EL ÁRBOL, UN PATRIMONIO

                                                                                       Por Donaldo Mendoza

   Hace unos días asistí a una reunión que citó el presidente de la junta comunal del conjunto. Pequeño barrio que tiene uno de los espacios verdes más bellos de la ciudad, a orillas del río Cauca. Todo iba bien en la reunión, hasta que un residente ponderó que, ¡al fin!, un vecino hubiera logrado ganar la tutela que le autorizaba talar tres árboles que le hacen sombra a su casa. Quizá tenga razón el vecino afectado. Pero lo triste es que no haya solicitado la poda sino el corte completo de los tres árboles. Y el residente celebraba también que había un cuarto árbol con los días contados.

   Los caucanos que hayan visitado alguna vez la ciudad de Valledupar, darán fe de la red de avenidas que atraviesan la ciudad. Por el centro de cada avenida corre una tercera calzada (separador) sembrada de árboles, especialmente mangos, que extienden largas sombras y refrescan una ciudad, que sin esa arborización sería invivible, en razón de las altas temperaturas que agobian, incluso en las noches. Entonces, no es exagerado decir que en Valledupar el árbol, más que una cosa, es un ser venerable.

   En Valledupar, los entes gubernamentales y los que hacen trazados y construyen avenidas, se hacen responsables de arborizarlas. Y por el lado de la ciudadanía, cada casa tiene su jardín y/o árboles que evitan que el fuego solar dé de plano sobre las paredes. Vale decir, que las inclementes condiciones climáticas han propiciado que sembrar y cuidar los árboles sea un valor cultural de la ciudad (‘no hay mal…’). Al propietario de vivienda que se le autoriza cortar un árbol, porque las raíces dañan la red del acueducto, Corpocesar (equivalente a CRC en Cauca) le regala un nuevo árbol de raíces menos nocivas. No se rompe la cadena.

   Popayán es el referente más opuesto que tiene la capital del Cesar. Para poner un ejemplo proporcional: de cada diez días, en Popayán llueven cinco; mientras en Valledupar solo llueve una vez. Así, si a Natura se le permitiera obrar libremente, en Popayán crecería un bosque en un año; en tanto que Valledupar sería un extenso cadillal, una planta que resiste la sequía y se defiende con unas garrapaticas espinosas. Son comparaciones que revelan tamaño patrimonio natural que tenemos en Popayán.

   En Valledupar la cultura del árbol ha nacido de la necesidad. En Popayán hay que fundar esa cultura, no por la necesidad, dado que es mucha la gente que no la siente; sino por la defensa y mejor aprovechamiento de un patrimonio natural que en otra parte sería una riqueza inconmensurable. Pensemos nada más en los gigantescos esfuerzos que ha hecho Israel para sacarle frutos al desierto. Hoy ese país es una potencia en cítricos.

   Nuestra esperanza está en lo que, desde las instituciones educativas, puedan hacer los maestros y sus estudiantes por la defensa de un patrimonio que está en peligro, dado que no son pocos los que piensan como el residente y el vecino aludidos al principio de este artículo. Fue poeta, educador y apóstol un americano que a finales del siglo XIX ya nos advertía: «Cuando hayas cortado el último árbol, contaminado el último río y pescado el último pez, te darás cuenta de que el dinero no se puede comer» (José Martí).

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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