UTOPÍA INCAICA

Una sabiduría para tiempos de confusión

Por Donaldo Mendoza

   En 1972, el crítico peruano Julio Ortega hizo una selección de textos de la obra Comentarios Reales de los Incas (1609), del cronista de Indias Inca Garcilaso de la Vega, y la tituló La utopía incaica (Biblioteca General Salvat, N.o 80). Un título acertado para estos tiempos, y a la luz de lo que actualmente sucede en Colombia. En efecto, lo que para el Imperio incaico era una realidad posible y factible, hoy solo puede ser vista desde la lente de una ilusoria utopía.

   Inca Garcilaso escribe en una época en donde aún domina el espíritu humanista del Renacimiento, que lo fue también de las grandes utopías; es decir, de la construcción imaginaria de un mundo perfecto. Un mundo que la imperfección humana no puede alcanzar, pero que a los artistas sí se les prestaba para mostrar desde una perspectiva crítica el entorno social y político de su tiempo. Noticia grata para Inca Garcilaso de la Vega, dado que la organización social y política del Imperio incaico era bastante próxima al ideal utópico.

   Los reyes o emperadores incas no tenían conocimiento de la democracia griega, pero sí habían ido más allá de la organización política y social que aquella proponía. En efecto, al gobierno incaico hoy se le podría calificar de “autoritario y socialista”, en razón de la sucesión hereditaria de los monarcas y la propiedad común de los medios de producción, que para su caso era la tierra y todos los bienes y servicios procedentes de ella. El emperador garantizaba que todos fueran dueños, y en tal condición fueron adelantados en obras de industria e ingeniería para hacer producir la tierra, incluso en suelos áridos.

   La tierra les proporcionaba riqueza, y el sol (guardián de la vida) sabiduría. La consigna central era “hacer el bien que nuestro padre el sol nos manda”, y que “hiciesen con todos lo que quisieran que todos hicieran con ellos”. Inca Garcilaso de la Vega, hijo de un español con una princesa inca, es el “primer mestizo biológico y espiritual de América” que nos da noticias de la tradición incaica en los distintos aspectos de su organización social. Fundador también de una utopía para nuevos tiempos.

   Si bien la “corona del reino es hereditaria”, el jefe de gobierno es formado en sabiduría desde la infancia, y su educación es una guía para todos. Por ejemplo, para casarse, el hombre no podía tener menos de 24 años, y la mujer ser mayor de 18, dado que era menester que tuviesen edad y juicio, porque “el indio que no sabe gobernar su casa y familia, menos sabrá gobernar la república”. Así, quien toma la corona tiene el deber sagrado de gobernar “con justicia, piedad y mansedumbre, acariciando sus vasallos, haciéndoles todo el bien que podía”. En razón de que, “de la prosperidad de los súbditos redundaba el buen servicio para el rey, que estando pobres y necesitados mal podían servir en la guerra ni en la paz”.

   Así mismo, los jueces eran escogidos entre los que la comunidad reconocía como los más virtuosos y de pulcra conducta, de modo que “no se podía sufrir que el que hubiese sido escogido para hacer justicia hiciese maldad, ni que hiciese delitos el que estaba puesto para castigarlos”. De fallar en la administración recta de la justicia, el juez se hacía merecedor de severos castigos, que podía ser hasta la muerte dependiendo de la gravedad de la falta. Los jueces debían demostrar, ante la comunidad, el Inca y el sol, que eran “mejores que sus súbditos”. Y llevado al seno del hogar, “al padre castigaban ásperamente por no haber adoctrinado y corregido su hijo desde la niñez, para que no saliera travieso y de malas costumbres”. Y cada individuo debía ocuparse siempre en algún oficio, porque siempre hay algo por hacer; de modo que “era entre ellos cosa de mucha infamia y deshonra castigar en público a alguno por ocioso”. No había en el Imperio persona pobre o desamparada. En la esencia de la utopía, Garcilaso de la Vega ve en el Inca al “monarca benévolo que gobierna un país donde no había mendigos ni ociosos”.    

   Y en lo ético, o fundamento de la sabiduría, la antonimia virtud y vicio se resuelve en favor de la primera: “La avaricia y la ambición hacen que el hombre no sepa moderarse a sí propio ni a otros; porque la avaricia desvía el ánimo del bien público y común y de su familia; y la ambición acorta el entendimiento para que no pueda tomar los buenos consejos de los sabios y virtuosos, sino que siga su antojo”.

   Inca Garcilaso de la Vega, el «primer mestizo de personalidad y ascendencia universales que parió América», nació en Cuzco, capital del Imperio, el 12 de abril de 1539, y murió a los 77 años en la España de Miguel de Cervantes Saavedra, el 23 de abril de 1616.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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