Nuevas!

!EL REY FELIPE!

*Transcripción del primer capítulo del libro que lleva el mismo título, en dónde se exalta o se hace un reconocimiento a la vida y obra de uno de los más completos ejecutantes del rico, exótico y variado folclor de esta región del caribe colombiano.
El Rey Felipe, tal como lo denomina el autor del libro (próximo a publicarse), al protagonista, es un músico de una vasta trayectoria, que ha demostrado a lo largo de su vida, la forma muy amena y divertida, que utilizan los músicos de la Sabana (Córdoba, Sucre, Bolivar y Atlántico), para que esa multiplicidad de ritmos, propios de dicha región, tal como la Cumbia, el Porro, la Charanga, el Paseíto, Pasabol, Chande’, Fandango, etcétera, continúen vigentes en el sentir de un pueblo que conoce y valora su identidad cultural.
Felipe Paternina ha sido un cultor e intérprete bastante destacado en el ámbito artístico y músical, pues durante varias décadas y en múltiples escenarios, ha sido un vocero inclaudicable de ese folclor tan bello, y si algo lo caracteriza es su estilo clásico y ceñido a ciertos cánones esenciales, que ha sabido mantener, en contravía a tantos artistas de escaso vuelo, que solo piensan en el dinero y prefieren abandonar sus raíces por glorias efímeras que nada bueno han dejado.
Y es que Felipe, al igual que en otros lugares del Caribe colombiano, forma parte de una dinastía de músicos, junto con su Padre, hermanos e hijos, que se aferraron con sus notas y sus cantos, a una tradición de un hondo calado costumbrista, que lo enaltece y lo ha posicionado como uno de los más grandes y versátiles Acordeonistas. Hoy en día se pasea con la frente en alto, por el deber cumplido, pues nadie duda de sus capacidades, ni como músico ni como persona. Este REY FELIPE tiene un extenso historial, pues además de haber salido triunfante en diversos eventos, también estuvo presente en el marco del Festival Vallenato, dónde demostró su habilidad y destreza para ejecutar los 4 aires tradicionales de este folclor, no obstante prevaleció, como en múltiples ocasiones, un falso regionalismo dañino, que ha impedido que grandes exponentes de los aires vernáculos, no hayan sido coronados como Reyes Profesionales.
Es el tiempo el mejor testigo de ello, pues con el pasar de los años, Felipe Paternina ha venido demostrando esa inmensa capacidad que tiene y, sin lugar a dudas, este Libro a ÉL dedicado, es el mejor tributo a esa excelente labor cumplida durante toda su existencia”.

Alejandro Gutierrez De Piñeres y Grimaldi

Por:  ALFONSO HAMBURGER

-Paralelismo en el vallenato

Ahora que regresas de Valledupar, compadre, con el sabor de la tristeza hormigueándote la espalda, con ese escozor en la punta de los dedos y esas punzadas en el estómago , tienes la sensación de que será la última vez en que hagas esa larga travesía tras una corona volátil, incierta, como si cada año te cambiaran las reglas.

Esta vez no ha sido la excepción, hasta tu hermano menor, el de la sonrisa eterna, como la tuya, te superó en tarima, porque terminó robándose el show de los asistentes, haciendo sonar el instrumento como le vino en gana: simuló un aguacero sobre una casa de zinc, hizo aparentar que la amplificación tenía un ruido, simuló que era una puerca parida, la puso a trotar como caballo cojo, la rebuznó como burro enamorado, tocó más de diecinueve aires de la sabana con su caja moderna hecha por el mismo, se la metió por las corvas y la sonó por detrás, con las manos al revés y por último, si no es porque se le hubiesen quebrado, la hubiese tocado con las gafas.

