Rafael Escalona y Jaime Molina, dos amigos que se quisieron con el alma

Crónica

-Hace 42 años murió el célebre pintor Patillalero dejando muchos recuerdos y haciendo posible que naciera una canción insignia de la música vallenata. También con su genialidad hizo el logo símbolo que desde siempre identifica al Festival de la Leyenda Vallenata.-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Recuerdo que Jaime Molina
cuando estaba borracho ponía esta condición.
Que, si yo moría primero me hacía un retrato
o, si él se moría primero le sacaba un son.
Ahora prefiero esta condición
que él me hiciera el retrato y no sacarle el son
.

La canción ‘Elegía a Jaime Molina’ es la muestra fehaciente de la verdadera amistad. Es la radiografía a color del dolor, de la tristeza, de la melancolía y un golpe certero de la vida por la muerte de un amigo bueno y fiel.
Jaime Molina Maestre y Rafael Calixto Escalona Martínez, fueron dos amigos inigualables e inseparables que una noche de parranda se juraron hacerse un regalo después de la muerte. A Escalona, le correspondió hacerle la canción porque a Jaime el corazón lo traicionó el martes 15 de agosto de 1978, hace 42 años. La primera versión de esta célebre obra musical la grabaron en el año 1982 Alfonso ‘Poncho’ Cotes Jr. y el Rey Vallenato Ciro Meza Reales.
Ese fue el compromiso más difícil para Escalona porque como lo narra en su canción hubiera preferido que Jaime le pintase el retrato, pero con el más puro sentimiento dibujó su alma en pocas letras y le puso una música donde la nostalgia se pasea en todo su recorrido y tiñe el pentagrama de infinito dolor.
Ese canto contiene una de las poesías cantadas más hermosas de la música vallenata donde primó la amistad, el cariño y la más triste despedida a un ser que como dijera Consuelo Araujonoguera era “tímido, introvertido y talentoso, pero también autárquico. Maestro de la ironía y la mordacidad. Poseía así mismo una inagotable capacidad sentimental y una finura de espíritu que se desbordaban torrentosas cuando le tocaban la fibra particular de su cariño y su devoción por “el piazo del Rafael ese que ahora se cree Bethoven”, tal como solía decir en deliberado reproche que provocaba la risa de los demás y del propio Escalona en primer lugar”.
El hijo de Camilo Molina y Victoria Maestre, quien había nacido en el corregimiento de Patillal el lunes siete de marzo de 1926, puso su marca en territorio vallenato y se distinguió por sus caricaturas y pinturas.
La mayoría de su tiempo se la pasaba ensimismado en sus lienzos y pinceles y de esta manera pintaba al pueblo, a personajes, a los amigos y a las cosas cotidianas. Fue un pintor echador de historias que hizo posible que sus personajes tuvieran vida propia y fueran reconocidos en sus trabajos que hoy hacen parte del inventario de la cultura vallenata. Además, tenía un humor inteligente que se percibía en sus comentarios y en sus representaciones de quienes lo rodeaban en la vida entre Patillal y Valledupar.

Famosas fueron sus parrandas
que a ningún amigo dejaba dormir
cuando estaba bebiendo.
Siempre me insultaba
con frases de cariño que sabía decir.
Después en las piernas me sentaba
me contaba un chiste y se ponía a reír.

Jaime Molina y Rafael Escalona, amigos sinceros, únicos e inseparables

Entre amigos eran famosas las parrandas donde una guitarra y un acordeón matizaban los días con música. Fueron muchas las madrugadas donde las voces les hacían coro a los gallos que anunciaban el nacimiento de un nuevo día.
En medio de esos amaneceres del viejo Valledupar Jaime Molina solía recitar poemas que eran una oda a la vida, a la amistad y a las cosas sagradas de la provincia. Los tragos iban pintando de colores la mente y de esta manera se hacía más placentera la interminable parranda donde la palabra dominaba todo y salían a relucir los cantos que con el correr de los años hicieron posible que Escalona le dijera al mundo que todo aconteció por allá en Valledupar donde el sentimiento tiene forma de acordeón y se canta con el impulso de los repliegues del alma.
Entre las anécdotas que se cuentan de los primeros años de Jaime Molina está la ocasión en que le pidió a su profesor Rafael Antonio Amaya, le permitiera asomarse a la ventana para dibujar en un tablero la procesión que estaba pasando. Tal fue la precisión que el maestro decidió darle vuelta al tablero para conservar el dibujo que lo había impresionado.

