Consuelo Araujonoguera, Ciro Alfonso Quiroz Otero y Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa

El valor inconmensurable del aporte de la música vallenata a la epistemología de la ciencia contemporánea.(Fragmentos de la investigación sobre “La conducta humana”)

El mito de Ulises y las sirenas es emblemático y paradigmático de la comprensión y significado de la libertad humana. Allí, como en ningún otro mito, se expresa aquello que Lázaro Flury, citado por Gutiérrez Hinojosa, califica como que “constituye el cuerpo de una mística empírica destinada a preservar una moral temporal conforme a las estructuras sociales del medio”; para lo cual, dice el último mencionado, deben entenderse y comprenderse como “normas que constituyen una filosofía sencilla”, donde la lógica y la razón parecieran estar ausentes por el dominio de la magia y la leyenda constituida en “códigos” 1.

Por ello, tiene toda la razón el gran historiador, abogado y vallenatólogo Ciro Quiroz Otero, quien con enjundia y sensibilidad sociológica, afirma que los Mitos “fueron en sus inicios imperativos sociales en función, propósito y logros frente al universo, una especie ligera de lo cual se derivó el derecho positivo en versiones reguladoras” 2.

Ya así lo había expuesto desde 1973 Consuelo Araujonoguera respecto al folclor como fenómeno social, del cual hacen parte los mitos que “encarnan y representan el patrimonio popular de usos y costumbres”, como “substratos psicológicos y sociales comunes” de una etnia dentro de su geografía que marcan, entre otros fenómenos, de manera subconsciente “los modos y las formas de expresarse, comportarse en sociedad, reaccionar ante las situaciones, manifestar los sentimientos, escoger y degustar los alimentos e incluso en las leyes fisiológicas y las espirituales” 3; a partir de lo cual, puede atisbarse la progresión naturaleza-cultura que caracteriza a la metodología propuesta en los años setenta del siglo pasado por E.O. Wilson y que llamara “Concilience”, hoy adoptada por la psicología de la evolución y la neurociencia.

Ciro Alfonso Quiroz Otero

El recorrido efectuado, desde la antigua Grecia al día de hoy, pone de presente una visión humanista de la problemática fundamental sobre el comportamiento humano, desde una perspectiva multidisciplinaria. Se trata, como ya afirmó Jaeger, entender que “el punto de partida de todo humanismo debe ser su concepto de la naturaleza humana”, aspecto que la herencia griega nos heredó, toda vez que “la naturaleza humana y la razón son las columnas de la cultura griega”, con su profundo significado antropocéntrico en el “sentido que excluye una visión teocéntrica del mundo” 4, línea de pensamiento que hoy se extiende todavía con la neurociencia 5.

El Oráculo de Delfos, también se atribuye dicha frase al gran Sócrates, rezaba “conócete a ti mismo”. La neurocientífica Kaja Nordengen, desde una perspectiva moderna, afirma que “una comprensión cada vez mayor del cerebro nos brindará, además, mucho más que mejores tratamientos: nos dará también una comprensión de quiénes somos y de cómo funciona la humanidad”, por lo cual, sin duda alguna, como bien dice la premio Nobel de medicina de 2014, May-Britt Moser, las neurociencias nos colocan en el “umbral de una revolución del conocimiento” 6.

El cerebro animal apareció primero, en su forma reptiliana, hace unos 500 millones de años y evolucionó hacia el mamífero, con el sistema límbico, más o menos hace unos 250 millones de años. Empero, el cerebro humano es reciente, sólo data de aproximadamente 200.000 años y ya, dice Nordengen, hace 150.000 años puede considerarse moderno “en todo sentido” 7.

Tal proceso hace parte del universo mismo, que avanza del caos cuántico hacia un cierto grado de orden y, desde la máxima entropía, genera accidental y espontáneamente “regiones o espacios de alta especificidad estructural, disipativa de entropía” 8, caldo de cultivo donde tiene nacimiento el hombre.

Si como dice Nordengen “somos lo que somos gracias a nuestro cerebro” 9, el conocimiento individual que de nosotros tengamos, el individual que podamos tener de los demás y el colectivo que de todos tengamos, se constituirá en la base para la comprensión de la conducta humana.

