Matar nunca es necesario

Por José Atuesta Mindiola 

     En estos días de confinamiento, encontré en las páginas de la memoria esta historia; una entre tantas, que le escuché a mi madre, y sucedió hace mucho tiempo en un pueblo cerca de Valledupar.  

    El pueblo estaba de fiesta y había peleas de gallos. Apuestas iban y venían. Anunciaron la pelea más esperada, entre el “Invencible” y el “Relámpago”. El “Invencible” era la sensación por su racha victoriosa. El otro era poco conocido, y el nombre de relámpago obedecía a su brillante plumaje amarillo.

   Comienza la pelea. El gallo amarillo es un verdadero relámpago, sorprende a todos con un par de saltos y perfora con sus espuelas el cuerpo del “Invencible” y lo dejó listo en un baño de sangre.  Pedro, iracundo salta la valla, toma con su mano izquierda su gallo muerto y en la mano derecha agarra la pistola.  Y grita: –Ahora que venga el dueño a ver si es tan valiente como su gallo-.  

 Vicente, sigue sentado y aparenta no prestarle atención; pero Pedro se acerca y lo mata de dos tiros en la cabeza. 

   Era la primera vez que un caso de esa naturaleza sucedía en el pueblo.   El homicida fue capturado por el Comisario, y con el respaldo de dos miembros de la policía civil fue llevado a la cuidad más cercana. Aceptó su culpa y fue condenado a 20 años. Para ese entones, en la capital del departamento había una cárcel para ese tipo de condena.  

  Fidel, hermano de Vicente, prometió vengar su muerte. –A ese hombre que acabó con la vida de mi hermano, yo lo mato. Cuando salga de la cárcel, aquí tendrá que volver a ver a su madre, a sus dos hermanas y a su hija-.  

 Fidel cambió las sanas costumbres de vivir para dedicarse solo a preparar la venganza. No tenía armas. Compró una pistola y una escopeta, buscó un experto en armas para que le enseñara a disparar.

   Las dos hermanas de Pedro se turnaban, cuando podían, para ir a visitarlo en la cárcel. A su madre, discapacitada para caminar, se le veía sufrir la ausencia de su hijo, pero no perdía la esperanza de verlo. Le pedía a Dios perdón por su hijo, y que le concediera la licencia de abrazarlo antes de morir.

   Faltaban pocos días para el fin de la condena. Fidel sabía que Pedro tendría que venir al pueblo. La idea de venganza rondaba su pensamiento. Además, crecía su rabia al recordar que la muerte de su hermano había afectado tanto la salud de su madre, que aceleró su vejez y acabó con su vida.     

  Un fin de semana, en la mañana, Fidel iba en su caballo a un pueblo vecino. Era época de invierno, el río estaba crecido y no había puente para los carros. Antes de cruzar el río, vio a un anciano barbudo, delgado, espaldas encorvadas y con un sombrero alón.  Fidel lo saludó en voz alta, pero el anciano apenas levantó la mano. 

En la noche, cuando Fidel regresa al pueblo, sus hijos le informan de la llegada de Pedro. Fidel, solo atinó a responder: –Ese hombre es un pobre anciano, que no infunde más que lástima y pesar. Ese hombre ya pagó su condena.  Matar nunca es necesario-. Y mientras oteaba el horizonte, escuchó la voz del corazón: “Cuando la justicia hace presencia, la muerte también le duele al asesino”. 

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola 

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