Siempre presente

En su paso por la vida Jaime Molina tuvo dos hijos, Jaime y Victoria que dejó con Alma Rosa Torres, pero también su talento para pintar donde tuvo gran renombre en toda la provincia.
Por su parte el maestro Rafael Escalona, quien lo inmortalizó, nunca dejó de recordarlo, y una vez lo hizo nuevamente en el canto ‘La mariposa del río Badillo’, grabada en el año 2000 por Iván Villazón y el Rey Vallenato Saúl Lallemand.

En la Nevada allá en las cumbres
sobre las nieves arriba, arriba
entre arco iris bajo la niebla
yo le hice el canto a Jaime Molina.
Jaime me dijo óyeme Rafa tú me ganaste
me hiciste el canto,
y yo no pude allá en la tierra
allá en la tierra hacerte un retrato
y, pero ven, ven que yo te hago
el retrato en el cielo.

…Y el miércoles 13 de mayo de 2009 el maestro Rafael Escalona partió de la vida para que Jaime Molina cumpliera la otra parte de la promesa.
Esa es la historia del pintor que dejó regados en Valledupar grandes recuerdos, plasmó el logo símbolo del Festival de la Leyenda Vallenata y hoy más que nunca su nombre revolotea por los alrededores de la plaza ‘Alfonso López’, donde no ha dejado de cantarse esa memorable canción de dos amigos que se quisieron con el alma.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

‘El testamento’ del maestro Escalona para ‘Vevita’ Manjarrés

Crónica

Por Juan Rincón Vanegas| @juanrinconv|*

Desde los 15 años el maestro Rafael Escalona Martínez, en vez de flores regalaba canciones a las mujeres que fueron el soporte principal para que su corazón fluctuara por la grandeza del amor donde tuvo el honor de navegar por los caminos florecidos del sentimiento que palpitaba en silencio.
Entre las grandes virtudes del hijo de Manuel Clemente Escalona Labarcés y Margarita Martínez Celedón, estuvo que nunca inventó canciones, ni tampoco las hizo por encargo porque las historias giraban a su alrededor tomando mayor vida en su pensamiento.
Siempre fue el hombre sentimental y detallista, el cual tenía el anzuelo listo para pescar un amor que convertía en una crónica cantada. Es así como en Santa Marta conoció a una bella joven nacida en San Juan del Cesar, La Guajira, la que le movió el piso e hizo posible que su cerebro cogiera oficio para hacer una canción.
Al detallar detenidamente su belleza natural que traspasaba los albores de la naturaleza y dibujaba a la distancia el manjar del cariño, supo su nombre: Genoveva Manjarrés Meza, más conocida por cariño como ‘Vevita’.
Precisamente Consuelo Araujonoguera en su libro ‘Escalona, el hombre y el mito’ escribió ese momento de la manera más llamativa.
“Cuando comenzaban a despedirse apareció la dama que meses más tarde iría a inspirarle a Escalona su célebre ‘Testamento’. Ella, llegó saludando de beso y abrazo a los conocidos, que eran la mayoría, y se sentó.
Era alta, delgada, de cuerpo esbelto, con una esplendorosa mata de pelo negrísimo, de cejas espesas y ojos profundos, tenía un regio perfil y un rostro de gitana poderosamente atractivo; era, además, alegre, entusiasta y llenaba con su presencia cualquier reunión. Como nadie cayó en la cuenta de presentarlos, Escalona se replegó al último rincón de la oficina, desde donde se puso a detallar a esa esplendorosa y cimbreante morena que jamás había visto en su vida y que le hizo sentir la sensación de que era la primera vez que miraba una mujer en el mundo”.