La empatía, fundamento de las emociones y del comportamiento social, dan cuenta de cómo todos y entre todos nos influenciamos como un todo, lo que tiene origen natural en las neuronas espejo, mismas que pueden explicar muy bien la cultura y la comprensión de lo social, pues cada uno y todos nuestros espacios son espacios compartidos, de tal manera que “no podemos quedar exentos de vivir lo que vive quien nos rodea. Y viceversa”, dicen Rizzato y Donelli, puesto que tales células cerebrales nos permiten, como humanidad, “reducir a un formato común lo que percibimos y lo que sabemos hacer”, lo que se pone de presente con el “condicionamiento que dichas conexiones ejercen sobre los comportamientos humanos”, tan asombroso, pero muy sutil y eficaz explicación de la llamada resonancia empática o la creación de un “espacio empático compartido” 10.

Es obvio, como dice Norgenden, “muchas cabezas juntas piensan mejor que una”, de allí que, siendo natural el que “los seres humanos colaboran entre sí”, al igual que la comprensión entre ellos, depende de la empatía, todo lo cual se facilita con la intervención de las neuronas espejo, de tal manera que “con el desarrollo del pensamiento y el lenguaje ya no somos esclavos del instinto” y consecuentemente “podemos plantear preguntas, juzgar y adaptar nuestro comportamiento a nosotros mismos y a los demás”, por lo que “nuestros modos de interpretar, pensar y hablar son el resultado de reglas, normas y valores sociales en una amplia gama de culturas diferentes” 11.

También, para Nordengen, “tanto el lenguaje como la cultura y el modo de vida tienen que ver con la capacidad del cerebro para interpretar patrones” 12, lo que significa, en esencia, que la comprensión y el comportamiento del ser humano responden en gran medida a un esquema de construcción social compartido, erigido a partir de la necesidad de interacción social entre los individuos por virtud de la supervivencia de la especie. A ello contribuye, sin duda alguna, la función de las neuronas espejo y motoras, que por demás se encuentran en la sede de las funciones psicológicas superiores, que “nos abre un resquicio a la comprensión de capacidades como la imitación, el reconocimiento del significado de los comportamientos de los demás y la comunicación”, así como la cultura propicia, la “codificación de los gestos convencionales” en cada cultura, afirman Rizzato y Donelli, enfatizando, que todo lo que preside nuestras acciones “no es la forma que estas poseen, sino su función, su objetivo”, esto es, los “gestos con un fin” 13.

El historiador, sociólogo, abogado y vallenatólogo Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, por demás excelso compositor de música vallenata, haciendo gala de esas dotes integradas dice bellamente que “el lenguaje es la medida del espíritu”, para de allí señalar que “los fenómenos folclóricos son esencialmente funcionales, pues se identifican con la vida social y espiritual de la comunidad” 14.

Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa

Las disciplinas de la cultura y, por contra, de la naturaleza hoy por virtud de la neurociencia cultural, han dejado atrás el profundo precipicio que las dividía. Unas y otras deben contribuir al conocimiento de la sociedad y de la humanidad, especialmente confluyendo en la explicación de la naturaleza humana, lo que evidentemente se pone de presente si miramos que el nacimiento de la música como la expresión más elevada de lo comprensivo más allá de lo meramente descriptivo, mantiene un contacto lineal con la naturaleza como brillantemente lo ha expuesto –anticipándose, por demás, a la epistemología actualmente en boga- Gutiérrez Hinojosa.

Del estudio de la música de los pueblos primitivos decanta la idea de que el tipo de instrumento membranófono, idiófono, aerófono o cordófono depende, por supuesto de la cultura, pero también con su tipo particular de espiritualidad y sobre todo con sus emociones y pasiones, como se demuestra con “la perfecta correspondencia entre el carácter extrovertido, alegre e impulsivo del negro y el sonido de sus instrumentos, siempre tambores altisonantes; de igual manera, entre las nostalgias de las culturas andinas y la melancólica melodía de sus flautas y silbatos” 15.

Pero también, la exultante belleza de la naturaleza y sus sonidos, originan un “desenfreno espiritual frente al estímulo” que se traduce en la producción de la música, que entre muchos ejemplos, tenemos el caso de dos especies de aves –la guacharaca y la chilacoa- que encontramos en el gran Valle de Upar que cantan en coro, el sonido melódico de la hembra y el acompasado y grave del macho, mismos que inspiraron la creación del instrumento musical indígena de la “pareja de flautas hembra y macho, con cinco y dos huequecitos, respectivamente, en la organología de todas nuestras culturas aborígenes, no es más que una palpable imitación de los coros ornitológicos”; destacándose aquí, para la música vallenata, que precisamente en la fusión entre diferentes culturas que está en el origen de la misma, la “flauta de cinco huecos fue reemplazada por el acordeón”, sin duda el Santo Grial de nuestro folclor nacional, calificada –la flauta- como el máximo logro de nuestro continente en la fabricación de un instrumento musical –las flautas sickash, hembra y macho- que logra una “escala pentafónica” 16.

