«Canciones sin letras», ¿El gran pecado de la nueva ola vallenata?

      

Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural/ revistaentornos.com  

En el argot de la escena musical de acordeón en el Caribe colombiano, se denomina como “letra” el contenido ya sea lírico-descriptivo o narrativo de las canciones, es decir, el texto o lenguaje verbal. De allí que se habla de canciones con “buena letra” para referirse a aquellas de alto vuelo poético, densidad de mensajes, reflexión, contemplación o conciencia estética en sus textos. Las de autores como Rosendo Romero, Fernando Meneses, Rafael Manjarrés, Daniel Celedón, Santander Durán o Adrián Villamizar, son ilustrativos de esta categoría de canciones.   Por otro lado, las canciones con “poca letra”, sería aquellas ligeras en sus mensajes, con poco ejercicio literario, lenguaje jergal o popular, propensas al baile, con estribillos pegajosos. Canciones como “Me gusta, me gusta”, “La leona”, “Me tiene pechichón”, “El tao, tao”, “La soltería” o “El fulano” pueden ser ejemplos de este tipo.

La queja más recurrente de los melómanos vallenatos sobre la nueva ola, se enfila, precisamente, hacia la “falta de letra” de sus canciones. Aunque, siendo justos, también graban algunas canciones con un contenido rescatable, en menor proporción que las bailables. Bien es cierto que, el grueso del repertorio nuevaolero, se caracteriza por textos ligeros en su profundidad, con lenguaje jergal juvenil, lugares comunes, prosaísmo y coloquialismo, ausencia de lirismo. También es cierto que, muchas de sus canciones están repletas de ofensas contra la mujer. No es menos cierto que, el formulismo y el esquematismo es una marca en el ejercicio composicional de los nuevos autores.

Ahora bien, en aras de llevar el debate a un nivel más profundo de discusión, plateo las preguntas: ¿Son malos autores, aquellos que muy poco producen canciones con “letra”? ¿Está obligado un compositor vallenato, siempre a producir canciones con alto vuelo poético y profundidad de mensajes? Muchos responderán que sí. Pero, la historia de la música de acordeón del Caribe colombiano, en sus diferentes estilos y formatos, nos demuestra lo contrario y que, si componer canciones “con poca letra” (no hay canciones sin letra, porque en el vallenato, todas tienen texto), es un pecado, éste no es exclusivo de los autores de la llamada nueva ola.

Concreticemos. Por un tiempo, hubo dos estilos bien diferenciados entre los músicos de acordeón del Caribe colombiano. Por una parte, los del norte del Cesar y los de La Guajira, con un repertorio restringido a las formas festivaleras: paseo, son, merengue y puya. El otro estilo, más arraigado en parte del Magdalena, Bolívar, Atlántico, Sucre y Córdoba, con repertorio más amplio y que incluía, además de las formas festivaleras, el pasebol, paseíto, chiquichás, cumbias, porros, raspacanillas, sinuanito, guarachas y tamboras. Los de esta segunda subregión, con el tiempo se caracterizaron más por el repertorio festivo, bailable y de letras ligeras y hasta jocosas. Es el caso de Calixto Ochoa, Lizandro Meza, Aníbal Velásquez, Alfredo Gutiérrez, Morgan Blanco, Manuel Caraballo, Miguel Durán, Aniceto Molina

Para solo dar unos ejemplos, Calixto Ochoa, ha sido considerado el autor más prolijo de la música tropical colombiana, rey vallenato y uno de los grandes y más completos del género. Pero, habría que hilar muy fino para encontrar una canción “con letra” en su amplio repertorio.  Calixto fue exitoso, más por sus chanzas, jocosidades, historias ocurrentes y anécdotas que por su lirismo. Igual sucede con Lizandro Meza, llamado “El rey sin corona” del vallenato y el tres veces rey del Festival de la leyenda vallenata Alfredo Gutiérrez. Aníbal Velásquez y su hermano José “Cheíto” quienes han grabado más de 100 canciones vallenatas, prefirieron las canciones bailables, “recocheras”, sicalípticas con las que no pasan de moda. ¿Podría alguien señalar de “malos compositores” a estas figuras porque no se inclinaron hacia las canciones “con letra”? Lo dudo.

La zona del Bolívar grande, ha preferido la música de acordeón festiva, bailable y “recochera”, por lo que, para penetrar ese nicho de mercado, desde finales de los 80, los intérpretes del Cesar y La Guajira, comenzaron a combinar el repertorio festivalero con fusiones alegres y ritmos como el paseíto, tamboras, chandés, porros y otros. Es entonces que, surgen autores que, sin dejar de componer algunas “con letra”, se inclinan por canciones más bailables, gozonas, sin el privilegio del lirismo: Beto Murgas, Teodoro López, Romualdo Brito, Franklin Moya, Jeiman López, Luis Durán Escorcia, Fredy Carrillo, entre otros.  ¿Son malas canciones este componente bailable del repertorio vallenato? Tampoco lo creo.   

Aún en el caso del vallenato más rancio, los primeros periodos del vallenato no fueron precisamente de canciones con estatura poética. De allí que, cuando la gente se queja diciendo “Ya las canciones vallenatas no son tan bonitas como las de antes”, debieran delimitar cuál era ese antes. Porque “La puerca mona” o “La chencha” de Francisco el hombre, “La puerca” de Pacho Rada, “A puño molío” de Julio de las Ossa o “La perra” y “El leñazo” de Alejo Durán no es que sean una joya poética o de mucha lucidez en su contenido.  El vallenato al que muchos llaman clásico, romanza o paseo lírico, nació en los 60 con Gustavo Gutiérrez, Freddy Molina, Adriano Salas y Leandro Díaz, pero tuvo su esplendor desde mediados de los 70. Así que, no es que hubiese mucha “letra” en el periodo de los juglares, sin embargo: ¿Son malos autores los de ese periodo campesino por la falta de letra? Es impensable pedirles conciencia escritural y ejercicio literario a estos autores que eran, en su mayoría, iletrados horticultores, leñadores o vaqueros.

Para concluir, si bien los nuevos intérpretes de la nueva ola, debieran equilibrar y variar más sus producciones alternado canciones bailables y ligeras con otras que interpelen al público que sí les interesa el contenido y vuelo poético de las canciones, no es menos cierto que, los gustos del público juvenil, prefiere hoy las canciones bailables, prosaicas y coloquiales. No se trata de abogar por los malos compositores – los ha habido en todos los periodos- sino de no estigmatizar las canciones bailables y gozonas, pues el cancionero universal está repleto de éxitos que no son precisamente “canciones con letra”.  Es el caso de las canciones colombianas más conocidas en el exterior: “La gota fría”, “La pollera colorá”, “La cumbia cienaguera” o “La múcura” para dar ejemplos de canciones tropicales del país.     No podemos obligar a los nuevos autores a componer para los melómanos de los 80, quienes somos los que menos consumimos sus productos. Cada compositor es libre de escoger qué tipo de canción compone, si es bailable, de protesta, un poema en sentido estricto un poco de todo. Pero, el hecho de escoger la producción de canciones bailables no lo hace mal compositor.

Abel Medina Sierra – Investigador cultural

medinaabelantonio@gmail.com  

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