Oye morenita te vas a quedar muy sola
porque anoche dijo el radio que abrieron el Liceo.
como es estudiante ya se va Escalona,
pero de recuerdo te deja un paseo.
Que te habla de aquel inmenso amor
que llevo dentro del corazón,
que dice todo lo que yo siento,
que es pura nostalgia y sentimiento,
grabado con el lenguaje grato
que tiene la tierra de Pedro Castro.

Lo demás vino por añadidura para que naciera ese canto donde como cosa curiosa no se repartieron bienes, sino que se habla de un viaje donde el compositor llevaba como equipaje un inmenso amor que casi no le cabía en su corazón. Además, dejaba ver que ella no le correspondía. “Ese orgullo que tú tienes no es muy bueno, seguro que más tarde te vas a arrepentir”, pero también expresaba que solamente le dejaba un recuerdo y no se la ponía fácil porque añadía que en la tierra de Carlos Vives, El Pibe Valderrama y Falcao García, se podía morir.
El maestro Escalona en uno de los versos le metió más presión para que el corazón de la joven se condoliera. Le decía que en caso de suceder lo tenía que llorar, rezar y hasta ponerse un traje negro, así no le gustara. Y concluía que tendría que arrepentirse de lo mucho que lo hizo sufrir.

El verso poco conocido

En el mismo canto fue más allá con una estrofa que no fue grabada en sus primeras versiones, y donde el maestro Escalona indicaba que le decían ‘Vevita’, nombre no adecuado para una mujer bonita.

A ti te pusieron ese nombre sin razón
ese no es el nombre para una mujer bonita.
Yo te hubiera puesto mortificación,
tormento divino pero no ‘Vevita’.
Y a un ángel yo le hubiera pedido,
su nombre pa’ que fuera el más lindo.

Ella, a pesar de ese bello clásico vallenato en su honor no cedió ni un ápice. Se mantuvo serena, sería y solamente se refirió a la habilidad del compositor.
En ese sentido, Clemente ‘Pachín’ Escalona, aseveró. “Mi papá tuvo en esa ocasión con ‘Vevita’ Manjarrés un intento fallido, como también le sucedió con la fonsequera Carmen Gómez”.
En el camino del folclor quedaron esos cantos que el maestro Escalona tuvo la virtud de sacarlos de los patios de la provincia y pasearlos por el universo donde se fueron regando como el bostezo, de boca en boca.
Precisamente su hija Taryn Escalona hilvanó un concepto donde lo describió en toda su dimensión. “Puedo afirmar que Escalona fue un cronista de la cotidianidad contando las mejores crónicas y reportajes de una provincia olvidada, donde esos mismos personajes, pese a su sencillez, hoy son grandes, gracias a sus cantos”.
Guillermo Buitrago grabó por primera vez la famosa canción ‘El Testamento’. Después vino una considerable cantidad de versiones hasta llegar a Carlos Vives, quien la vistió de gloria.
Finalmente se reseñan las palabras del periodista Juan Gossaín. “Escalona se inmortalizó estando vivo, porque un hombre se vuelve inmortal cuando su obra le sobrevive”. Agregando enseguida. “Escalona pintó la vida a su manera y descubrió la fórmula mágica para que nadie lo olvidara luego de su viaje a la eternidad”.
Hace 11 años partió de la vida el compositor de Patillal, el padre de 19 hijos, y el hombre que bosquejó en versos la geografía de Macondo, esa donde
Gabriel García Márquez lo describió como un gitano que tenía un imán en el corazón.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

En concierto virtual artistas vallenatos rinden homenaje al maestro Escalona en el 11° aniversario de su partida

Con el fin de conmemorar once años de la partida del maestro Rafael Escalona Martínez, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata y la Fundación Rafael Calixto Escalona Martínez, han invitado a un grupo de artistas, quienes rendirán un sentido homenaje denominado: ‘Escalona por Siempre’, que tendrá transmisión en vivo a través de las plataformas virtuales del Festival Vallenato: @Fesvallenato en Instagram, Twitter, Facebook, y YouTube.

