EDUARDO ZEDAN ACOSTA: EL ARTISTA

Por: Donaldo Mendoza Meneses

Entre el 12 y el 16 de agosto asistí al “Trigésimo Quinto Encuentro de la Cultura”, en Codazzi. Un certamen que año tras año refrenda la vocación de este municipio del Cesar por las más diversas expresiones culturales; una semana en donde el público puede escoger lo que más le interesa en ese universo del espíritu.

Este año, dos figuras insignes de la cultura codacense fueron merecidamente homenajeadas: el académico Jairo Tapia Tietjen, principal animador de la revista Integración, que no pudo estar presente porque los dioses quisieron que su palabra y su pluma se expresaran desde el Olimpo, en un escenario para la eternidad: Jairo falleció el 27 de agosto de 2018; el otro personaje que recibió los merecidos laureles fue Eduardo Zedán Acosta, en el marco del “Festival de música vallenata en guitarra”. A este segundo acontecimiento quiero referirme.

Eduardo Zedán Acosta es una evidencia más de que el artista no se hace en la academia, sino en la sangre. Eduardo se hizo pintor a puro pulso y pincel, las técnicas le fueron llegando como valores agregados. Quienes ya han escrito sobre su obra lo clasifican como “pintor costumbrista”, y él parece que acepta esa condición. Su labor de artista fija la atención en cosas, seres y paisajes de la cotidianidad: Codazzi, con sus usos, costumbres y personajes de condición humilde. Hoy surten ya una copiosa galería.

En la exposición de pintura, en la sede Aprocoda, un cuadro de Eduardo Zedán llamó mi atención: un lienzo donde dos niños, entre los 10 y los 12 años, se parapetan entre piedras grandes; uno de ellos apunta con su honda (cauchera) y el otro, a su lado, observa expectante. El artista tituló este cuadro “Inocente cacería”. Ya se imagina el lector que lo cazado es un pájaro. El cuadro podría pasar como una escena muy común entre los niños del campo, pero este cuadro de Zedán va más allá.

En efecto, en este cuadro no es la elemental aventura de la cacería lo que despierta el interés, sino la maestría de Eduardo para llamar a uno de esos genios de “Las mil y una noches”, a fin de, por un camino sencillo, revelarnos en la expresión de los dos cazadores los pensamientos más profundos a través de una encendida emoción. Zedán logra que el observador de esta pintura haga abstracción del árbol, el pájaro y el bucólico paisaje, para detenerse en el asombro de los dos rostros. La esencia de la pintura está en la contorsión de los músculos de la cara y en los cuatro ojos que no parecen mirar la alada víctima sino al mismísimo Dios.

De esta singular pintura surgen incluso preguntas sobre el arte. ¿Es el arte un reflejo de la realidad o una transformación de ella? Ese es uno de los riesgos del “costumbrismo”: mostrar cada cosa tal cual es, que es la opinión más inmediata y ligera. Otro riesgo es el juicio moral: “Zedán está haciendo una apología del maltrato animal”. Ambos juicios obedecen a convenciones abiertamente gregarias, que uniforman maneras de interpretar sin distanciamiento alguno. “Toda intención moral mata toda obra de arte” leí alguna vez, y estoy de acuerdo.

Imagínense hasta dónde nos puede llevar la apreciación de la obra de arte. Eduardo Zedán Acosta nos enseña en esta pintura una manera nueva de ver la cacería; esta vez con los ojos de la inocencia; es decir, más allá del prejuicio y las normas sociales. Nos lleva, en fin, a la contemplación del mundo en un estado de gracia. Y en mi caso, a una simple aproximación a la compleja narrativa que emana de los rostros del asombro.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza Meneses

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