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Rastros y huellas del sabedor Saúl Enrique Martínez Rodríguez

Kankuamo

Así fue la despedida del Mamo Saúl Martínez, guía espiritual del pueblo Kankuamo.

Una de las enseñanzas que siempre pilaba y pilaba mi madre Eliza Matilde, fue y sigue siendo “cumple tu palabra”. Además de la palabra, se suma el deber de hacerlo. De teñir los ‘chimbustos’ (residuos de las fibras de maguey en el proceso del hilado) para luego darle sentido a esos rastros y rostros de alguien que no tuvo en poco su juventud, que se fue puliendo en palabra, conducta, amor… todo ello reflejado en servicio. Quien en vida se ocupó y permaneció en ellas, lo cual sigue siendo manifiesto a muchos, por ello su partida se hace honda y profunda, y a su vez esperanzadora. Siempre me instaba a escribir, a rememorizar, a escarbar, a ocuparme y no quedarme en la preocupación.

Cumplir la palabra no es fácil, y menos en la capital de cemento frío y distancias, en esta madrugada cuando el calor del lecho te atrae. Mientras la Palabra Viva te nutre al vaivén de la brisa fría que carcome los huesos y el silencio perturbador de los vecinos que retornan de una noche de bohemia santa.

Además de escarmenar los chimbustos, con tantos rastros y huellas, debo pilar y pilar para separar el afrecho, y el grano se afirme para nutrir silencios y verdades. Son los rastros y huellas del ser que hace 63 años alimentó a la Madre con su primer chanto, al alumbrarlo su mama -no parirlo- cerca a Juancho Manta -un manantial que nos sigue confrontando en la tierra de Abraham Maestre, Chico Bolaño, Cristóbal Lúquez, mama Tea, Mama Ipa, Mamatide, Mama Eliza, papa Pedro y tío Chicho Arias, entre muchos pilares del mundo atanquero, del pueblo Kankuamo.

Como la palabra escrita tiene mucho más poder y marca huellas, inspirados en el primer rey de Israel, lo llamaron Saúl Enrique Martínez Rodríguez, quien entre las faldas de su madre Carmen Elena ‘Comalle’ y la chambra de su abuela Matilde, y bajo la guía de su bisabuela Oristela, fue creciendo en gracia, conocimiento y estatura, nutrido con los ‘kunches’ que brotan de La Gloria (roza familiar cerca del pueblo). Nació la madrugada del 7 de abril de 1953, cerca del legendario sitio ‘El Coco’, en el barrio La Lomita, de Atánquez –vertiente sur oriental de la Sierra Nevada.

Palabra + acción= servicio

La palabra sin acciones es vacía, esa impronta sembrada en la Iglesia Emaús marcó el derrotero en su segunda fase de vida de Mano y primo ‘Sao’, como cariñosamente le llamábamos su doble familia. Discípulo del Maestro, hijo, hermano, padre, amigo, músico, carpintero, ebanista, tegua, médico propio con orientaciones científicas, sobandero, mensajero y escuelante de la creación, lector, poseía el don de la escucha y la palabra, como el dulce de toronja y la rula de doble filo. Agudeza que lo llevó al extremo, en la década del 2001–2010, por amenaza tener que saltar el abismo entre la Sierra Nevada -mal llamada de Santa Marta, porque son los tacanes que sustenta tres departamentos – y Bogotá, capital de Colombia. Con sus cinco retoños, dejando la cruz inerme de su complemento y desosiego de su amada ‘Comalle’.

Pasaron varios años, entre el frío que golpea y el fuego que congrega, aconseja y confronta; por ello, contra todos los pronósticos, sin las garantías de retorno, decidió enmochilar sus vericuetos, parte de sus hijos, y regresar al seno de su territorio ancestral, a regar los árboles donde está sembrada su placenta y ombligo.

Desde entonces, el poporo y el fuego, la escucha de la naturaleza y la motivación de escuelantes paisanos, estudiantes de otros lares y mares, la mirada esperanzadora de sus nietos Samuel y Mariam en su amada Atánquez, y el sueño de muchos Kambuyes que como él, en su condición de víctimas por el conflicto y control territorial cultivan la esperanza de regresar, “argún día será, aunque sea en cuatro tablas”, a propósito hoy Día de las Victimas en Colombia.