La cita es a las 6:30 de la tarde del miércoles 13 de mayo, cuando se cumplen once años de la despedida de la vida de este gran juglar que sigue enalteciendo el folclor vallenato mediante su legado musical.

Los amantes del vallenato auténtico podrán disfrutar de las canciones del maestro Escalona interpretadas en las voces de Rafa Pérez, Amia Escalona, Margarita Doria, y el acompañamiento del Rey Vallenato Jaime Dangond y del acordeonero José Fernando ‘El Morre’ Romero.

Además de la música, el vicepresidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Efraín Quintero Molina, hará una remembranza de la vida y obra del maestro Escalona.

“El maestro Rafael Escalona desempeñó un papel trascendental en la creación del Festival de la Leyenda Vallenata y después a través de la proyección de sus canciones que fueron vitales para que el vallenato traspasara fronteras. Siempre lo hemos recordado y añorado”, manifestó el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo.

Por su parte Taryn Escalona, presidenta de la Fundación Rafael Calixto Escalona Martínez, expresó que “nosotros unidos a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata realizamos este homenaje para recordar la misión y compromiso con las nuevas generaciones de perpetuar el legado que dejó este gran maestro. La idea con estos eventos, este año virtual, es destacar su obra que fortaleció la cultura vallenata”.

Rafael Calixto Escalona Martínez

EL NUMEN CREADOR DE ESCALONA

 Por JULIO CÉSAR ESPINOSA

Antes de que se retirara de mundo social, Rosendo Romero Ospino me dispensó una buena amistad. Poeta, intérprete del acordeón, cantante de vallenatos inolvidables, había nacido en Villanueva y se había hecho” libre en toda la Goajira”. Largas horas conversé con él sobre Rafael Escalona, sobre sus cantos, decires y nostalgias. 

Entre ambos escudriñábamos un misterio: aparte de la poesía popular que vivifica los cantos de Escalona y del tremor humanísimo que viste sus melodías, ¿cuál era y es el mayor mérito de maestro en su relación con el vallenato?

Daniel Samper se limita a decir en sus numerosos apuntes de prensa que el vallenato “cuando nació la radio en Colombia, por los años treinta, fue uno de los primeros invitados a probar la magia del micrófono.”

En el artículo sobre el maestro, publicado en EL PORTAL VALLENATO (https://portalvallenato.net/category/donaldo-mendoza/), Donaldo Mendoza hace un balance de sus más famosas composiciones y se esfuerza en destacar los temas alrededor de los cuales giró siempre su inspiración. 

El tema central, el amor, en efecto, cubre como un manto la producción de Escalona. No solo la cubre, la humaniza y la distingue con un lenguaje que nunca pretende ser rebuscado sino, por el contrario, cotidiano, casi trivial pero con ese trance estético sencillo y grandioso al tiempo, que proviene de los hechos casuales y simples de que se compone la vida. 

Con Rosendo solíamos discutir acerca de si, en la obra musical de Escalona, es la melodía la que embellece la letra del canto vallenato o si es la metáfora simple y sorprendente la que realza y engalana las melodías. 

Sea como fuere Escalona había sorprendido al mundo con unas composiciones donde su valor intrínseco provenía de la condición genuinamente humana del sentimiento. Esta apreciación de modo indefectible lleva a contrastar con el bambuco, siempre afectado de cursilería y vulnerable a la crítica que descree de tal son como el ritmo que tipifica a Colombia y le da identidad musical. Por algo dicen que en el Festival del Mono Núñez pueden presentarse grupos de variadísimos géneros menos del vallenato, que está desterrado por sensual, pecaminoso, populachero y otras yerbas. 

Y agrega Samper, con sobrado acierto: 

“Seguramente la música de acordeón, que tuvo como evangelistas a la guitarra y la armónica, empezó a brotar en muchos puntos a la vez, ya que no fue obra de artistas sedentarios. Por el contrario, recorría el campo con los vaqueros, acudía a ferias con los campesinos, llevaba noticias de aquí y de allá con los primeros trovadores y juglares de la región. Más tarde se desarrolló en las colitas, juergas marginales que hacían los pobres en el patio de atrás del festín de ricos, y se reveló a muchos colombianos del interior que llegaron en los años veinte a trabajar en la Zona Bananera de Santa Marta. Fue música de parrandas, de desafíos, de fondas y de burdeles”. 