La música vallenata, como se puede ver, arranca de los mitos de nuestros antiguos pueblos y muestra, como lo apunta Gutiérrez Hinojosa, un progreso lineal naturaleza-cultura, pues los sonidos y la belleza de la naturaleza inspiraron la creación cultural, especialmente la música.

En la neurociencia, el desarrollo lineal naturaleza-cultura se plantea muy especialmente respecto del tema de las emociones, pues existen unas emociones naturales o primarias y otras de construcción cultural, mismas que han sido moldeadas por la evolución, esto es, por la genética pero también por la epigenética y sus incidencias culturales.

Los desarrollos iniciales fueron dados por la sociobiología encabezada por E.O. WILSON, ferozmente atacado por los científicos sociales detractores de sus enseñanzas y partidarios de la idea de la tabula rasa, empero, su método integral -consilliencia- sobre un cuerpo unificado de conocimientos ha sido adoptado y desarrollado más ampliamente por lo que hoy se conoce como psicología evolutiva, ocupación de los grandes neurocientíficos que se dedican muy especialmente del estudio del inconsciente 17, ya varios como Damasio, Bargh, Spinker, Haidt y otros, que hemos mencionado en esta investigación.

Nada más cercano a las emociones que la música y la poesía, pero también, sin duda alguna, éstas son paradigmas de las creaciones culturales humanas 18.

Quiroz Otero, no menos conocedor de ello, postula la necesidad de entender que el conocimiento humano no puede prescindir de la sapiencia popular ni del entendimiento inobjetable del movimiento “De la nada al todo”, como manera de manifestarnos y relacionarnos con un “universal albedrío y respeto”, en lo cual es indiscutible el aporte significativo de “la música y su poesía, como expresión de realismo” 19.

Nos recuerdan nuestros cultores de la antropología y sociología vallenatas al gran Demócrito de Abdera quien, a partir de su teoría sobre la evolución de la cultura, señaló que la civilización tuvo su origen en la búsqueda de lo útil y ventajoso, de manera que las artes nacieron de la imitación de la naturaleza: “de la araña aprendió el hombre a tejer, de la golondrina a construir casas, de los pájaros a cantar, etcétera” 20 (Resaltado fuera de texto).

Confluyen, pues, Gutiérrez Hinojosa y Quiroz Otero, en plantear la imposible división entre ciencias de la naturaleza y ciencias de la cultura, anticipándose ambos a los atisbos epistemológicos contemporáneos esbozados por la neurociencia cultural 21 -donde dicho precipicio se demuestra como inexistente- fundamental para conocer el comportamiento del hombre, su libertad, su responsabilidad y el inevitable entramado entre Neurociencia y Derecho.

Su anuncio ya estaba expuesto por Consuelo Araujonoguera desde 1973 en su libro “Vallenatología”, recibiendo confirmación unos veinte años después -1994- en su trabajo “Lexicón del Valle de Upar”, donde demuestra como a partir del sonido –la voz humana que es un fenómeno físico- el cerebro, por virtud de la cultura, crea nuevas representaciones y significaciones en un entramado indesconocible de naturaleza y cultura, puesto que la “palabra es poder y es luz, es fuego y es agua. Es fortaleza y es ternura y es también libertad”, por lo que, “con esa luz que es la palabra, cada país alumbra su idioma y dentro de cada país las regiones se inventan sus propios términos, dichos y localismos con los que la gente expresa, comunica, siente, ama, vive y se identifica” 22; agregando nosotros, puesto que así emerge claramente del contexto, que ello tiene ocurrencia en un mundo de libertad y diferencias, pues una trae a la otra, ya que tal no sería posible si rigiera una ley causal que parametrizaría hasta los detalles, en tanto lo único verificable y observable es que todo está regido por plantillas, programas generales o módulos cerebrales, esto es, al modo en que Noan Chomsky entiende la “Gramática Universal del Lenguaje”.