Y para más fiesta, el pendejo se reía, sin sudarse, como si en vez de tocar, se deleitara con sus travesuras.
…Y al final mostró sus manos de cura al público, estirándolas como abanico, de oficinista pulcro, como si fuera una secretaria, sin callos, hasta que alguien en el auditorio Julio Villazon Baquero, de la Universidad Popular del Cesar, gritó:
-¡Nojoda, este es el catedrático de la caja!
Todos parecían competir contra ti, compadre, mientras tú tocabas con tremenda sencillez, des complicado y feliz, como quien se toma un vaso de agua, como si despreciaras el instrumento que abrazabas y mimabas entre tus manos, apretándole en el pecho. Tocaste sin asco. Tocaste como si te burlaras del instrumento, sabiendo que ese acordeón es como un alargamiento de ti mismo y de tu cerebro. Con este rizado animal, de nostálgicos pitos, te hiciste rey.

A ti no es que te hubiese ido mal, compadre mío, porque estuviste a la altura del más grande acordeonista- mas no acordeonero como dicen en el Valle y La Guajira- que hemos visto en la sabana, el mejor caballero y el de la más franca sonrisa, pero algo sentiste en tu cuerpo mientras acompañabas a tu hermano Mario y a Tijito Carrillo, que levitaba en la tarima. Fue como una punzada en la paleta de tu brazo izquierdo, el mismo que te habías operado ocho meses antes para corregir algunas fallas.

Tu deseo es morir tocando y dedicarte todos los días cuando te hayas jubilado de maestro de escuela abnegado. Lo supe cuando ya veníamos de regreso. Tú viajabas de copiloto, adelante, en el puesto derecho, un poco callado y te retorcías del dolor, te ladeabas, pero yo, que venía precisamente detrás de ti no podía ver tu rostro demacrado. En uno de esos momentos, pasaste tu mano por tu hermosa cabeza, como acomodando el cabello perfectamente teñido, porque también eres vanidoso, compadre, y no quieres verte viejo.

Tampoco dormitabas ( ¿O sí?) cuando te ladeabas de un lado para el otro, hamaqueando tu nuca, porque te habías acostado con las gallinas. Después del acto de clausura del Encuentro de Investigadores de Música Vallenata, temprano en la tarde lluviosa y de truenos, te fuiste al hotel y ni siquiera sentiste los temblores de tierra que sacudieron todo el valle. La noche estaba morunera, como dicen en la sabana, con un frio sabroso y las colas eran muy largas para entrar al Show de Peter Manjarrez.

No había taxis disponibles. Eran escasos los que pasaba libres. Y los que estaban libres le temían al tremendo trancón. La música había causado tanta expectativa, tanta evolución y desarrollo, que el negocio para ellos era tan bueno, que tenían más avisos que los candidatos a la presidencia de la república. La ciudad estaba repleta de camisas amarillas como si jugara la selección Colombia, en medio de gigantescas y llamativas vallas publicitarias. Los costeños no meamos solos, pero me llamó la atención de que no te bajaste, cuando llegando a El Difícil, de regreso, Mario hizo una parada de rigor para cambiarle el agua al pajarito y todos confluimos en hilera sobre el alambrado de las cercas, mientras las vacas nos miraban no se sabe pensando qué cosa.
– Meen y peen, que las dos cosas suelen venir juntas- . Fue todo lo que dijiste, cuando los otros acompañantes se bajaron con tu hermano a orinar sobre la tierra apesadumbrada.

Tú te quedaste enganchado en tu puesto y como yo tampoco me mosquee, no leí tu rostro sino hasta que nos bajamos en Corozal, siete horas después, ya a la una de la tarde.

II

Esta mañana en Valledupar, desde las cuatro (En esta ciudad nunca he oído el canto del gallo) ya estabas en pie, con un desespero por venirte. No eres hombre de tintos ni de algunas cosas muy comunes entre nosotros. Jamás he visto un sombrero ni una cachucha sobre tus sienes. Creo que no eres un Caribe muy típico, tienes tus vainas y tu gente. Te ríes más con Carlos Pérez, que te conoce los secretos, que con migo, que soy tu compadre, casi tu hermano, y eso a veces me da celos de los buenos.

