MANUEL ZAPATA OLIVELLA, EN LA PROVINCIA VALLENATA.

Por José Atuesta Mindiola

Manuel Zapata Olivella (1920 -2004), médico, escritor, antropólogo y folcloristas; su tierra nativa, Lorica, departamento de Córdoba. En la Universidad Nacional en Bogotá inicia la carrera de Medicina en 1939 y después de tres años se retira temporalmente para dedicarse a su aventura de caminante, recorre los llanos orientales y el occidente de país, luego viaja a México y Estados Unidos, retorna a Colombia, reinicia sus estudios de medicina y se gradúa en 1948.

Recién graduado llega a La Paz, joven en edad, pero experto en el conocimiento del ser humano y en la estética de la literatura. Llega en 1949, ya había publicado la novela (Tierra mojada, 1947, Relato breve, Pasión vagabunda, 1948), y por su talante de hombre de letras e investigador cultural se convierte en miembro distinguido de la comarca, en un referente intelectual de propios y visitantes y en mecenas de la música folclórica. Allí se reencuentra con su pariente Pedro Olivella Araujo, un líder liberal gaitanista, que varios años antes había conocido en Cartagena, y era primo de su madre, Edelmira Olivella. Presta servicio de médico, capacita como enfermero a César Pompeyo Serrano y su primera misión es contrarrestar la epidemia de tifus o enfermedad infecciosa que afectaba a los habitantes de la Paz. Allí hace hogar con María Pérez, y nacen sus dos hijas: Harlem y Edelma.

En La Paz, ocasiones realiza tertulias culturales y folclóricas en el hotel América, y las reuniones de tipo personal en la hacienda ‘El Olimpo’, un cañaduzal de propiedad de Gabriel Zequeira. Un distinguido personaje, que el profesor César López Serrano, describe: “hombre educado, con aficiones literarias y excelente conversador. Estudioso de la mitología griega y recitaba pasajes de la Ilíada y la odisea”.

Hacemos referencia de Gabriel Zequeira y a su hacienda ‘El Olimpo’ porque allí estuvo el joven reportero Gabriel García Márquez cuando llega por primera vez a la región, invitado por Manuel Zapata Olivella en diciembre de 1949. El motivo de la invitación era una tertulia literaria, y después sonaron las notas del acordeón de Juan López y la voz del joven bachiller Dagoberto López Mieles.

En una entrevista a Dagoberto López en La Paz (enero 12 de 2000), nos cuenta: “Yo asistía a las reuniones que hacía Manuel Zapata en ‘El Olimpo´ y en diciembre de 1949, llegó por primera vez García Márquez a La Paz, todavía no era famoso, era un periodista. Ese día yo canté música de Escalona, yo había estudiado en el Loperena y el Liceo Celedón y me sabias varias de sus canciones. Por petición de García Márquez yo canté tres veces ‘El hambre del Liceo’ y ‘El perro de Pavajeau’. Escalona no estuvo en esa reunión, y todavía Zapata Olivella ni García Márquez conocían a Escalona.

El escritor Dasso Saldívar en el libro, Viaje a la Semilla, biografía a García Márquez, publicada en 1997, confirma esta fecha. El primer viaje lo hizo a finales de 1949 a Valledupar y la Paz invitado por el médico y escritor Manuel Zapata Olivella, y el segundo, viaje lo hizo meses después invitado por Escalona. Consuelo Araujo, reseña el momento en que se conocieron Escalona y García Márquez, mes de marzo de 1950 en el hotel Roma de Barranquilla, encuentro que fue propiciado por Manuel Zapata Olivella.

Por invitación del médico Zapata Olivella, también llega a La Paz, el fotógrafo cartagenero Nereo López, su amigo de infancia en Cartagena. Este artista con sus imágenes deja testimonio de la historia musical de La Paz y la región (La mayoría de las fotos de Escalona, García Márquez, Zapata Olivella, fueron tomadas por Nereo López, y pertenecen al Archivo de la Biblioteca Nacional). El abogado y escritor Ciro Quiroz, dice: “Una vida agitada encontró Nereo en la provincia de Valledupar y en La Guajira, por obra de cantos, acordeones y trago que no le dieron tiempo siquiera para estampar su propia imagen dentro del recorrido suyo de rotundo vagabundo, en esas tierras, cuando por obstinación propia logró retratar ese mundo de aventuras imaginables que no será posible volver a vivir.”.