Creemos que tales ideas, propias de una visión integral del conocimiento, fue uno de los mayores aportes de Carl Gustav Jung, cuyas afirmaciones sobre la imposibilidad de estudiar independientemente los fenómenos de la naturaleza del espíritu y de la cultura advinieron en una época de recalcitrante cientificismo, pero también, por el lado de las ciencias humanas, empeñadas en afirmaciones sobre el estado de tabula rasa al nacer el hombre, lo que niega el gran médico psiquiatra y psicólogo analista, pues tanto el pensamiento como la conducta y el consciente en general, se ven impelidos por el inconsciente con sus componentes genéticos, arquetípicos culturales, históricos y experienciales individuales y colectivamente hasta entonces poco estudiados, superando en ello los aportes muy importantes de Freud expuestos en el psicoanálisis, muy especialmente trabajando con la interdisciplinariedad y revelando la búsqueda ya de la metadisciplinariedad 23.

Por: Carlos Arturo Gómez Pavajeau/ EL PILÓN

Relato de dos cazadores mudados en ambientalistas y poetas cantores

Por: María Ruth Mosquera 

Sus predilectas eran las perdices. Le encantaba comerlas fritas con patacones, yuca o plátano cocido, cuando era muchacho. “¡Eran una exquisitez!”. Más adulto, cuando ya cazada con perros y escopeta, tenía como objetivo primario a los saínos, unos cerdos silvestres con una carne magra de calidad extrema que por muy gordos que estuvieran no tenían ni asomo de grasa. Adoraba sentarse a degustar un guiso de saíno.

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Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa

El entorno se prestaba para sus prácticas de cacería, pues Becerril donde nació era “otro mundo, una maravilla ecológica”, en la que confluían selva y sabana. Y él, Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, se caminó esa sabana, desde Codazzi, pasando por Camperucho y siguiendo al río Cesar, bajaba por El Hatillo hasta llegar a El Paso y La Loma; una prolongación en cierto modo del desierto guajiro en las entrañas del Cesar, con las mismas especies animales y vegetales; ahí se daba el encuentro con la selva que se extendía por una ‘inmensidad’ de hectáreas.

“Entonces yo viví en sabana, en selva y en montaña, que era la cordillera de los andes”. O como lo proclamó algunos años después: “Yo fui el cantor de los cerros del río y del sol, que dejé una nota alegre en cada ansiedad y una melodía en las almas de mis amores”, un canto vallenato que hizo tras la despedida final de su amigo Octavio Daza Daza, quien como él se hizo poeta cantor, miembro del universo de trovadores de un patrimonio que se canta, que es la identidad regional, inspiración de crónicas, documentales, investigaciones y relatos como los que construyen radialistas del Caribe colombiano con el proyecto ‘Música Vallenata Tradicional en Sintonía’, que lidera el Ministerio de Cultura y sus direcciones de Patrimonio y Comunicaciones – a través del Proyecto Las Fronteras Cuentan- en el marco de la estrategia del Plan Especial de Salvaguardia de esta manifestación cultural, declarada por la Unesco en 2015 Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Era un muchacho rural, rodeado de fauna y flora de sus tres ecosistemas; un erudito en pesca, un nadador sinigual, un ser de inviernos que esperaba con ansias la llegada de octubre porque era el mes de las lluvias infinitas. “Yo he sido enamorado profundo y sincero de la lluvia porque revive nuestra naturaleza. El octubre mío era invierno absoluto”. Los ríos crecían y él con los jóvenes del pueblo se convertían en anfibios para desplazarse sin dificultades a través de las corrientes, “Parecíamos unas nutrias. Nos íbamos por el río y nadábamos kilómetros. Éramos hasta buzos, porque había la pesca de la Covacha en la que nos sumergíamos y salíamos con los peces”, recuerda.

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Santander Durán Escalona

Muchos kilómetros al norte había otro muchacho, unos ocho años mayor, diestro también en asuntos de cacería, nutrido con carne de monte: Santander Durán Escalona, a quien sus más cercanos llaman ‘El Pibe Durán’. “Mamá cocinaba en el suelo: Tres piedras, un hueco en el centro y se ponía la carne en una parrilla, con yuca blanca/mona, una que es aguadita por dentro, deliciosa”. Desde temprana edad tuvo la libertad para aprender a disparar la escopetica de la finca, en las montañas de Callao, en Valledupar, “que eran profundas también. Allí faltaba nada más Tarzán, había mucho venado y yo me crie también con una carabina en el hombro, una Remington 22 de 18 tiros”. Entonces se paraba en la puerta, prendía la lámpara de cacería y desde ahí cazaba los tres o cuatro conejos para el desayuno”.

