POEMAS A DOS MADRES VALLENATAS, DE JOSE ATUESTA MINDIOLA

Por José Atuesta Mindiola

LUNA DE ABRIL EN MIS ROMANCES
A Consuelo Araujo

La vigilia de acordeones
en este Valle que me sueña,
fue luna de abril en mis romances.
Numen inagotable de palabras
en el espejo luminoso de las horas.

Anduve sobre los estambres de la lluvia
indagando los orígenes del canto.
Abrí mi corazón a los juglares
hasta la pirámide mestiza de la fiesta
y una nota triste me hablaba en el alma
con el hondo gemido de un palenque.

Amé las aguas saltarinas del Guatapurí
que bendicen la conquista del regreso,
el rostro arqueado de la roca gigante
donde duerme en sigilo la leyenda.

Amé el sol festivo en las perennes rosas trinitarias,
el bosque amarillo vigilante de los sueños.
Amé el pájaro invisible que aletea el eco de la ausencia.
Amé la legión interminable de cantores
que buscan darle historia a su nombre.

Amé la aurora en la liturgia de mis oraciones.
Amé la vida con la sagrada fortaleza de vivir.
(José Atuesta Mindiola)

CALIGRAFÍA IMBORRABLE DE MIS DÍAS
A mi madre, Juana de Atuesta

Ahora que camino
con un tambor roto en la pisada,
soy leve matiz de arrebol
en el preludio de la noche.
Repaso en mis íntimas soledades
la caligrafía imborrable de mis días.

Ceñido a mis sueños,
llegó un hombre silencioso, y solo yo
escuchaba su voz de capitán.
Como evitando a un centinela,
raudo me entregaba hojas sueltas
ungidas con la lírica de su corazón.

Fui elegida maestra,
llegué a un pueblo extraño,
su nombre es el aroma de una flor.
Allí mi cuerpo fue muralla
al sol derretido en las sabanas,
al chapoteo del invierno en los zapatos.

Fui vencida por la sonrisa
del agua en la tinaja
y la cálida reverencia al visitante.
Leía las horas en el tamaño de mi sombra.
Ataviada de prudencia estuve
en los riscos más altos del verano.

Bendecida por la luz,
apacigüé la trémula tempestad
con la fuerza invencible de la oración.
En las mañanas mis manos
fueron racimos de lluvia
para amasar el verde naciente del follaje.

Por el sigilo gris del camino,
viajo en antigua nave
con mi longevidad ancestral;
aunque sola me vean,
me acompaña mi capitán de tantos atardeceres,
que a todos se hizo invisible, menos a mí.
(José Atuesta Mindiola)

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

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