Anécdotas con el maestro Leandro

Por José Atuesta Mindiola

“Planta tus propios jardines, decora tu propia alma, en lugar de esperar a que alguien te traiga flores”. El maestro Leandro Díaz hizo suyo este pensamiento del poeta Jorge Luis Borges, por eso cultivó en su alma jardines de dignidad, de música y de poesía que enaltecieron su condición humana.

Los amantes de la música vallenata siempre recordamos a este poeta cantor, y los que tuvimos la fortuna de hablar con él, valoramos su sensibilidad y su inteligencia. Les comparto tres anécdotas con el maestro Leandro.

A finales del mes de noviembre 1992, en el la inauguración de Festival de poesía en San Diego, que organizaba el Café Literario Vargas Vila, el doctor José Antonio Murgas, en ese entonces rector de la Universidad Popular del Cesar, me delegó para que presentara a la poetisa e insigne declamadora de Montería, Rosita Santos Rodríguez.

Llegamos a San Diego, tipo tres de la tarde. Con un docente y diez estudiantes de la Universidad fuimos a visitar a Leandro en su casa. El maestro estaba en una silla bajo el alero que da a la calle, muy amable nos recibió y ordenó que nos trajeran asientos. Después de responder algunas preguntas, manifestó que no asistiría a la plaza, donde se iba a realizar el evento poético.

Mis compañeros decidieron marcharse, yo me quedé hablando con Leandro, y me permitió leerle el texto de la presentación a la poetisa, que iniciaba con una evocación de sus canciones: “Un ángel con los silbos de cardenales y la nostalgia vegetal de su nativa tierra de Hato Nuevo, sale en busca de su paraíso y lo encontró en San Diego, en donde la poesía en su voz ungida de verano profetiza las vísperas de abril en la llovizna triunfal de la primavera, y en las andanzas forestales del río Tocaimo siente la imagen de la mujer que hace reír la sabana. En este paraíso de versos y metáforas, hoy nos visita la poetisa…”

Me dio las gracias, y me despedí, camino a la plaza. Quince minutos después, se me acercó el poeta Pedro Olivella a decirme que Leandro estaba preguntando por mí, y me llevó donde él. El maestro me dice: –Profesor Atuesta, vine por usted; me gustó lo que leyó, y quiero volver a escucharlo–. Me senté a su lado, inmensamente feliz por el detalle.

Después de la presentación, la poetisa, en su declamación, nos adelantó las estrellas en la idílica noche sandiegana. Luego, en compañía de la poetisa, el profesor César López, Leandro y uno de sus hijos, fuimos al restaurante ‘Los Manguitos’. Disfrutamos la cena, y compartimos una agradable tertulia. En esas estábamos, cuando dos veces se arrimó un señor, con la obstinación de invitar a Leandro a cantar una parranda, con la promesa de pagarle bien. Con decencia y don de gente, le respondió el maestro: “Hágame el favor, hoy no acepto invitaciones, porque estoy para el profesor Atuesta y sus amigos. Otro día, con mucho gusto”.

El maestro nos invitó a la casa de su amigo Hugo Araujo, que estaba con sus colegas Juan Calderón y Antonio Brahím, el famoso grupo ‘Las tres guitarras’. Escuchamos sus cantares en la vendimia de las cuerdas. La poetisa Rosita Santos era la musa. Recuerdo que, en algún instante, ella salió, y Leandro cantó: “Tenía una Rosita Santos/ y alguien se la llevó/ ahora yo pido el favor/ que me devuelvan mi encanto”.

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

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