VIAJE AL PASADO

Por Donaldo Mendoza

Lo importante será sentirse viva y saber
que esa vida nueva que ahora quiere vivir
puede contarse. Entre lo imaginario y lo real
solo es verdadero lo que parece posible.
–V. P. O.

Opté por ese título y no por el del libro, porque son muchos los viajes que el narrador hace al febril pasado de esta nación que hoy llamamos Colombia. El título de la obra aludida, del escritor payanés Víctor Paz Otero (1945), es Una mujer retorna del pasado. El libro, que llamaré novela, fue publicado en el segundo semestre de 2019, por Edic. Popayán Positiva. Ocurre con este género (de casi un siglo de “novela contemporánea”), que otros géneros confluyen en él, como ríos tributarios: historia, ensayo, crónica, género epistolar, poesía en la prosa, y más.

En Una mujer retorna del pasado, el narrador recurre a unos supuestos cuadernos de doña Ana María Rebolledo, para apoyar en ellos la espina dorsal de la historia, que se extiende por las 287 páginas del libro. El narrador, y el autor por supuesto, esperan que el lector crea lo que se le cuenta, y para ello hace el tácito anuncio de que la fuente principal de la obra son unos cuadernos de doña Ana María. Igual que en los antiguos papeles de Cide Hamete Benengeli con la historia de Don Quijote, o los pergaminos de Melquíades con la historia de Macondo.

Aquí, semejante a los célebres homónimos, es una mujer la que retorna del pasado con ese diario que había llevado “en secreto y en un ritual casi clandestino, doña Ana María Rebolledo”. Ese íntimo cuidado tiene una función narrativa básica: la verosimilitud. Por encima de todo, la verosimilitud es lo que un novelista debe lograr. Y hay un aliento que anima lo verosímil, una gracia especial para seducir al lector, es lo que podríamos llamar “divertimento”. Y en esto, William Somerset Maugham, teórico del género, es categórico: “Una novela debe leerse con placer”.

Para cerrar estos preliminares, quiero referirme a otro elemento esencial, que hace que un lector siga sin tropiezos de aburrimiento la lectura de un libro, el estilo. Esa especie de médula espinal que transmite los impulsos para que todo el organismo narrativo funcione con los tonos y ritmos adecuados. “El estilo debe ser lo bastante sencillo para que lo lea con facilidad cualquier persona de regular educación, (…) Una novela debe, finalmente, entretener”. Concluye W. S. Maughan. Y si de algo tiene conciencia Víctor Paz Otero es de esa preceptiva.

A través de los recuerdos de Ana María Rebolledo y del cronista narrador, nos enteramos de la historia del siglo XIX en Popayán (“centro de poder político y cultural”), en Colombia y en territorios vecinos. Hay noticia de Ana María desde sus catorce años, noticia de su despierta inteligencia y ánimo festivo, además de una evidente belleza. Estos atributos fueron como terapia en la velada que se le ofreció al general Simón Bolívar, en la pausa que éste hizo en Popayán en 1822 cuando iba camino al sur (Ecuador y Perú), donde le esperaba la feroz resistencia realista del valle del Patía y San Juan de Pasto.

Cual espina dorsal de la obra, con Ana María Rebolledo el narrador nos conecta con los demás eslabones de la obra. En sus presuntuosas memorias, con el pomposo título de “Cuadernos para errar en la vida”, Ana María da pistas sobre los puntos de vista narrativos de la novela: formas narrativas que se alternan, como el espacio y el tiempo, “del relato en primera persona… salta al relato distante y descriptivo, que se vale de la tercera persona”. Y en ese ir y venir por el tiempo, cambia “el tono emocional e íntimo… por el tono de observador, distante…” Así, el tiempo de los recuerdos nos lleva hasta el primer pariente que pisó estas tierras, el capitán conquistador Francisco de Rebolledo, quien según el cronista es el cuarto abuelo del libertador Simón Bolívar y Palacios. Y quizá la circunstancia más importante en la vida de doña Ana María Rebolledo fue la gracia de traer al mundo al poeta Rafael Pombo. Vale decir que R. Pombo “vive” en Popayán sus primeros cinco meses de gestación, pero nace en Santafé de Bogotá el 7 de noviembre de 1833. Y ya saben los lectores lo que significa Rafael Pombo para la historia de la literatura colombiana.

La novela trae al presente los nombres de una pléyade de payaneses que escribieron con la pluma o con la sangre la historia de Colombia: Camilo Torres y Francisco José de Caldas, vale señalar que su sacrificio, como bien dice el historiador, “fue fecundo y rompería para siempre los lazos entre las colonias y la monarquía”. Novelescas son las vidas paralelas de Tomás Cipriano de Mosquera y su primo de sangre José María Obando. Y aunque acabó discreta, entre sus papeles de ministro de la naciente República, la biografía de don Lino de Pombo, esposo de doña Ana María Rebolledo, (cartagenero, pero de padre payanés) es interesante y apasionante; salva la vida después de verle varias veces el rostro a la muerte. Y aparte de Rafael Pombo, el otro payanés, de imprescindibles Reminiscencias, es José María Cordovez Moure.

Artículo aparte merecen las vidas paralelas de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, presentes en muchos de los cincuenta y dos capítulos del libro. Porque aquí termina, a vuelo muy ligero, este comentario. Espero haber despertado la curiosidad de algunos lectores. Víctor Paz Otero es reconocido escritor de novelas históricas; quienes hayan leído esta clase de novelas, pueden dar fe de que es la mejor y más grata manera de conocer la historia. Decía Carlos Marx, que lo que él sabía de la burguesía en Francia, lo había leído en las novelas de Honoré de Balzac.

Donaldo Mendoza

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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