Adoraba el bocachico que sobreabundaba en los ríos Cesar, Callao, Guatapurí… “En Semana Santa hacían unas trampas para pescado, como una cerca con palitos verticales y una especie de mesón; y en el pozo de arriba vertían un poquito de leche de ceiba, entonces el los peces venían huyendo de la leche, brincaban sobre el mesón y de ahí los recogían en sacos de fique. Yo asistí a pescas de esas”.

Varios años después se conocieron estos dos muchachos, que para entonces tenían otro factor común: La condición de poetas en busca de dar a conocer sus creaciones musicales. “Él era un excelente baquiano en la montaña, explorador nato, con una puntería extraordinaria”, recuerda Santander. “Él fue cómplice mío cuando hacia cosas mal hechas porque lo invitaba a comer guiso de saíno y se deleitaba con ellos”, dice Tomás Darío, quien tras conocerse, invitó a su nuevo amigo y colega a un desayuno sabatino.

– “¿Qué quieres desayunar?, preguntó Tomás Darío
-“¿Que tienes allá guardado en la nevera?”, contrapreguntó Santander.
-“Lo que tú quieras. Pero no lo tengo en la nevera. Lo voy a buscar un momentico allá al otro lado, en Los Besotes; saíno, venado, lo que tú quieras… Mira, antes yo iba de cacería allí al botadero de basura y ahora tengo que caminar una cantidad de tiempo para encontrar un animal. Es muy difícil de encontrar un animal ahora”, explicó Tomás Darío.
– “¿Y qué vas a encontrar, si tú los has matado a toditos?”, replicó Santander.
“El desayuno estuvo extraordinario. Hoy nos arrepentimos de todas esas épocas de cacería”, confiesan y cuentan que entonces Santander hizo una propuesta trascendental a Tomás Darío: “¿Por qué no cabíamos el fusil por una cámara de fotografía y a él le sonó la idea?”.

“A la primera persona que yo le oí hablar de ecología y de defensa de la naturaleza fue a él; me insistió y luego empezó la televisión con unos programas de ese tipo, con Gloria Valencia de Castaño y uno se fue sensibilizando; entonces se despertó el amor a la naturaleza que estaba en mí, porque la verdad es que a pesar que le hacíamos daño con la cacería, siempre hemos amado la naturaleza”, dice Gutiérrez Hinojosa, quien debió más adelante conjurar los celos de su esposa Maile Parodi, quien le reclamó porque salía a cazar y regresaba en la noche o al día siguiente con los perros y la escopeta pero sin ningún animal cazado. “Yo le dije, te quiero confesar algo: Yo ya no voy al monte a cazar – ¿Entonces por qué vas? – Porque yo puedo vivir sin ir al monte.

Tú sabes que yo soy del monte y no puedo vivir sin ir al monte y ella me creyó. Caí en cuenta que yo veía los animales y no les disparaba; ya había cedido a la doctrina de El Pibe”. La riqueza natural lo inspiró para fortalecer su lírica e hizo cantos sublimes, de muchos de los cuales Maile es la musa: “Busco amarte, como un ave que ha quebrado su soberbia contra el viento. Yo soy tuyo, tú lo sabes, fuiste lírico final de un gran tormento. Amo el sol y la penumbra, las espinas y el clavel. Se aclaró mi anochecer, se volvió a asomar la luna. Te tendré como el sacro manantial de mi esperanza. Me tendrás como un sueño que en la aurora se agiganta o la sombra que encontraste en el camino”.

Hace poco se encontraron estos amigos para evocar acontecimientos de más de medio siglo de amistad, abrazos, afecto interfamiliar y también para hacer memoria de aquellos tiempos en que mudaron su condición de cazadores para convertirse en ambientalistas y poetas cantores, cuyas obras tenían como leitmotiv a la biodiversidad de su entorno, a los pájaros, los ríos, los inviernos de octubre, el sol, las noches de luna; en fin, ingredientes que hicieron de sus creaciones musicales auténticas odas a los paisajes de su infancia. Cantaron a dúo sus canciones y se expresaron una mutua e inalterada admiración por sus poesías, por sus vidas y por sus obras en favor del ecosistema y de la cultura universal.

