Alfonso Osorio Simahán*


Prólogo.-

Para la Crónica Dominical de esta semana, haremos una pequeña pausa en nuestro habitual recorrido por las historias y personajes nacidos o vinculados a nuestro querido San Luis de Sincé. El motivo es meramente de rigor y respeto a nuestra memoria histórica: los relatos que actualmente estamos recreando requieren de una mayor documentación, detalles precisos y datos de cierta relevancia que aún estamos terminando de ajustar para garantizar la calidad que el acusioso lector merece. Confío en que todo estará listo para el domingo venidero.

Sin embargo, la pausa no será total. El personaje que incluimos y compartimos el día de hoy es una semblanza que ya tenía completamente acabada y lista para su respectiva publicación en la página Panorama Cultural, por lo que he decidido adelantarla para el disfrute de todos ustedes.
Agradezco como siempre su constante respaldo, su lectura atenta y su pasión por nuestras tradiciones. ¡Espero que disfruten la crónica de hoy!

Crónica.-

La Costa  Caribe es un animal indomable que ríe con llanto y baila sobre sus propias tragedias. No hay otra explicación para entender la vida de los hombres que parieron su identidad musical. Uno de esos titanes, cuya memoria merece ser rescatada del olvido con bombos y platillos, es Juvenal Enrique Viloria Romero. Un hombre que con la mano izquierda componía himnos que ponían a brincar al continente, mientras con la mano derecha se secaba las lágrimas de los golpes más canallas que puede dar la existencia.

Esta es la bitácora de su año definitivo: 1973. El año en que Barranquilla olía a maicena, ron y gloria, justo antes de que el cielo se tiñera de luto.
Corría el año 1973 y Barranquilla no caminaba; Barranquilla bailaba. El Hotel El Prado Intercontinental, con su arquitectura majestuosa y sus brisas de la tarde, era el templo donde se cocinaba el Carnaval. Juvenal Viloria trabajaba entonces para Sonomar. Eran los tiempos benditos en que la música se sentía en el pecho gracias a los transistores y las amplificaciones que desafiaban la acústica de la época.

Aquellas noches previas a la fiesta grande eran un desfile de deidades. Por los pasillos del hotel caminaba el maestro Pacho Galán afinando el merecumbe; Nelson y Sus Estrellas traían el piano loco de Venezuela; Lisandro Mesa ponía el picante sabanero y Adolfo Echeverría con sus Mayorales encendían la mecha. La Arenosa respiraba música por cada poro.

Fue en ese escenario, al pie de la piscina olímpica del hotel, donde ocurrió el encuentro que cambiaría la historia de la música bailable. Luis Felipe González —a quien el ingenio popular bautizaría después como «Don Filemón»— salía del agua con una toalla al hombro. Con el desparpajo propio del músico errante, se le acercó a Juvenal con una propuesta técnica: unir el equipo de sonido de Sonomar con el suyo para armar una logística impecable que resistiera el azote del baile de Carnaval.
Juvenal, un tipo de ojo clínico, lo consultó con su patrón, Miguel Ruiz, el recordado “Turco”, y dieron el «sí». Esa noche, las bocinas del Hotel El Prado bramaron con tanta nitidez que el baile quedó grabado en la memoria colectiva de la ciudad.

