Catedral de Sal y Museo Arqueológico, atractivos de ciudad colombiana

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Por Adalys Pilar Mireles | Prensa Latina

Bogotá, 3 ene (PL) Considerada una de las ciudades más antiguas del territorio colombiano, Zipaquirá seduce hoy a lugareños y visitantes por lo llamativo de su Catedral de sal, única de su tipo en el mundo, y por las huellas de antiguas culturas.

En ese escenario hallaron restos humanos de una enigmática civilización que habitó la zona 12 mil 400 años atrás.

El Valle del Abra fue el sitio donde afloraron tales evidencias junto a petroglifos e instrumentos líticos probablemente pertenecientes a dicha agrupación humana llamada actualmente abriense.

En el corazón del poblado el Museo Arqueológico expone piezas representativas de ese grupo y de otras sociedades precolombinas como Tumaco, Nariño, Calima, Muisca, Tolima, Quimbaya, Sinú y San Agustín.

A pocos metros de allí la Catedral de Sal acoge cada mes a unas 20 mil personas quienes recorren los laberintos de una legendaria mina, cuyo corazón palpita 180 metros bajo tierra dentro de una montaña.

Distante 48 kilómetros de esta capital, ese lugar fue un área marina en el período cretácico (Era Mesozoica), hecho que explica la existencia del macizo salino, con sólo un 15 por ciento de impurezas.

Un largo pasadizo conduce hasta el interior del yacimiento, descubierto en tiempos prehispánicos y explotado hasta la actualidad.

Cuentan que fue un niño de la comunidad Muisca quien descubrió accidentalmente el gran depósito de sal dentro del pueblo conocido actualmente como Zipaquirá.

Desde entonces comenzaron a extraerla de manera rústica para su uso en la preparación de alimentos y su intercambio por otros productos como las esmeraldas.

A principios del siglo XIX comenzó la explotación a gran escala de la mina, con técnicas como el empleo de explosivos para desprender las rocas, dando lugar a grandes socavones en las profundidades.

La religiosidad de los mineros, que hacían votos por su salud y supervivencia en medio de las rudas faenas, motivó la creación de una capilla dentro de la elevación que tras su deterioro fue sustituida por una hermosa catedral, ambas confeccionadas complemente con piedras de sal.

Tras casi una hora de trayecto el punto final del itinerario es el gran altar, presidido por una cruz de 15 metros, la mayor del mundo situada en las profundidades, y donde agrupaciones de música clásica o culta ofrecen conciertos de manera ocasional.

Deslumbra igualmente la majestuosa cascada de sal petrificada, formada en una pared por los procesos de escurrimiento o filtración a través de la montaña.

Al otro lado de los senderos transitados por los recién llegados, grupos de mineros continúan las labores extractivas, ahora con otros métodos menos invasivos los cuales posibilitan diluir en agua los bloques para su posterior procesamiento industrial.

Unos 127 obreros moldearon durante tres años la mayoría de las cruces, columnas, escalinatas y otras obras halladas dentro del sitio, fue una tarea titánica, comentó a Prensa Latina Miguel Vallejo, guía del peculiar paraje abierto al público desde 1995.

Aunque menos famoso, el Museo Arqueológico compite en originalidad y valor con la mina de sal y su catedral, al preservar curiosos rastros de los primeros pobladores de Colombia.

arc/ap

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