Haber bebido en esas fuentes le dio magnanimidad a la obra de Rafael Escalona, porque lo legítimo en la producción musical de nuestra patria no puede ser lo académico, con todo lo respetable que ella pueda ser, sino lo que circula por las venas populares. La academia, en cambio, hace sus estudios en los territorios de la base, el pueblo. 

Pero concluyo reconociendo en Romero Ospino un analista juicioso al enseñarme que el gran maestro Escalona fue el primero –sí y que las generaciones futuras no lo olviden– en percibir la grandeza del canto vallenato, su fuerte valor identificatorio de nuestra nacionalidad y que con su numen lo universalizó. Hoy nos conocen en el mundo más por el vallenato que por el bambuco. 

Mi canto preferido del maestro es “La Brasilera”. Allí expresa que su amor por Piedad Dos Santos, hija del (por la época) embajador de Brasil en Colombia, “es más tormentoso que las aguas del Amazonas”. 

Rafael Calixto Escalona Martínez. Autoretrato

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*Miembro de la Asociación Caucana de Escritores A.C.E. 

Las siete del cincuenta

RAFAEL ESCALONA

Por Donaldo Mendoza

   Siete (7) son las canciones de Rafael Escalona Martínez (1927-2009) compuestas en 1950. Siete canciones que en el curso de este año irán cumpliendo setenta (70); súmese a esto la sana superstición que nos dice que el siete es el número perfecto, que empieza con la creación. Apenas oportuno para dar una mirada analítica a esas siete canciones del más grande juglar de la música vallenata. Esas canciones son: “Mala suerte”, “El mejoral”, “El gavilán rastrero”, “La historia”, “Las dos hermanas”, “La golondrina” y “El general Dangond”, según la clasificación que hace Consuelo Araujo Noguera en su amena biografía Rafael Escalona, el hombre y el mito, Planeta – 1988. Obra canónica que el maestro pudo revisar.

   Me ocuparé, para este comentario, de algunos ejes temáticos en esa muestra del gran universo de canciones de Rafael Escalona. Vale precisar que para esa época (1950) Escalona le cantaba (que fue su manera de contar) a una provincia que abarcaba el Magdalena Grande, con epicentro en la pequeña villa de Valledupar. Territorios donde el único medio de transporte era el burro, la mula y el caballo. En ese contexto nace el vallenato, con su instrumento emblema, el acordeón, que dicen entró por Riohacha. Por generación espontánea van surgiendo los juglares, con el mítico Francisco el Hombre, como la génesis, hacia finales del siglo XIX; y en 1943 Rafael Escalona, cuando irrumpe con su primera composición, “El profe Castañeda”.

   Escalona reúne características del juglar medieval; adoptando recursos estilísticos análogos, algunas canciones comienzan así: Dígale a Chema Maestre/ también a Turo Molina/ que yo me voy pa’ La Guajira (Mala suerte). Y allá en Codazzi a mí me dijeron/ los que conocen al general/ que en las batallas no tuvo miedo/ y El Molino lo ve llorar. (El general Dangond). Ahí está el juglar en su naturaleza trashumante, que va por cada lugar llevando con sus cantos una noticia, un recado; al tiempo que, si la ocasión lo permite, la conquista de un amor: En la ceiba e’ Villanueva/ canta un gavilán bajito/ y es diciendo que se lleva/ a una paloma que ha visto. (El gavilán rastrero).