Su universo lírico

En los años sesenta, cuando estos jóvenes ingresaron al universo poético de la música vallenata tradicional, ya este era habitado por personajes como Tobías Enrique Pumarejo, un trovador ganadero, morador de los campos que se extienden desde Valledupar hasta El Copey, quien logró tal vínculo con la naturaleza que sentenció en una canción que “Cuando Pumarejo muera se martirizan las flores copeyanas, se marchitarán las flores también se secan las ramas”. Estaba Rafael Escalona -tío de Santander- que era un hombre con un carisma indescriptible, un zar de metáforas, hipérboles, símiles, tropos y cuantas figuras literarias se dejaran atrapar en sus obras; era un ser de tierra, agua y aire, como lo dejó testimoniado en sus cantos, poblados por arcoíris, mariposas, nubes rosadas, pescaditos de oro, ríos crecidos, relámpagos de esos que se ven “como vela que se apaga” y hasta un Jerre jerre con el que resultó haciendo un acuerdo de paz en un camino del Cesar.

Estaba Leandro Díaz, que era un caso especial; un poeta invidente que nació con un don exclusivo, una capacidad perceptiva casi sobrenatural que le permitió incorporar a sus días primaveras y otoños en un país donde sólo hay inviernos y veranos: “¿Usted sabe lo que es una tarde de sol en el campo verde, y que de pronto pasa un nubarrón y cae una llovizna? Eso es la primavera”, decía. Se describía como “un cardón guajiro que no los marchita el sol”; como un amigo del campo, que creció a tientas, tropezando con los elementos del paisaje, fortaleciéndose con las aguas claras del río Tocaimo para poder cantar; nutriéndose con todo lo que su espíritu le permitía ‘ver’, como las fantasías que le regaló el amor y lo hizo cantar a una mujer “elegante, todos la miran y en su tierra tiene fama; cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana”.

“Esos son los tres más grandes de esa generación”, opina Gustavo Gutiérrez Cabello, poeta también, amigo, contemporáneo y colega de usanzas de ellos, quien creció recorriendo valles y praderas, influenciado por un paisaje de sol que marcó para siempre el sendero de sus canciones, “y desde entonces yo soy romántico y soñaros, porque no puedo cambiar la fuerza de mi expresión”, tal como lo declaró un día y lo ratifica hoy: “Yo siempre he dicho que si yo no hubiera nacido en este entorno, rodeado de naturaleza, yo no hubiera sido compositor”. Ha sido Gustavo un sentimental empedernido, añorador de los tiempos idos, de las travesías rurales que hacía con su padre Evaristo: “Cuando llueve la brisa del campo refresca la tierra, germinan las flores; arroyitos que vienen bajando recuerdos de infancia de tiempos mejores; me recuerdan que estando muy joven, a la finca yo iba con mi padre, recorríamos todos los potreros hasta ya muy metida la tarde. Regresa a caballo cantando y a mi lado mi padre también, casi siempre caía un aguacero, arroyitos crecían por doquier; ya muriendo la tarde en el Valle, regreso a mi casa, queriendo volver; cuando llueve me da sentimiento, pero eso no importa, que vuelva a llover”.

Fue una época de oro para la creación bucólica en el vallenato. La naturaleza los surtía de toda la inspiración requerida para llenar de lírica sus cantos. Era su entorno, por tanto no podían desligarse de él. Los ejemplos abundan. Máximo Movil contaba que venía “de la montaña, de allá de la cordillera, allá deje a mi compañera junto con mis dos hijitos; yo me traje bien cargado mi burrito vendo mi carga y me alisto porque mi mujer me espera”. Para Rita Fernández Padilla “la naturaleza es un elixir, un encantamiento y ha sido fundamental en mis canciones; transformo a los personajes en elementos de la naturaleza: “Una fuerte montaña era como tú, al comenzar el tiempo, pero pronto el invierno todo lo arrasó, sólo queda una historia; una historia de amor que me demostró qué frágil eras tierra, tierra blanda y liviana y yo que creía tener mi montaña”. Y

Diomedes Díaz fue un ser tan rural que se describió como “el río que nació en la Sierra y seco en el verano, soy el cultivo que se perdió por la falta de asistencia, soy el turpial que cayó en la jaula por culpa de la inocencia; yo soy el hombre que por ser hombre no he dejado de existir”.