Huellas que trascienden

El primer territorio de todo ser y más si es un ser nativo, aborigen o indígena, es la placenta de su mama, es el territorio natural, luego nace y ve la luz entre llanto desafiante; crece en todo y desarrolla el amor y la entrega a los demás, eso es servicio; poco a poco el tronco del árbol se robustece a la par de que sus ramas van desojando, hasta abonar la tierra donde la placenta lo llama. Por ello, lo ideal es que el cuerpo frío se siembre en la tierra, en una cámara paralela, para que su savia abone a varios palos de matarratón y lirios blancos, un ovalo de piedras y tierra afirme su saber y una laja de piedra marque el territorio, para el perenne recuerdo de sus rastros y huellas.

Pero ahí no termina todo, como a muchos de otras sociedades. La ley del aire, el agua y el fuego, orientan la mortuoria –que no es equivalente a las nueve noches. En el caso de Mano o Mayor Saúl ‘Sao’ Martínez, duró seis días con sus noches (a partir del 1 de abril en su Kankúrwa), luego de 33 días con sus noches de su vuelo sin retorno del 26 y 27 de febrero en una clínica de Valledupar. La mortuoria del Mayor Saúl, como acto de aprendizaje, se dio con dos días de limpieza a los que acompañaron física y espiritualmente, y cuatro días de trabajo espiritual para armonizar el camino de todos, bajo la batuta de Mamas Sebastián y Antonio Loperena Dingula, hermanos Kogui de Mamagueka, de la cuenca del Rio Guatapurí. Como la corriente del rio no se agota, es un aprendizaje que retoma el Pueblo Kankuamo de la mano de autoridades de los pueblos hermanos de la Sierra Nevada, en cumplimiento del mandato de Serankua, como salvaguardas naturales del Corazón del Mundo.

Como todo pajarito en la Sierra, se une al danzar permanente para que perduren nuestras tradiciones, con el reconocimiento del más numeroso acompañamiento (de propios y de otros confines), de la memoria reciente del pueblo Kankuamo, el pasado 1 de marzo; su siembra fue en el cementerio primario de Atánquez; si primario porque en la tierra del ‘Amor amor’, donde las carrumbitas todavía salen, hay tres cementerios: el primario en tierra, el de bóvedas o católico, a estos lo separan el arroyo ‘El Chorro’, y el llamado evangélico –en la cabecera del pueblo.

Este ejemplo, como muchos, refleja la lucha de clases y poderes en la otrora capital de la Sierra Nevada, donde estudiaron muchos valduparenses del Valle del Cacique Upar (Cacique Chimila o Ette Ennaka), y cuya cruz con la Biblia en mano cercenó en muchos el orgullo del Ser Kankuamo. Orgullo que se revitaliza, y más cuando se está por fuera de su territorio natural, como fue la experiencia de Saúl Martínez.

A ritmo de gaita y sones de chicote, hombre y mujeres de los pueblos hermanos Kogui, Wiwa, Kankuamo y Arhuaco, con el fuego, el Ayu y el tejer con fibras de fique, danzaron bajo el sol vertical del 5 de abril, con el acompañamiento de otros pueblos como los Wayuu y centenares de escuelantes o discípulos de su escucha y palabra dulce, certera como el ajenjo y desafiante como las aguas de cientos de ríos de la Sierra Nevada y los Mayores Nevados que claman que los dejen solitos, que les quiten las manos, para poder seguir cumpliendo con su legado. Salvaguarda del Corazón del Mundo, no solo para los cuatro pueblos de la Sierra, sino para el mundo.

Reconocimientos

Las autoridades, el pueblo kankuamo y el cabildo de Atánquez, declararon dos días de duelo, y en manifiesto público reconocieron, “la desaparición física del Mayor Saúl Martínez Rodríguez, conocedor de la tradición y médico propio, representa una irreparable pérdida para el pueblo kankuamo y la Sierra Nevada, por todo su aporte y dedicación al cumplimiento de los mandatos de la Ley de Origen”. Por su parte, la Organización Nacional Indígena de Colombia – ONIC, y el remanente del pueblo Kankuamo en Bogotá, presencialmente reafirmaron su reconocimiento al aporte invaluable que desde diferentes espacios aportó el Mayor Saúl. Así como académicos, partidos políticos como el Liberal, cuya bandera siembre enarboló, entre otros actores de escenarios donde tuvo la oportunidad de marcar sus huellas.

Por su parte, comunicadores kankuamos a través de la emisora Tayrona Stereo, recrearon a micrófono abierto los aportes y su irreparable partida. Entre ellos, un joven cultor de la décima atanquera, Jafet Elías Oñate Arias, plasmó en ocho estrofas parte de la vida y trascendencia del Mano Sao, y la influencia en la juventud y niñez.

Por Silsa Arias

 

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