   El amor es uno de los temas recurrentes en estos cantos; el amor en la más variopinta filosofía; ahí está, por ejemplo la antítesis, que viene desde Petrarca, del que encuentra gozo en el dolor: Yo no puedo olvidar a esa mujer/ que me hizo tanto tiempo padecer. / Yo no puedo olvidar aquel amor/ que me dejó sangrando el corazón. (La historia). O cuando la paradoja amorosa se resuelve en una dialéctica inconclusa: Yo hice un bien pero me fue muy mal/ hice un mal pero me fue peor. / Y ahora no hago bien ni mal/ pa’ ve si me va mejor. (El mejoral). Este título del canto, es una bella perla de la época; en efecto, el mejoral era el medicamento que en la tradición popular curaba todo: desde un torturante dolor de muela, hasta una pena de amor.

   La religiosidad popular, representada en la única iglesia de la época: la católica, funge casi como un talismán para alcanzar propósitos, en donde lo sagrado y lo profano se tocan: Arriba en las estrellas/ donde está el reino de Dios/ allá quisiera estar yo. (La golondrina). Me rezan de compasión/ para que mi alma no pene/ por falta de una oración. …una cruz sobre mi tumba/ para que vean que fui cristiano (Mala suerte). Asimismo, la muerte fue una compañera de viaje desde la primera juventud, como una hermandad, sin importar el tiempo: yo sé que un amor sincero/ puede ocasionar la muerte. (El mejoral). y alguna persona dirá/ el pobre Escalona murió ya. (Mala suerte).   

   Finalmente, otro testimonio de la época es el tránsito libre de colombianos hacia Venezuela, cuando ese país era la Arabia latinoamericana, en virtud de su gran riqueza petrolera, en contraste con una Colombia empobrecida y violenta. Y no solo era un destino económico; en sus cantos Escalona nos dice que hasta para la cura de desengaños y desdichas era el bálsamo: Me fui para Venezuela/ decepcionado de Valledupar. Es muy triste que hoy no se tenga suficiente memoria de esta patria solidaria, que muchos colombianos abrazaron como la “tierra prometida”, así lo registra Rafael Escalona en varios de sus cantos.      

Rafael Escalona

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

Recuerdos de Escalona

Por: Félix Carrillo Hinojosa *

Llegó al periódico lento y envuelto en una gabardina grisácea, que le daba una apariencia de viejo investigador. Empezó a recorrer con su mirada cansada, en procura de encontrar algún rostro conocido. En su memoria quedaban las voces de don Guillermo Cano, José Salgar, Álvaro Monroy, Antonio Andraus viejos amigos que tres décadas atrás le ayudaron en la prensa a dar a conocer la música de su tierra.

Esas voces lo hacían ir al pasado, que contrastaba con el recinto frío actual donde haríamos esta entrevista. Pero él, pese a todo, estaba ahí queriendo retar el pasado y ser eso que desde jovencito lo convirtió en «El mejor cronista de su aldea».

Tiempos de patillal

En sus respuestas apareció el muchachito de 17 años poniéndole melodía a cuanto tema aparecía, desde Patillal, un caserío cercano a Valledupar, cuyo corte pastoril se conserva, para ser una insignia musical de Colombia. Estaba pendiente de todo. De los viejos fumadores de tabaco y echadores de cuento, para meterse en su mundo y aprenderles todos sus secretos. Corría detrás de las muchachas que iban a lavar a orillas del río, para robarles sus secretos afectivos.
Las mujeres le reclamaban su ausencia o querían conquistar su arisco amor. No era raro que sacara de los bolsillos de su pantalón caqui sus versos distintos, que no se cansaba de lanzarlos tercamente contra aquellos que no lo querían escuchar. Así, puso a hablar de una música rara, plebeya y de poco perfil social a los más encopetados hombres intelectuales de la élite vallenata y de otras ciudades.

Todo eso, a él le importaba un comino. Que fulanita de tal se moría por sus amores. Que así como estaba en Barrancas, en menos de lo que canta un gallo su destino era Plato. Tampoco que su mamá Margarita Aló Martínez lo acusara con su papá, el coronel Clemente Escalona, y que durara días sin verlos. Tenía una manera especial de arreglar esos pequeños detalles: Una parranda con Colacho a la cabeza o el que se apareciera.