Parecía que Corozal se te iba a ir de ese lugar donde lo fundaron, sobre una sábana de matas de lata, y aguas subterráneas y ríos interminables que les quitan la sed a muchos pueblos a la redonda. Ya a esa hora el valle te picaba, con un fastidio de ya no más, no va más y a mí que me esperen en mi casa. Por poco me dejan, compadre, porque tú hermano como que tenía novia nueva y le urgía llegar temprano, pero vos, compadre, que siempre fuiste disciplinado hasta en los asuntos del amor, con un hogar hermoso y resguardado por el respeto mutuo, metías extrañeza en ese afán de regreso tempranero.

Todo lo contrario del gran Julio Abel Fontalvo, el de rio crecido, que llegaba dos días antes del festival, se hospedaba en casa de Jaime Maestre Aponte, y se regresaba dos o tres días después de la gran parranda. Y eso está bien, que seas disciplinado y quieras buscar tu costilla, porque eres un hombre hogareño, amantísimo esposo, pero ya el desespero estaba en el límite esta oportunidad. No había escusa en la variedad de trancones insoportables que alargan la travesía a siete u nueve horas, como en los primeros años del festival, cuando no existía puente en Plato, y había que esperar el ferri. Esa carretera en ampliación es tan desesperante, que así como van las obras a paso tan lento, la verán terminada nuestros nietos, si acaso.

Por momentos, mientras Mario escuchaba a bajo volumen los mejores éxitos del Binomio de Oro, donde hizo equipo, el silencio era tal, que sólo se escuchaba el zumbido del aire penetrando por las ventanillas delanteras del auto y el chasquido de las llantas moliendo carretera. Había tristeza colectiva en la delegación sabanera. A mí también me pasaba lo mismo, con aquella sensación reiterada de abandono, de escozor amargo en los labios, en el sentido de que esta debía ser la última visita a Valledupar, en que siempre era lo mismo.

Las derrotas se fueron acumulando de tal manera, pensé, que ya era bueno buscar otras metas y ver las maneras de reencontrarnos con nosotros mismos y dejar de pensar en el vallenato para echarle una mirada a las músicas universales. ¿Dónde habían quedado el porro y la cumbia? Mientras ellos, los de la nueva ola “vallenata”, tocaban en nuestros formatos, nosotros tratábamos de imitarlos a ellos en sus inicios. Y las imitaciones no son buenas. Sí, creo que era eso lo que nos sacudía por dentro. Siempre íbamos a hacerles las fiestas, no nos daban ni un vaso de agua, y regresábamos con el rabo entre las piernas. Sin embrago, creo que esta vez, con esa mirada académica de los procesos, la cosa empezaban a cambiar.

En el silencio mirábamos los morros de las montañas a mano derecha, los picos más elevados de la tierra, los caminos de indios que parecían incrustarse bajo la sierra nevada, en su vientre eterno, los extensos pastizales, los sembradíos de arroz, las hectáreas de palma contaminante y la carretera quebradiza que golpeaba hasta la más mínima fibra de nuestras almas soñolientas. Cada golpe en el carro retumbaba en nuestros estómagos cargados de guayabo.

Éramos una caterva de derrotados. Aquel mundo que dejábamos atrás quizás para volver como el perro, a caer en la última vuelta en el mismo sitio de siempre, era diferente al de nosotros, pese a que hacíamos parte de una zona común, divididos y afianzados por el inmenso río, el gran Yuma, que para algunos era una muralla, pero que para muchos no era más que un punto de encuentro. Se habían mantenido tan aislados por mucho tiempo, que comercializaban hacia las Antillas y Venezuela, cimentando una manera de hablar y de ser, muy diferente a la gran sabana, que tenía en Cartagena un punto de entronque y de diáspora, con más adelanto en comunicaciones, aunque su aristocrática dirigencia nos miraba distintos y distantes. Por ello, cuando se creó el Departamento de Sucre, no fue un cambio para cambiar, no hubo demasiado forcejeo.

Los ganaderos siguieron guardando su dinero bajo el colchón y nos miraron como personas de baja estirpe, sin importar que fuésemos músicos universales. Por eso, cuando se abrieron los fuelles en el valle, nos fuimos en desbandada, pero nos estrellamos con una pared.

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