Por Félix Carrillo Hinojosa*

Esta fotografía tiene una historia especial, de esas que permanecen vivas en la memoria porque encierran sentimientos, afectos familiares y episodios desconocidos de la vida de un personaje cuya obra forma parte del patrimonio musical y cultural del Caribe colombiano: Rafael Calixto Escalona Martínez.

Mi madre y sus hermanos heredaron un afecto entrañable por Rafael Escalona, siguiendo la recomendación de su padre, Tomás Gregorio Hinojosa Mendoza, acordeonero de La Junta, La Guajira. Durante la década de los años cincuenta, mi abuelo visitaba con frecuencia Valledupar, donde su pariente Hernando Molina Céspedes y Abigail Escalona Martínez lo recibían con un cariño desbordante. De aquella relación familiar nació una cercanía que se mantuvo con el paso de los años.

Fue precisamente ese vínculo el que me llevó a protagonizar uno de los episodios más conmovedores que recuerdo de mi relación con el célebre compositor patillalero.

Por aquellos días, Rafael atravesaba una profunda crisis sentimental tras su ruptura amorosa con Dina Luz Cuadrado Hinojosa. Mi madre, preocupada por su situación, me llamó a la cocina y me hizo un encargo muy particular:

—Estoy haciendo unos rosquetes de esos que le gustan a Escalona. Se los llevas y, de paso, te das cuenta de cómo está. Ve, que esos patillaleros no son tan normales que digamos.

Tomé los rosquetes y salí rumbo a la avenida 19 con carrera tercera, donde se encontraba el imperio de su querido Rafael. Me anuncié en la recepción y subí hasta su apartamento.

La puerta estaba entreabierta. Al entrar, encontré a Escalona vestido con una franelilla blanca y un pantalón caqui. A su lado había una botella de sello rojo casi vacía. Mientras tanto, él se acomodaba una pistola sobre la parte superior de la pierna derecha.

La escena me estremeció. Aquel hombre que tantas veces había celebrado la vida en sus canciones, que había convertido las historias de su tierra en relatos musicales inolvidables, parecía ahora abatido por la partida de su amada. Era la imagen de un bohemio herido en lo más profundo de sus sentimientos.

Me acerqué y lo abracé.

Con la voz entrecortada y los ojos enrojecidos por las lágrimas, me preguntó por mi madre y por mis hermanos. Comenzamos a conversar y, poco a poco, el diálogo se prolongó durante varias horas. En medio de aquella conversación íntima, comprendí que su tristeza era más profunda de lo que imaginaba.

Cuando llegó el momento de despedirme, antes de abandonar el apartamento, le hice una invitación:

—Padrino, como ya estamos a mitad de diciembre, usted no puede quedarse solo. Pásese el fin de año con nosotros.

No me respondió. Me despedí de él como acostumbraba hacerlo y bajé lentamente por el viejo ascensor, llevando conmigo la preocupación por el estado anímico de aquel hombre al que tanto queríamos.

Apenas había entrado en la sala de la amplia casa donde vivíamos cuando mi madre comenzó a interrogarme:

—Ve, Félix, ¿cómo encontraste a Rafa?

Le respondí sin rodeos:

—Eso por el terreno de Escalona no anda bien. Ese señor está puyao; hay que ponerle atención. En un arranque puede hacerse daño. No lo veo bien.

—¿Cómo va a ser? ¿Así de grave está eso por allá? ¡Ay, Dios mío, qué cosa! —exclamó mi madre, visiblemente preocupada.

Mientras ella devoraba los rosquetes que tanto le gustaban y que nosotros también nos disputábamos por su exquisito sabor, le conté que había invitado a Rafael a pasar el fin de año con nosotros.

—¡Ah, bueno! —respondió.

No imaginábamos entonces cuánto significaría aquella invitación.