García Márquez con frecuencia regresaba como vendedor de enciclopedias. Uno de esos viajes a La Paz, todavía estaba fresca la tragedia del incendio. Suceso que empezó en el salón de baile ‘La tuna’, el sábado de carnaval de 1952, y dejó 25 casas quemadas. Hubo luto colectivo, algunas familias se mudaron a sus haciendas cercanas y los que se quedaron permanecían temerosos, a las seis de la tarde cerraban las puertas. García Márquez comprueba el ambiente de pánico que aún se respiraba, los hombres habían cerrados los acordeones y las mujeres se habían refugiado en melancólico silencio. Días después, en El Heraldo de Barranquilla, publica en su columna ‘La Jirafa’, una crónica que titula ‘Algo que se parece a un milagro’. En ella hace referencia a la tristeza de la gente y a Juan López, el mejor acordeonista de la región había abandonado el pueblo dos días después de los sucesos. Y comenta que en compañía de Zapata Olivella, no lograron convencer a Pablo, hermano de Juan López, que tocara. Muchos eran los argumentos de Pablo para no tocar, pero en ese instante vino una mujer de la casa de enfrente y le dijo: “por nosotras no te preocupes, Pablo. Si quieres tocar, toca, hace un mes que no se oye música en este pueblo”.

La mujer hizo el milagro, y los acordeones con la magia de la alegría iluminaron las casas y las calles, porque “La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso”. Este episodio trágico es la temática central de la novela “Cuando arden las palmas”, del escritor pacifico Iván Gutiérrez Visbal.

El pueblo empieza a recuperar la tranquilidad y su tradición musical. Para los descendientes de Juancito López y José De las Mercedes ‘Cede’ Gutiérrez, la música era un pasatiempo para la recreación personal y familiar. Porque su misión era la dedicación las labores del campo y otros oficios referentes. Juan López era carpintero y experto constructor de casa, y Pablo Rafael era un pequeño hacendado, y por su constate parrandas convirtió el patio grande y frondoso de su casa en un templo musical, que el pueblo bautizó como ‘La calle de la Alegría’. Su esposa Agustina Gutiérrez, la anfitriona mayor, era una especie de Úrsula Iguarán en Macondo, siempre dispuesta a atender a los visitantes. Los López no tuvieron la dimensión de juglares, ellos preferían la calma de su terruño y de su trabajo, frente a la incertidumbre de los viajes.

La Gira musical o mejor las dos Giras musicales, Zapata Olivella las sintetiza en el texto, Los acordeones de Valledupar. (Revista Vida, N° 58, Bogotá, colombiana de Seguro. Agosto- septiembre 1953. Y también aparece en el libro, Por los senderos de sus ancestros, publicado por el Ministerio de Cultura, 2010). Estos fragmentos: “La Paz tiene fama de ser la mata de los acordeoneros y paseos vallenatos. En el pueblo nunca faltan tres o cuatro buenos acordeoneros. Pero una cosa es cierta de los acordeoneros pacíficos: son gentes muy retraídas, poco amigo de salir fuera del corral; por eso son más conocidos los juglares de Plato o El Paso”. “He aquí porqué constituían prendas de mayores características los acordeoneros de Valledupar en nuestra excursión para divulgar la música folclórica del Magdalena…”

“En 1951, la primera Gira, fueron los gaiteros de San Jacinto de Toño Fernández, en el acordeón Fermín Pitre, Antonio Morales (decimero) y Antonio Sierra (dulzaina). En la segunda, 1952, Juan López y su sobrino, Dagoberto López, bachiller del Liceo Celedón, Juan Manuel Muegues, recomendado por Rafael Escalona. Juan López nunca quiso salir ante el púbico sin sombrero y nos decía: “No docto, si me quito el sombrero se me va la música”. Poco fue perdiendo la timidez hasta llegar a bailar en el escenario. ¿Cuántos hubieran muerto de incredulidad en su pueblo si lo hubieran visto bailar?

Juan Manuel Muegues era el joven, cantaba, ejecutaba el acordeón y tenía un gran sentido de la responsabilidad. De regreso, en Barranquilla, al recibir los honorarios, se fue a comprar láminas de zinc, cementos y herramientas, porque iba a construir una casa en la punta de un cerro en la sierra de Manaure que llevaría el nombre de La Gira”

García Márquez, publica en el Heraldo (25 de junio de 1952), ‘La embajada folclórica’, donde comenta pormenores de la gira. He aquí unos fragmentos: “El grupo de Manuel zapata Olivella, que vuelve a Bogotá después de una tregua. Esta ahora renovado en parte y complementado. A Fermín Pitre lo llamaron a calificar servicios, vino en cambio, nada menos que Juan López, tal vez -y quizá sin duda- el mejor acordeonista de su región. Y como Juan no canta se trajo a su primo hermano Dagoberto López, el maestro de escuela de la Paz que hace una semana se hizo reemplazar y cambió a sus muchachos, a la canción monocorde de las tablas de multiplicar por esta maravillosa aventura de andar cantando a cualquier hora, que es lo que le gusta. Y otro acordeonero más: Muegues, que mucho deben conocer su oficio cuando Rafael Escalona lo tiene apadrinado, con la misma intransigencia que les pone a todas sus cosas…”