Peor aún, cambiaba de profesión como de vestidura. Hoy era un correcto negociante de cerdos y a la media hora se enfrentaba a las dificultades que generaba el algodón, producto de ese gusano impertinente que no le interesaba si Escalona era o no cumplidor con su deber. Arrinconado por la situación, él siempre le daba rienda suelta a su creación y les gritaba a todos: «Pa eso tengo gerente yo», «Así haya que dado como paloma errante cuando un muchacho va y le rompe el nido».

Ese jovencito de Patillal empezó a retarse y se vistió de todos los encantos que la provincia en su momento prodigó. Un día cualquiera miró a la Nevada y se metió en los secretos de los koguis, kankuamos, arzarios, Arhuacos, y los combinó con los caribes, lo que le hizo comprtender que ese territorio que hizo a su antojo le quedaba pequeño.

Por eso decidió alzar vuelo musical, que lo llevó a enfrentarse, en Cali a finales de los años 60, al reconocido Atahualpa Yupanqui, que cayó redondito por el encanto de sus versos. Fue una batalla de varios días. El sonido de la guitarra bucólica de Yupanqui se vio sorprendido por los dedos imponentes de Colacho, que recorrían armónicamente ese inquieto acordeón, sumándose a los versos de Escalona. Así fue como conquistó a la dama María Tere, uno de sus amores, «la antioqueñita de ojos verdes».

Pero si en Cali todo era color de rosa, en Valledupar tenía más de un lío por resolver. Por un lado, su mujer, Marina Arzuaga, La Maye, qué no hacía la pobrecita por retener al escurridizo amor de su vida. Por el otro, las deudas de sus cultivos, sumadas a las incomodidades que le carcomían el cerebro a más de uno por su ascenso vertiginoso, no ofrecían un buen panorama regional para el prestigioso creador. Esto no escapó a las bromas que el pintor Jaime Molina le hacía frecuentemente: «Bonito que anda el Escalona ese, ahora se cree Beethoven». El se reía de los que se mofaban de sus ocurrencias folclóricas. Lo que no entendían muchos, era el mecanismo correcto que Escalona usaba para que la música de la provincia lograra su posicionamiento. Pero qué más, le podíamos pedir. Escalona lo daba todo por su región.

Lo escuchaban en silencio. En cada frase suya estaban presentes el pintor Jaime Molina, Juanarias, Hernando Molina padre, hijo y nieto, Consuelo Araújo Noguera, el taxista, el café La Bolsa, Cinco Esquinas, todos sus amores, hijos, hermanos, bohemia, perfumes, relojes y camisas de encargo; las historias de cada una de sus canciones, tan lindas o más que la propia creación, y el centenar de ahijados que, sin verlo todos los días, siempre reciben sus consejos.

En la redacción

Me habló del reto que tiene ahora con San Pedro, que está empecinado en que vaya a parrandear con él al cielo, pero Escalona, que es bueno en todo «menos pa cuidá mujé» o aceptar «ese tipo de invitación», le mandó a decir con su compadre Poncho Cotes Queruz, «ese pedazo del alma mía», que ni de fundas… ese tipo de negociación no está en sus planes.

Después de tres horas en la redacción, decidió levantarse en silencio como había llegado. Trató de irse, pero le hice un corte y le pregunté: ¿Qué piensa de los nuevos valores del vallenato? «Bueno, ahijado, los viejos valores son insuperables. Los actuales lo hacen a su manera. Ellos tienen sus seguidores y su estilo, que gusta mucho. De los nuevos, me gustan Iván Villazón, Saúl Lallemand, Jorgito Celedón, Jimmy Zam brano, Peter Manjarrés, Franco Argüelles, Silvestre Dangond y Juan Mario de la Espriella. Ellos tienen sabor vallenato, saben cantar nuestras raíces».

Dio media vuelta. Alzó su mano izquierda como despidiéndose. Recorrió veinte metros para descender por una escalinata de cemento raída por el tiempo. Lo seguí, mientras me decía: «Mijito, no es como dice usted, sino como digo yo».

*Compositor y escritor folclorista.

Publicado en El Espectador el 24 de abril de 2005.

BLOG DEL AUTOR: Félix Carrillo Hinojosa