Por eso julio Oñate Martínez consideró tan necesario lanzar una alerta temprana, ante la deforestación evidente en el territorio: “Destruyeron de manera irresponsable los bosques de dividivi, tu barrera natural y tumbaron esos grandes carretales allá arriba en La Guajira no ha quedao ni un guayacán”. Adriano Salas se mostró tan dolido con el deterioro de la biodiversidad en Caño Lindo, que lo expresó cantando: “Ya no se ven los pastos por el agua, está inundada toda la región, ya no acompaño más con mi guitarra a las aves silvestre del playón”- Y a Adrián Villamizar le pareció tan propicio personificar al canto vallenato y relatar sus travesías “por el río Magdalena, viví en la gaita de un Chimila, en la península guajira, fui trepando el Ranchería hasta llegar al Valle”, travesía en la que lo descubrió el acordeón, para convertirse en cuerpo y sangre por toda la eternidad.

Sólo basta recorrer sus cantos para encontrar que los poetas, en momentos de romanticismo extremo, le trasladaban su sentir a los elementos de su entorno, por lo cual es fácil identificar cómo pájaros, ríos, brisa y todo se convierte en celestina. Se ve en Octavio Daza, un patillalero al que río Badillo, con su canto, ayudo a convencer a su amada y en otro momento la acarició con un remolino: “Radiante estaba el día; tan linda se veía mi amor, que una mariposa al ver su belleza detuvo el vuelo y se volvió una flor. Y hasta los árboles, por su presencia, vencieron su orgullo, que se inclinaban como por encanto ante su hermosura, y un remolino formado en las aguas la acariciaba mansamente y fascinado por tanta belleza me provocó fundirme en el ambiente”.

La naturaleza es amiga, es cómplice y al mismo tiempo es antagonista. Lo cantó el trovador sanjuanero Hernando Marín Lacouture, el mismo que descubrió en el polen de una flor la huella que dejó un suspiro enamorado: “Se queda celoso el río Cesar cuando sale la sanjuanerita, sus aguas se baten en la orilla, pero el barranco las priva de meterse hasta San Juan; sabe que ella acepta mis caricias, sus aguas tiemblan de ira, como mi sangre al amar”. Y Rosendo Romero, quien creció sobre la Serrana del Perijá, comiendo ñeque, venao, ardilla, armadillo, incluso oso, poseído por los artilugios del amor, vio los claros de luna entre sombras de almendros igualitos a la mirada profunda de esa mujer, que era como “un manantial entre juncos y helechos, romántica como la lluvia de un atardecer”. Él, un poeta de cerros, deseó para su final el mismo de los inviernos que vivió en Villanueva: “Quiero morirme como mueren los inviernos, bajo el silencio de una noche veraniega, quiero morirme como se muere mi pueblo, serenamente sin quejarme de esta pena, quiero el sepulcro de una noche sin lucero y así resucitar para una luna parrandera.

Ellos, Santander, Tomás Darío y sus contemporáneos, son fieles representantes de los trovadores de su ápoca y de los que los antecedieron, quienes en sus obras dejaron implícito el axioma de que el canto vallenato nació en un entorno rural, debido a que sus creadores se abrevaron de los ríos nacidos en la Sierra, escuchando e imitando el canto de los pájaros, alumbrándose con la luna en la noche y con el sol de día; corriendo por praderas y sabanas, trepando cerros, nutriéndose de un ambiente natural con el que ineludiblemente formaron el capital simbólico de su obra poética.

Son, como los describe la investigadora, escritora, docente, musicóloga y cantante Marina Quintero Quintero, “los báculos sonoros que sostienen esa alianza que llamamos histórica entre la música, la cultura y la tradición; los que dan testimonio a las nuevas generaciones de su historia. Siempre tendremos que volver a ellos porque son la fuente donde bebemos, donde llenamos nuestro espíritu de esperanza, de hermosas consideraciones y lecturas de la vida. Ese gran espejo que ellos nos dan es la apuesta por el mejoramiento de la vida, la exaltación por lo que realmente tiene valor.”

Hoy, Tomás Darío Gutiérrez es un abogado, especialista en derecho penal y administrativo, con doctorado en ciencia jurídicas, autor artículos en criminología que le abrieron las puertas de la ciencia estadounidense; es historiador, exconcejal de Valledupar, inventor de festivales, pero sobretodo es un guardián de la biodiversidad desde el Ecoparque Los Besotes, primera AICA (Área Importante para la Conservación de las Aves del mundo) reconocida en Colombia. “Yo recuerdo que cuando empezamos en el Ecoparque la gran esperanza mía era que volvieran los animales; creía que eso sucedería como en 20 años, pero a los cuatro años pude fotografiar la primera guacharaca; llegó a un palo de mamón muy arisca. Hoy les echo comida en el patio como si fueran gallinas. Hay centenares de ellas”. No solo guacharacas; hay también cóndores, guacamayas verdes y otras especies que se creían extintas; para completar una cifra superior a las 285 especies de aves y 44 de mamíferos.

