HATO Y POBLAMIENTO DE MARIANGOLA

Por José Atuesta Mindiola

Mariangola como hato es contemporánea con los hatos de las sabanas de Aguas Blancas, El Diluvio y Camperucho. Sus orígenes se remontan a la mitad del siglo XVIII, y obedecen al proceso de expansión de las fronteras agrícolas y ganaderas de Valencia de Jesús, en ese entonces, tercera ciudad de la provincia del Magdalena. De esto da testimonio el historiador Hugues Sánchez, al encontrar en la Notaria Primera de Valledupar, el testamento del capitán español José Mendívil, en el que se registra la adquisición en 1746, de un hato en las sabanas de Mariangola entre el río de los Puercos y el río el Diluvio. También Sánchez se basa en Hermes Tovar Pinzón, Para afirmar que Bernardo Campuzano, español, residente en Valencia de Jesús, poseía en 1745, las sabanas de Mariangola. Era un acaudalado hacendado que sostenía relaciones comerciales con hacendados de Valledupar, de Mompox y Cartagena.

Por otra parte, el Doctor Pedro Castro Trespalacios, registra que en el archivo histórico de Santa Marta con fecha tres (03) de febrero de 1825, aparece un documento firmado por el gobernador Esteban Díaz Granados, en el cual dice en uno de sus apartes: “Declárese de propiedad de Don José Maria Castro Loperena las tierras de la Hamaca y Hato Grande alinderadas así: norte: con la serranía, este sabanas del tablazo; sur: Río Cesarito, y oeste: con el río Mariangola…”. Gran parte de esta propiedad hoy toma el nombre de hacienda Villa Rosa y fue de propiedad de la familia Castro Monsalvo.

Otro testigo de la rica y naciente región ganadera, fue Luís Striffler, que al respecto comenta: ”Durante el veintidós (22) de febrero al dos (02) de marzo en 1876 había permanecido con mi comitiva en la hospitalaria hacienda del Diluvio disfrutando de las atenciones de Urbano Pumarejo. Dejamos llegar la tarde antes de ponernos en camino, y a la luz del crepúsculo, pudimos ver al riachuelo del Diluvio, pasamos después por una sabana casi igual a la explanada del Diluvio en la cual había una casa a un lado del camino, pero muy modesta y reducida es la hacienda de María Angola. Seis horas después de viajar en la hermosa noche iluminada, llegamos a Aguas Blancas, otra vivienda insignificante, que es el reducido abrigo de una familia vaquera, que pasa allí las épocas del año en que las estaciones de las aguas no les permiten permanecer a la orilla del río Cesar” .

La casa que describe Striffler como una hacienda a orilla del camino, era tal vez la casa de los hermanos Castañeda, quienes meses antes habían llegado a las sabanas de Mariangola. Los Castañeda eran nativos de Mompox, pero venían procedentes de El Paso, donde habían llegado con la intención de quedarse, pero la muerte súbita de su madre les hizo cambiar de parecer. En las sabanas de Mariangola donde se divisaba al norte la imponente Sierra Nevada de Santa Marta, al este el río Mariangola, al oeste el río El Diluvio y al sur territorios vírgenes; encontraron el sitio ideal para aposentarse, soportando y adaptándose a lo que hacía imposible a otros viajeros permanecer mucho tiempo allí, las nubes punzantes y fastidiosas del mosquito Jején (Pequeño mosquito que alcanza hasta 3 mm de largo, su picadura produce manchas rojas y sanguinolentas que causan molestias por varios días).

Los Castañeda eran cinco hermanos: Inocencio, Marcos, Luís, Feliciana y Olivia. El mayor era Inocencio que trajo de compañera a María de Jesús Calderón. Fue la primera familia que no llegó directamente como trabajadores de las haciendas ni de los hatos cercanos; los Castañeda llegaron a quedarse y poblar el corazón de las sabanas. Aunque ya las sabanas eran sitios de pastoreos de la hacienda El Diluvio de los Pumarejo, tierra donada por la Corona Española, y de las haciendas La Hamaca y Hato Grande de los Castro Loperena, donadas por el Estado del Magdalena.