A medida que se acercaban las fiestas de Navidad y Año Nuevo, no recibíamos noticias sobre la posible llegada de Escalona. Todos pensábamos que había viajado o que pasaría esas fechas en otro lugar. Por eso, cuando llegó el 31 de diciembre, estábamos lejos de imaginar que terminaríamos compartiendo con él una celebración que se convertiría en uno de los recuerdos más entrañables de nuestra familia.

Su presencia nos llenó de alegría. Desde el primer momento procuramos hacerlo sentir en casa, rodeándolo de cariño y buscando que recuperara algo de aquella alegría que siempre lo había caracterizado. Queríamos que olvidara, al menos por unas horas, las penas que lo aquejaban.

La casa se convirtió en un espacio de encuentro, afecto y celebración. Comimos, bebimos, conversamos y hasta hubo tiempo para que Rafael se echara su bailadita. Poco a poco, el ambiente festivo fue envolviendo a nuestro invitado, quien encontró en aquella familia una compañía sincera y un refugio frente a la soledad que lo había acompañado durante aquellos días difíciles.

Cuando advertimos que tenía deseos de dormir, lo acompañé hasta la habitación que le habíamos preparado. Allí podría descansar, lejos de las preocupaciones que lo habían atormentado.

Durmió hasta las siete de la mañana.

Al levantarse, arregló la cama y, antes de marcharse, dejó debajo de la almohada una nota. Era un mensaje breve, escrito desde la gratitud, cuyo contenido permanece intacto en mi memoria:

«Gracias por todo ese cariño. Es el mejor fin de año que he tenido en mi vida».

Aquellas palabras tenían para nosotros un significado especial. No necesitaban mayores explicaciones. En unas pocas líneas, Rafael nos había hecho saber cuánto había representado para él aquella noche, cuánto podía significar el afecto de una familia cuando la tristeza amenaza con apoderarse del corazón.

Después se despidió de Juanita, la hija de su compadre Tomás, y se marchó, dejando entre nosotros el recuerdo imborrable de aquella celebración.

Con el paso del tiempo, he comprendido aún más el valor de ese episodio. Rafael Escalona fue el gran compositor que supo narrar, a través de sus canciones, las historias de su gente, las alegrías de su tierra, los amores correspondidos y las penas del corazón. Pero detrás del personaje público también existía un hombre vulnerable, capaz de sentir profundamente las ausencias y de encontrar consuelo en los gestos más sencillos.

Aquella invitación de diciembre no fue solamente una propuesta para compartir una cena de Año Nuevo. Fue, ante todo, una manera de decirle que no estaba solo, que había una familia dispuesta a abrirle las puertas de su casa y a ofrecerle el calor humano que necesitaba.

Y él supo agradecerlo.

Por eso, cuando vuelvo a esta fotografía y a los recuerdos que la acompañan, no veo únicamente al maestro Rafael Escalona. Veo también al hombre que llegó a nuestra casa cargando sus tristezas y que, al amanecer, dejó debajo de una almohada unas palabras que nunca olvidaremos.

Una nota sencilla. Una gratitud inmensa. Un fin de año convertido en memoria para toda la vida.

♦♦♦

*Félix Rafael Carrillo Hinojosa es un reconocido periodista, escritor, compositor, investigador y gestor cultural colombiano. Es una de las figuras contemporáneas más destacadas en el estudio, divulgación y defensa del folclor vallenato.Como autor y compositor vallenato, sus obras han sido grabadas por importantes agrupaciones y artistas. Entre sus canciones más icónicas destaca «A mamá», un emotivo paseo interpretado de forma memorable por Los Hermanos Zuleta.

BLOG DEL AUTOR Félix Carrillo Hinojosa*
Siguenos en X @portalvallenato
Telegram @portalvallenatonet
Instagram @portalvallenatonet
Threads portalvallenatonet
Facebook Portal-vallenatonet
Correo elportalvallenato@gmail.com
Tema Cultura
ABB8C43D – ECD370