El Pibe Durán, a su regreso de la universidad, con consciencia ambiental y con otros que pensaban como él, montó en Manaure un centro de investigaciones biotecnológicas para criar insectos que controlaran la plaga del algodón; “una especie de avispitas microscópicas con las que logramos trabajar hasta el año 94. Fue una experiencia interesante; yo me aislé en Manaure porque pensaba que podía ser un gran científico y termine siendo un compositor”. Y es el único compositor que ha logrado coronarse en cuatro ocasiones rey del Festival de la Leyenda Vallenata; un agrónomo experto, investigador, parrandero, sentimental, escritor, que pasa sus días como catedrático en la Universidad Popular del Cesar, transformando imaginarios mediante la enseñanza de Ecología, impactos ambientales en proyectos mineros y medio ambiente y otros temas relacionados.

Ellos son esencia de la Música Vallenata Tradicional y evidencia del pasado rural de ésta; una verdad contada por la radialista Melitza Quintero Suárez y protagonista de una tertulia en vivo con el locutor Celso Guerra Gutiérrez, con el apoyo del Ministerio de Cultura, en el proyecto Música vallenata Tradicional en Sintonía, expresión cultural que por los siglos seguirá describiendo a Santander cuando le cantaba a un amor lejano y le decía: “anoche hasta el cielo lloraba, cayendo goticas de amor; más tarde la luna alumbraba, brillaban las gotas de agua en una flor”; y a Tomás Darío regocijándose con las lluvias de octubre y pregonando con el rostro iluminado de alegría que “huele a tierra mojada, a esperanza y a sueños”.

mariaruth_150María Ruth Mosquera 

Tomás Darío Gutiérrez se abre puertas en círculos científicos de EEUU

tomas-dario-gutierrez-hinojosa-2Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, es abogado, especialista en derecho penal y administrativo, con doctorado en ciencia jurídicas; historiador, exconcejal de Valledupar, compositor y guardián de la biodiversidad con su Ecoparque Los Besotes. EL PILÓN / Joaquín Ramírez.

En la región es más usual relacionarlo con temas culturales, ambientales o históricos; poco visionan incursiones suyas en otras áreas, a no ser que se le asocie a cátedras universitarias de derecho en las universidades del país; pero lo cierto es que Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, además de abogado, especialista en derecho penal y administrativo, con doctorado en ciencia jurídicas; historiador, exconcejal de Valledupar, compositor, creador de festivales, promotor de la creación de corregimientos, ambientalista y guardián de la biodiversidad con su Ecoparque Los Besotes; es un especialista en criminología con artículos que son leídos en los círculos científicos del mundo entero. Seguir leyendo «Tomás Darío Gutiérrez se abre puertas en círculos científicos de EEUU»

Gestor de ecoparque los Besotes dice que incendio lo destruyó todo

tomas-darioPor William Rosado Rincones

Dramático relato hizo el ambientalista y fundador del eco parque Los Besotes en cercanías al cerro Murillo en jurisdicción de la Sierra Nevada, Tomás Darío Gutiérrez, quien dio cuenta de las funestas consecuencias que en esa zona de reserva dejó un reciente incendio que arrasó con plantas y animales.

A pocos días de haber culminado las labores de extinción de las llamas por parte del Helicóptero con el sistema Bambi que fue llevado a la zona, Gutiérrez Hinojoza subió con un grupo de colaboradores, llevándose la sorpresa de que las llamas devoraron gran parte de las especies, especialmente los reptiles que no pudieron evadir la candela, caso preciso de morrocoyos que hace más de 20 años se habían reproducido en lugar. Seguir leyendo «Gestor de ecoparque los Besotes dice que incendio lo destruyó todo»

 Foro, conversatorio y exposición en homenaje a la dinastía López

Dinastía López, la gran homenajeada del 48 Festival de la Leyenda Vallenata. Foto FFLV.-

 El lunes 27 de abril la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata tiene programados dos eventos que giran en torno de los homenajeados del 48 Festival de la Leyenda Vallenata, la Dinastía López.  Seguir leyendo » Foro, conversatorio y exposición en homenaje a la dinastía López»