Los ríos necesitan guardianes

Por José Atuesta Mindiola

El ser humano tiene el compromiso vital de ser un guardián de los ríos. Un río es una muralla que frena el trote del desierto. El río existe por un ciclo perfecto de la naturaleza, y en su nacimiento intervienen: el rocío emergente de los glaciares, el remanso de los páramos, el reposo ondulante de lagunas, las afluencias de riachuelos y el retorno de la lluvia. Y la lluvia está ligada a la presencia de los bosques y al viento que eleva a las nubes el polen que condensa el agua evaporada por el sol.

El río de los amores de Valledupar brota de la Sierra-Madre, su primera estancia es la laguna Curigua y en su recorrido se van sumando arroyos hasta convertirse en el gran río Guatapurí; pasa por el noreste de la ciudad y en un recodo las aguas se tornan profundas y forman el conocido balneario Hurtado. Ahí surge la leyenda de la Sirena.

La imagen más común de los poetas para describir el recorrido es de una inmensa serpiente, por eso dicen que las aguas serpentean en veloz descenso por la serranía hasta cruzar el noreste de Valledupar y perderse en el río Cesar. Esta descripción poética se cimenta en la leyenda de la serpiente Doroy; según los campesinos que viven a orillas de los ríos, en las fuertes crecientes suele bajar hacia los mares una gigante culebra atravesada que lleva en su cabeza un par de cuernos, posee barba como chivo y emite cantos como el gallo, quien la oye no puede volver a dormir hasta cuando pase la creciente; pero si es una mujer embarazada quien le ve la cabeza y la oye cantar, dará luz a un hijo cantor.

El Guatapurí es frescura, catarsis y magia para inspiración de cantores vallenatos y para los enamorados. Lo han llamado padre tutelar del canto y el rey del Valle. Quien viene a Valledupar y se baña en sus aguas quiere quedarse, y es seguro que regresa. El río necesita verdaderos guardianes para poder seguir en su misión natural de dar vida a la vida, y que la sinfonía del andar de sus aguas esté siempre protegida por la sombra vegetal y el romance cantarino de los pájaros y el viento.

Viejos habitantes de Valledupar sienten nostalgia por el inmenso caudal y el verdor de la floresta; hoy en épocas de verano hay partes donde el río pierde su andar entre las rocas y la ausencia de árboles sombríos. Todos estamos en la obligación de custodiar el río y mantenerlo como un auténtico sitio de recreación familiar.

El Guatapurí era un río caudaloso, hoy es un mero regato por las riberas desoladas, la contaminación y el calentamiento global. Un sabio indígena arhuaco, entristecido, pero con altiva esperanza, dijo al contemplar el río: el agua no se acaba, se esconde. Un río nunca anda solo. Hay un río macho y un río hembra. Siempre andan juntos, uno arriba que fluye en el follaje del viento y otro abajo, invisible a la música del aire. Si al macho lo desvían de su cauce, no podrán cantar victoria los usurpadores del agua. Llegará el momento que el río macho vuela a su antiguo lecho a buscar al río hembra. El designio es vivir unidos.
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EPITAFIO DEL RÍO

El río festivo y trasparente
se adelgaza por ausencia
del follaje que ayer besó su cauce,
hoy pierde su nombre en el camino.

El hilo de agua se esconde
en los pies oscuros de una roca.
Nada fluye en la ruta,
solo estelas de piedra y arena.

Leyendas de antiguos viajeros
cruzan por mis ojos,
y pensativo escribo:
Aquí hubo un río
la sed de la piedra lo delata.

(José Atuesta Mindiola)

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

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