ENTRAÑABLE AMISTAD ENTRE ESCALONA Y GARCÍA MÁRQUEZ

Por José Atuesta Mindiola

Entre el compositor Rafael Escalona Martínez y el escritor Gabriel García Márquez existió una entrañable amistad, y muchas coincidencias: nacen el mismo año, 1927. El padre del compositor, Clemente Escalona Labarcés, y el abuelo del escritor, Nicolás Márquez Mejía, fueron coroneles de la Guerra de los Mil Días.

En los primeros años de escuela, sus inclinaciones artísticas se orientaron hacia la pintura. Escalona, en su nativa tierra de Patillal, pinta paisajes y caricaturas, después se dedica a escribir y a silbar crónicas en versos. García Márquez en su infancia, en la Escuela de Aracataca, prefiere la pintura; luego, a los ocho años, cuando aprendió a leer y a escribir de la mano de Rosa Elena Fergusson, empezó a sentirse atraído por los autores del Siglo de Oro que le oía declamar a su maestra.
Escalona cursa sus primeros años de bachillerato en el Colegio Loperena y en 1943 escribe su primera canción, ‘El profe Castañeda’:

Cuando sopla el viento frío de la Nevada
que en hora de estudio llega al Loperena
ese frío conmueve toda el alma
lo mismo que la ausencia del profe Castañeda.

Cómo recordamos al profe Castañeda
si de aquí ninguno quiere que se vaya,
¡qué triste quedó el Loperena,
qué triste quedaron sus aulas!

Con profundo sentimiento le decimos
el pesar en que se encuentra Loperena,
él nos dijo adiós, porque se ha ido
y le dijimos adiós, pero que vuelva.

Viaja a Santa Marta a continuar el bachillerato, y en los momentos de asueto en el Liceo Celedón se vuelve un aficionado lector de historia y literatura. Añoraba las comodidades de su casa, los cantos de Tobías Enrique Pumarejo, la magia musical de los juglares y las travesuras juveniles de sus amigos en Valledupar y Patillal. En víspera de uno de esos viajes a Santa Marta escribe ‘El Testamento’, una de las canciones más representativa de la tradición musical vallenata.

García Márquez, en sus dos primeros años de bachillerato en el Colegio San José, de Barranquilla, demostró su inclinación por la literatura; pero fue en el Liceo de Zipaquirá, cuando empezó a consolidarse su vocación de escritor, gracias a las orientaciones de su profesor de literatura Carlos Julio Calderón y el poeta Carlos Martín (rector del Liceo), el miembro más joven de la generación llamada “Piedra y Cielo”. En 1944, lee en clase su primer cuento, ‘Sicosis obsesiva’, y después varios de sus poemas, entre ellos: ‘Si alguien llama a tu puerta’.

Si alguien llama a tu puerta, amiga mía,
y algo en tu sangre late y no reposa
y en tu tallo de agua, temblorosa,
la fuente es una líquida de armonía.

Si alguien llama a tu puerta y todavía
te sobra tiempo para ser hermosa
y cabe todo abril en una rosa
y por la rosa desangra el día.

Si alguien llama a tu puerta una mañana
sonora de palomas y campanas
y aún crees en el dolor y en la poesía.

Si aún la vida es verdad y el verso existe.
Si alguien llama a tu puerta y estás triste,
abre, que es el amor, amiga mía.

Desde 1948 ya la región del Caribe y otras ciudades de Colombia escuchaban las canciones de Rafael Escalona: ‘Adiós mi Maye’ (La despedida), ‘El testamento’ y ‘El Compae Migue’ (El ermitaño), en la voz y la guitarra de Guillermo Buitrago y sus muchachos. Los aficionados y estudiosos de la música popular reciben con elogios estas canciones por su estilo narrativo y poético. También por esos años (septiembre de 1947), cuando Gabriel García Márquez estudia Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, el suplemento ‘Fin de Semana’ del periódico El Espectador, publica su cuento ‘La tercera resignación’. La crítica especializada elogia su calidad narrativa, y el escritor Eduardo Zalamea Borda saludó públicamente, desde su columna diaria en El Espectador, la aparición de “un ingenio nuevo, original, de vigorosa personalidad”.

