermano menor, Calixto Antonio, quien en edad juvenil descubre su talento musical. Tal vez, iluminado por el precepto bíblico de que nadie es profeta en su tierra, decide viajar hacia Sincelejo; y, sin olvidar sus raíces vallenatas, se nutre de las influencias de música de bandas que fortalecen su capacidad artística hasta alcanzar la talla de maestro de la música popular.

Calixto Antonio nace y vive para la música. Ha sido fiel a sus orígenes: su tierra natal, el paisaje de la infancia, su condición de hombre de campo, su apego a la gente de pueblo, su gratitud por la amistad y su fidelidad con la vida y el amor. Con su una extensa obra musical (más de mil canciones grabadas) hizo de su vida un esplendor, por eso brilló con luz propia. Para él no fue válida esta sentencia religiosa: “El hombre es una lámpara apagada, toda su luz se la dará la muerte”.

La fidelidad a sus orígenes, y a sus ancestros campesinos, se patentiza en los versos de sus canciones, que son una exaltación del entorno natural. Por eso se reafirma, que el paisaje de la infancia permanece indeleble en la memoria. ¿Qué hay en Lirio rojo, su primera canción grabada?, una estela, esencialmente, romántica; un lamento por la pérdida de su amada, pero de alto contenido poético con matices paisajistas.

Yo tenía mi lirio rojo bien adornado
con una rosita blanca bien aparente,
pero se metió el verano y lo ha marchitado
por eso vivo llorando la mala suerte…

Es una evidencia al paisaje; en este caso, de Pueblo Bello, un poblado incrustado en las faldas de la Sierra Nevada, donde conoce a su primera esposa, Carmen Mestre. El verano es la metáfora de la ausencia, de la melancolía que produce la desolación. Hubo un corto noviazgo y un amor efímero. La calidad poética y la sutileza de la melodía son tan sublimes que hay que detenerse con oído atisbador para detectar las lágrimas del autor por el amor perdido.

En ese mismo tenor poético se ubica la canción, Los sabanales, que es un canto que recuerda los próvidos momentos del amor y clama por revivirlos; pero también es una profunda añoranza de los sitios frondosos que pincelan los lienzos de la memoria juvenil.

Cuando llegan las horas de la tarde
que me encuentro tan solo y muy lejos de ti,
me provoca volver a los guayabales
y aquellos sabanales donde te conocí…

En su faceta costumbrista, canta a personajes campechanos, que, en cierta manera, es su vida de campesino frente al asombro de las cosas de la ciudad. El compae Menejo, que al salir por primera vez, del monte para la Ciudad, se detiene de estupor al ver la luz eléctrica, y piensa que es un calabacito alumbrador. El pedagogo e investigador de la didáctica de las Ciencias Naturales, Rómulo Gallego Badillo, toma este ejemplo del Calabacito alumbrador para explicar lo que en pedagogía se considera un preconcepto, que no es más que ese saber popular que hay que desaprender para entrar al saber científico.

El canto vallenato es una escuela de la vida, una crónica de los sucesos humanos, una fiesta de la poesía popular y la música para celebrar la vida y alejar la muerte. Calixto siempre será el maestro de la composición e interpretación de los cuatro aires vallenatos que le dieron el aval para coronarse el tercer rey de la Leyenda Vallenata (1970). Además, grabó en los ritmos de porro, cumbia, charanga, fandango, tambora, chandé, y es el creador del ritmo Paseaíto; por eso es reconocido como el compositor de música popular más versátil del Caribe colombiano.

 

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