De la Gira musical, Juan Manuel Muegues, en un reportaje del periodista José Urbano Céspedes publicado por la revista Manaure ‘Balcón del Cesar’ (abril 2000, dirección ejecutiva de la Alcaldía de Manaure), cuenta: “En Bogotá, tropezamos con Narciso Martínez Zuleta, joven de Valledupar y estudiante de medicina que se emocionó tanto al ver tocando este grupo de músicos de su tierra, que se comprometió a regalarme un acordeón nuevo y de tres hileras, porque yo cargaba un acordeoncito que parecía más para un niño de diez años que para un hombre de 30” (Gracias a Dios, cumplió su palabra). Y agrega esta anécdota: “Estábamos en Bogotá y un día antes de continuar el viaje hacia Girardot, los músicos resolvieron poner una serenata a un amigo de La Paz que vivía en la capital, donde la música vallenata era desconocida, cuando resoplaban los fuelles de mi acordeón y retumbaba la caja de “Pichocho”, Crisóstomo Oñate, los vidrios del edificio tronaban, entonces llegó la policía y nos detuvo por perturbadores del orden y nos llevó a una estación. Hasta cuando se presentó, horas después un personaje influyente de la provincia que convenció a la autoridad y nos dejaron libre.

ZAPATA OLIVELLA Y ALVARO CASTRO

La Gira fue un acontecimiento memorable para La Paz y en especial para la familia López. El gestor del viaje, Manuel Zapata Olivella y el puente para que García Márquez llegara a esta región y profesara su pasión por las crónicas de los cantos vallenatos. Desde 1948, García Márquez dedica algunos artículos a la música de su región en El Universal de Cartagena. Después en El Heraldo de Barranquilla, en su columna ‘La jirafa’ (1950 – 1952) escribe varios artículos a la música vallenata. Y el otro gran homenaje que le hace a la nuestra música es cuando afirma que “Cien años de soledad” no es más que un vallenato de 400 páginas. En la novela “El amor en los tiempos del cólera” tiene como epígrafe un verso del maestro Leandro Díaz, “en adelanto van estos lugares que tienen su diosa coronada”. Y el máximo tributo que le hace al canto vallenato es llevarlo a la ceremonia de premiación de entrega del Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, 1982. Y entre los músicos invitado, el cajero más famoso en la historia del vallenato, Pablo Agustín López Gutiérrez.

DAGOBERTO LOPEZ

Termino este artículo, ofrendando unas palabras a Dagoberto López Mieles (1927- 2003), compositor y cantante, que compuso canciones bellas y Manuel Zapata lo bautizó “El Clarín de La Paz”.

Decía el poeta José Martí:

Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Un epígrafe perfecto para definir a Dagoberto, un ser humano que rendía culto a la amistad, infinitamente generoso, afable y con alto sentido de la honradez, la responsabilidad y el respeto. Estaba dotado de inteligencia natural para leer y entender los secretos de la poesía, por eso con facilidad descifraba las entelequias de las metáforas, los rigores de las concordancias y las medidas sonoras de los versos. Amaba a su pueblo, y se proclamaba pacífico por gentilicio y vocación. Dagoberto fue la persona clave para mi acercamiento con Pablo Agustín y Miguel López Gutiérrez. Y con él, también pude recorrer los pasos de la infancia de mi hermano de padre José Abraham Atuesta Zuleta, jugador de futbol, que murió después de un partido, y en su honor el Estadio de La Paz lleva su nombre.

***

DÉCIMAS A DAGOBERTO LÓPEZ
Por José Atuesta Mindiola

I
Y Dios bendijo aquel día
cuando nació Dagoberto,
hubo en su casa un concierto
de trinos de melodías
anunciando que él sería
de este folclor una estrella,
compuso canciones bellas
que cantaba muy sagaz:
Es el Clarín de La Paz
dijo Zapata Olivella.

II
Dagoberto fue el cantor
de aquella Gira famosa,
con esta música hermosa
por tierras del interior.
A Muegues y su acordeón
Juan López le acompañaba,
muy sonoro se escuchaba
el rebuje de “Pichocho,”
y al cauce del río Mocho
con sus versos recordaba.

III
Cantando versos de amores
eran felices las horas,
y en los silbos de la aurora
se despertaban las flores.
Entre todos los cantores,
él fue una luz en el tiempo
y otros siguieron contentos
iban buscando su voz,
y ahora su canto quedó
en la sonrisa del viento.

IV

Frondoso fue Dagoberto,
un laurel en melodía
y su sombra se expandía
para alejar el desierto.
Con el corazón abierto
Amó las cosas queridas,
dejó huellas en la vida
de gratas recordaciones,
y ente sus lindas canciones
‘Viejas Costumbres Perdidas’.

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .