Octavio Daza: el poeta y guerrero del vallenato

Por:Juliana Vargas*

Cuando uno escucha alguna canción de Octavio Daza, de pronto una golondrina se posa en el alféizar, el agua baja de la serranía, brillan los árboles y ella no deja la cama.

Versos como “siento tu amor frente a mí como el estudiante que en su desespero…” o “porque así, de rodillas, como se adora a Dios, con este gran amor solo te quiero yo”, fueron testigos de una leyenda corta pero fructífera.Ilsutración: Jonathan Bejarano

Tu amor crece como un arroyito y te arrodillas ante ella y podrá no haber más nubes en el cielo, podrán morir muchas regiones por el frío, podrá cambiarse la costumbre de un pueblo, todo eso pasará, “pero tu amor nunca se podrá apagar, la llama del amor que tú has prendido en mí”.

Al final descubres que todo Octavio Daza es un verso largo que comienza en San Juan del Cesar y termina en cada una de las gotas de rocío que caen en este país. Es un himno a nuestra cultura. Sus canciones son música de alas, tal como aquella noche en la que ardieron en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas. Las composiciones de Octavio Daza son una sola sombra larga, ¡una sola sombra larga! Y él es la voz del exilio y de un pozo cegado, es una voz huérfana y una gran voz que se levanta por detrás del telón gracias los hermanos Zuleta, Claudia de Colombia, Diomedes Díaz, Nicolás Mendoza y Daniel Celedón.

Río Badillo, Sanandresana, Nido de amor, Linda sabanera, Frente a mí, De rodillas, El cansancio del poeta, El sentido de mi vida, La tierra tiene sed, Mi novio y mi pueblo, Oye tú. Sencillamente, es imposible pensar en el vallenato sin Octavio Daza como una de sus figuras principales.

El camino para llegar a ser el poeta del vallenato comenzó en Patillal. A los seis años, Octavio Daza llegó a este corregimiento y su guitarra fue la artífice de su incipiente inspiración. A una corta edad ya había muerto y renacido de amor, ya había recorrido los dolores del alma y las cascadas de la esperanza, ya flotaba por entre los picos nevados y los ríos multicolores. Solo era cuestión de plasmarlos.

Primero vino El baile de los animales. Un grillo tocó el acordeón y la cucaracha, la guitarra; el lobo tocó el saxofón y la iguana lo tomó de gancho. ¿Acaso ver esto es imposible? Para Octavio Daza no lo era, y nos convenció de la magia de esta peculiar banda musical.

Luego se celebró el 11.º Festival de la Leyenda Vallenata, del 26 al 30 de abril de 1978. Aquella vez, el ganador del concurso de la Canción Inédita Vallenata fue el compositor Octavio de Jesús Daza, con Río Badillo. Ese día, Daza estuvo más feliz que nunca, y cuando pensaba que no cabía más de la felicidad, los Hermanos Zuleta grabaron su canción.

Por fin, a finales de los años 70, el poeta incipiente se convirtió en un guerrero de la música y en la inspiración misma. Diomedes Díaz, Elberto López, Rafael Orozco y Jorge Oñate no necesitaron de musa, pues Daza, con espada y escudo, buscó en tierras del olvido palabras perdidas, palabras hermosas, palabras nuestras que rescató con un profundo sentimiento como arma.

Versos como “siento tu amor frente a mí como el estudiante que en su desespero…” o “porque así, de rodillas, como se adora a Dios, con este gran amor solo te quiero yo”, fueron testigos de una leyenda corta pero fructífera.

Pudo haber escrito más, pudo haber inspirado generaciones enteras de vallenateros, mas el canto de un pajarito anunció una de las pérdidas más sentidas de Colombia. El 12 de enero de 1980, Octavio Daza murió asesinado, cuando ya nos había llenado de festivales, de voces, de lírica y de pueblos fantásticos, pero con el valor y la fuerza de otorgarnos mucho más.

“Dime, pajarito, ¿por qué hoy estás triste? No escucho en tu canto la misma alegría. Dime si a tu compañero perdiste o has venido a compartir la pena mía. O tal vez quieres contarle al mundo tu inconformismo por lo que han hecho. Tú sabes que lo más lindo que yo tenía también está deshecho así que, dime pajarito, ¿por qué hoy estás solo, cantando y cantando con melancolía? Lo sé, sé que lo extrañas. Lo sé, sé que llevas en el alma todo el amor que él desprendió con su guitarra, aquella misma que lloraba. No llores más, pajarito mío, que todos nosotros nos encargaremos de no olvidarlo”.

* Juliana Varga /El Espectador

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