MISTER JOHNSON

Una picaresca africana

Por Donaldo Mendoza

   Míster Johnson (1939) es el título de la novela del escritor inglés Joyce Cary (1888-1957), y nombre también del protagonista. Obra de singular interés, dado que el autor parece que la fundara sobre dos temas: uno literario (la picaresca) y otro político–social (la relación de metrópoli y colonia); pero en realidad, lo que se va configurando es una fusión de asuntos con situaciones que se nutren unas a otras. Su primera frase clasifica entre los mejores principios de novela: «Las muchachas de Fada, en Nigeria, son famosas por su belleza. Sus facciones son pequeñas y bien dibujadas, y no ahuecan demasiado la espalda».

   Los hechos narrados en la novela tienen lugar en Fada, una aldea de Nigeria. Una aldea que son todas las aldeas de esta colonia británica en África. Joyce Cary ocupa, entre 1912 y 1920, un cargo administrativo en un apartado lugar del interior de la colonia; regresa a Inglaterra agobiado por el duro rigor del clima tropical. Fueron ocho años que supo aprovechar, mediante el aprendizaje lento y laborioso del artista que observa, examina y guarda.

   De ese aprendizaje logra recrear en la novela el ambiente natural y social de la aldea y la psicología del personaje protagonista, Míster Johnson. Johnson recibe una educación básica de parte de misioneros, aprende algo de historia de Inglaterra y rudimentos de la lengua inglesa.   Con esa precaria formación, Míster Johnson, a la sazón con 25 años, es enrolado como empleado en la construcción de una carretera con la que la metrópoli se propone llevar la “civilización” a los aborígenes africanos esparcidos a lado y lado de la vía. Una carretera que parece no encontrar horizonte.

   Más que una realidad de asfalto, la carretera es el hilo conductor de las historias y los seres que las habitan. En la intención del narrador, el tejido vial permite mostrar el papel de las colonias en África; que, por lo que leemos, se diferencia muy poco de lo que sucede en otros continentes: los aborígenes nunca son vistos como iguales en su relación con los colonizadores. Y el autor, que trabaja más desde la conciencia que desde su origen inglés, lo pone en frases que no dejan duda: “Un tipo puede ser negro… al fin y al cabo los hizo Dios, como ha hecho otros animales”. “Siempre me río cuando oigo a un negro hablar de Inglaterra como de su patria.” “Debías haber pertenecido a una de las razas superiores, para tener también la inteligencia”.

   Esa es la circunstancia de Johnson. Esa su situación social. Y en ese ambiente construye su propio sentido de héroe, como en la picaresca: el héroe que se afana por mejorar su condición, a fuerza de trampas y engaños, en un medio que no dejará de obstaculizar cualquier intento de ascenso social. Y en ese entorno a Johnson no le queda otra que hacer de la mentira y el humor (que deriva de su frescura y falta de decoro) sus grandes aliados. Y en esa elaborada picardía el único reconocimiento real de Míster Johnson es la simpatía del lector.

   El humor es la comedia de Johnson y la mentira su tragedia. Encuentra en el juez de Fada y también director de la carretera, el Dr. Rudbeck, un paciente amigo y aliado hasta la muerte, que lo conoce y, para su interés, saca provecho de las picardías de Johnson. Por lo común, el pícaro es un individuo inteligente y sagaz, y como todo lo que trama le sale, no se detiene. Johnson no mide consecuencias, hasta que hace caer el telón de su perdición: mata a un prójimo blanco. Puesto en manos de la ley, a su amigo Rudbeck le corresponde juzgarlo y dictar la sentencia colonial: pena capital. “–Perdón, señó… le pido perdón por molestarle… usté me ahorca personalmente, señó. … Creo que usté me da un poco de tiempo para hacer un poquito de rezo”.

   Hasta la lectura de esta novela, yo pensaba que no había en la tierra un pueblo exento de personas envidiosas, pues estaba equivocado: en el estado natural de esta etnia yoruba sus gentes están libres del “deseo de hacer o tener, sin méritos, lo que hacen o tienen otras personas”. El yoruba lo resuelve con una pasmosa simplicidad: «Los pobres no se sorprenden de nada que el tiempo pueda hacer; no se maravillan si un manantial de plata brota en la mano de otro pobre. Ha tenido suerte; el dinero lo ha favorecido». El mismo Johnson miente y roba no para provecho propio, sino para conseguir la felicidad de quienes lo rodean.

   Esta obra la puede leer también en la colección Biblioteca General Salvat, número 76. En la pasta de círculo verde. La adaptación de esta novela al cine la puede ver en Youtube.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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