García Márquez tuvo noticia de Rafael Escalona en Cartagena en 1948, y en El Universal manifiesta su pasión por la música vallenata con un artículo que empieza diciendo: “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento”. Las canciones de Escalona enamoraron desde el primer momento a García Márquez. En los primeros días de diciembre de 1949 el joven periodista llega por primera vez a la provincia vallenata, específicamente a la población de La Paz. Llega invitado por el escritor y médico, Manuel Zapata Olivella (Lorica-Córdoba), quien vivió en ese pueblo entre los años de 1949 y 1952. Los dos habían compartido meses antes el oficio periodístico en el diario cartagenero.

Además de la amistad y las afinidades ideológicas, los unía la admiración por las crónicas narrativas de los cantos de Escalona.
En una parranda vallenata ofrecida por Zapata Olivella, García Márquez refrenda su admiración por el compositor, quien no estuvo en la velada, y afirma su relación de amistad con Escalona después, en Barranquilla (24 de marzo de 1950), cuando García Márquez ya era periodista de El Heraldo y escribía su columna ‘La jirafa’.

En ese encuentro nace para siempre una entrañable amistad entre el compositor y el escritor. Desde entonces, García Márquez es el mayor y mejor publicista de los cantos de Escalona. En una columna escribe: “No hay una sola letra en el vallenato que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando se le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo, después de haber sido estimulado por un hecho real”.

Las visitas a Valledupar de García Márquez fueron frecuentes. So pretexto de promocionar la venta de libros, aprovechaba para alimentar su fraternidad con el compositor Rafael Escalona y poder viajar juntos por la ruta de los pueblos de sus abuelos, y nutrirse con las revelaciones de cuentos, mitos y leyendas.
El joven escritor y el compositor se hacen compinches de viajes y travesuras. Sobre “El viaje a la semilla”, la biografía de García Márquez publicada por Dasso Saldívar en 1997, después de veinte años de investigación, dijo García Márquez, en 2002, lo siguiente: “Si yo lo hubiera leído antes, no público ‘Vivir para contarla”. Lo que me hizo pensar que era la sutil confesión de su mal de Alzheimer. Ya antes había dicho que los escritores comienzan a escribir sus memorias cuando no recuerdan nada.

En el “Viaje a la semilla” Dasso Saldívar nos cuenta: “Un día, mientras se tomaban unas cervezas en la única cantina del pueblecito de La Paz, vecino de Valledupar, se toparon con un hombre alto y fuerte, con sombrero de vaquero, polainas de montar y revólver al cinto. Escalona, que era su amigo, se lo presentó a García Márquez. El hombre le tendió una mano segura y afectuosa al escritor mientras le preguntaba: “¿Tiene algo que ver con el coronel Nicolás Márquez?”. El escritor le dijo que era su nieto. ‹‹Entonces, recordó el hombre con una antigua complicidad familiar, su abuelo mató a mi abuelo››”.

Se llamaba Lisandro Pacheco, y, ciertamente, el abuelo de García Márquez, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, había tenido que matar en un desafío a su abuelo, Medardo Pacheco Romero, cuarenta y cinco años atrás en la población guajira de Barrancas. Por precaución, Escalona le sugirió a Lisandro que no removiera esa historia, que Gabriel no sabía mayor cosa de la misma, y, amparado en su afición y conocimiento de las armas de fuego, le sustrajo el revolver de la funda con el pretexto de probar puntería: descargó la recámara, dejó una sola bala y dijo: “Voy a ver qué tal puntería tengo hoy”. Lisandro, complacido, lo animó a que hiciera todos los disparos que quisiera, y, de pronto, los dos se enzarzaron en un mano a mano de tiro al blanco. Cuando invitaron a García Márquez a que probara puntería, éste se negó, pero entre cerveza y cerveza siguió presenciando la competición”.
***

DÉCIMAS AL ACORDEÓN

I
A Colombia el acordeón
vino cruzando los mares,
en manos de los juglares
camina por la región.
Y conquista el corazón
de cantos de vaquería,
se une con la poesía
en las noches de tambora
y se despierta la aurora
bañada de melodía.

II
Hay una leyenda famosa,
y de ella también les hablo,
Francisco derrota al Diablo
con canciones religiosas.
El pueblo narra las cosas
con voces de fantasía.
primaveras de alegrías
florecen en el folclor,
y en la mente del cantor
hay un mar de sinfonía.

III
La historia con precisión
lo registra sin afán,
el genio Ciryll Demián
padre del acordeón.
Y aquí por esta región
un cronista lo relata,
juglares de casta innata
no se olvidan con los años,
y fue el gran Chico Bolaño
quien le dio alma vallenata.

joseatuestaBLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

 

 

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