El crecimiento poblacional del territorio de Mariangola empieza a consolidarse no solo gracias a las migraciones voluntarias sino a través de la multiplicación interna de las nuevas familias que se iban formando en Mariangola. Al respecto, el señor Anselmo Castañeda Altamiranda (nacido en 1898), comenta (1983): “Desde que tuve luz de conocimiento supe que la primera familia numerosa en poblar a Mariangola fue la de los Castañeda; mi tío Inocencio vivía con Maria De Jesús Calderón, a ellos no les conocí hijos; mi tío Marcos tuvo con Luisa Aroca a Manuel Aroca; mi tío Luís tuvo con Maria Del Rosario Carrillo a Joaquín, Manuela y Juanita Castañeda; mi tía Feliciana tuvo con José María Quiroz a Francisco y Víctor Quiroz, mi mamá Olivia con José De la Cruz Altamiranda tuvo a Rosa y a mí” .

La guerra de los Mil Días tuvo consecuencias en el poblamiento de las sabanas de Mariangola. Los hacendados de la provincia de Valledupar, ven la necesidad de organizar y mejorar sus haciendas, lo que demanda mayor número de trabajadores. Las haciendas más cercanas a Mariangola: Villa Rosa de José María Castro, La Vigía de Pepe Maya y Villa Real de Casimiro Maestre. Llegan a trabajar a estas fincas personas de Valledupar, de Valencia de Jesús y de Patillal. La gran mayoría de los habitantes de Mariangola llegaron dependiendo de alguna de estas tres fincas, y siguieron por mucho tiempo dependiendo de ellas. A raíz de este proceso de Valledupar llega el patillalero Juan Ochoa con su mujer Enriqueta Salas y con él sus numerosos hijos, Saúl Betin Ochoa, Felicia, Virginia, Ana Rosa, Ángela, y José Manuel Ochoa y años después Ana Ochoa.

De Valencia viene Sabas Ruiz y su hermana Margarita. De Patillal llegan José Manuel Maestre y Antonio Álvarez y organizan un corral de ordeño que bautizan “El Corral de los Patillaleros”, y traen como trabajadores a Pedro “Pendo” Pretel y Lino Yaneth.

Al finalizar la década de 1920, Mariangola tiene alrededor de 20 casas, distantes entre sí; la mayoría con dos chiqueros, uno para los chivos o carneros y otros para los cerdos; los burros permanecían sueltos en las sabanas. Los que no trabajaban tiempos completos en las fincas, en sus ratos libres hacían rozas de maíz, yuca, ahuyama, plátano, en las extensas tierras vírgenes, y esto era suficiente para todo el pueblo, que además de ser pequeño, tenían vínculos familiares.

En el testimonio (1987) de Virgilio Álvarez, podemos observar el proceso migratorio de él y su familia en la década de 1920 hacia Mariangola, los cuales empezaron a laborar en los hatos ganaderos de estas sabanas. Además en este relato se evidencian dinámicas maritales, que empezaban a configurar nuevas familias en este territorio: ”Yo llegué a la edad de 12 años, dos años antes habían llegado mis abuelos Juliana Guerra y Vicente Córdoba, yo llegué con mi mamá Teodora Guerra y mi tío José María Guerra, un año atrás había muerto mi papá, en Valencia de Jesús. Mi abuelo trabajaba en Villa Rosa, también mi tío también empezó a trabajar ahí. El capataz de la finca era Anselmo Castañeda y mi mamá vivía con él, pero no tuvieron hijos. Yo trabajé cuidando ovejas de Villa Rosa, después trabajé en la finca Quiebra Hueso de Aníbal Guillermo Castro”.

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

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