Terminado el negocio del sonido, vino la tertulia, que en el Caribe es más sagrada que el trabajo. Juvenal, mirando fijamente al cantante, soltó la interrogante:
—¿Usted es el mismo que canta “A Fusagasugá”?
—Sí, señor, ese mismo soy yo— respondió González, inflando el pecho de orgullo.
Fue entonces cuando Juvenal  Viloria sacó su mejor credencial: su mente brillante de compositor. Le contó que ya Nelson Henríquez, Willy Quintero y el mismísimo Pastor López le habían grabado cañonazos de la talla de «La Cara Pintá»  y esa joya eterna que es «La Hamaca Rayá» .
A Filemón se le abrieron los ojos como dos discos de 45 revoluciones. La ambición del artista despertó enseguida:
—¿Y a mí cuál es el éxito que me vas a dar?
Juvenal no titubeó. Primero le cantó La Ternera, un twist sabanero pegajoso (“Ya tengo una ternera muy bonita y sabanera…”), que terminaría siendo el lado B de un sencillo que hoy es oro puro para los coleccionistas. Pero el plato fuerte venía en camino. Juvenal le tarareó los primeros versos de La Saporrita.
—¿Y qué carajo significa «Saporrita»?— preguntó Filemón, extrañado con el término.
—Ajá, mi hermano: una mujer chiquita y gordita, pero sabrosa— explicó Juvenal con una sonrisa pícara.
Aquella palabra, parida en las entrañas del ingenio popular, se grabó bajo el sello de Don Filemón y su Banda. Juvenal soñaba con escucharla en los arreglos de Nelson y sus Estrellas, pero los caminos de la música son misteriosos. Filemón tomó el tema, se separó de Nelson y el resto es historia patria: La Saporrita se convirtió en un tsunami musical. Barranquilla la adoptó como su segundo himno y el mundo entero comenzó a bailarla.

Llegaron los días dorados del reconocimiento. Desde Europa, Canadá y Estados Unidos llegaban cartas y regalías que se diluían entre intermediarios. Codiscos, en Medellín, le otorgó un Disco de Oro. Grandes plumas de la prensa nacional le rendían pleitesía. El cronista Otto Garzón Patiño escribía con poesía que «Juvenal Viloria mecía su fama en La Hamaca Rayá».
Sin embargo, detrás del brillo del trofeo había una sombra perversa. Mientras el periodista Evaristo Martínez denunciaba desde las páginas de El Heraldo que a Juvenal le estaban robando de frente sus derechos de autor, el compositor regresaba cada noche a una humilde choza en el barrio Carrizal. Las revistas internacionales publicaban fotos de su genialidad, pero en su cocina se libraba una batalla diaria contra el hambre y la escasez junto a su esposa Adelina y sus hijos.

Eran los años de la Barranquilla cosmopolita. El capitán Rafael Visbal Dorado traía orquestas que parecían de fantasía. Juvenal caminaba entre gigantes: compartía un ron con Héctor Lavoe, conversaba con Tito Puente, Roberto Angleró o Cuco Valoy, y hasta le hacía mandados de confianza a la mismísima Guarachera de Cuba, Celia Cruz, quien lo trataba con la ternura de una hermana. Juvenal era el rey sin corona de la rumba, pero el destino le tenía guardada una emboscada en la esquina más oscura.

El 14 de julio de 1974, la música se detuvo para siempre en el pecho de Juvenal. Su amada Adelina ingresó a la Maternidad San Juan de Dios aquejada por una preeclampsia severa mientras intentaba dar a luz.
El desenlace fue un puñetazo de realidad tan frío como el mármol. Una enfermera salió de la sala de partos con un bulto entre sábanas blancas y se lo entregó en los brazos: era su hijo recién nacido, Luis Adelino. Cuando Juvenal, con el corazón en la boca, preguntó por su esposa, la respuesta de la mujer fue una sentencia de muerte:
—A ella te la entregan en el anfiteatro.

El mundo se le vino encima. El hombre que había hecho bailar a millones quedó congelado en un pasillo de hospital. Confiesa Juvenal que, en un segundo de loca desesperación, miró la ventana del cuarto piso con la tentación de lanzarse al vacío con la criatura en brazos para acabar con el dolor. Pero el rostro de sus otros tres hijos que lo esperaban en el rancho de Carrizal le amarró los pies a la tierra. La fama no compra la vida; los aplausos no abrigan el frío de la muerte.

El luto lo alejó de los pentagramas. Apoyado por su hermana Mami Viloria y su cuñado Luis Miguel Gómez, intentó levantar cabeza lejos de las consolas de grabación. Se convirtió en comerciante de baratijas: vendía pomadas, vinagre y brillantina por las calles polvorientas. Pero la mala racha no da tregua; sufrió robos, estafas y la miseria se le plantó en la puerta.
Viendo su desgracia, la fraternidad del Caribe —que nunca deja caer del todo a sus ídolos— se activó. Periodistas y músicos organizaron un magno homenaje benéfico en el Coliseo Humberto Perea. Pacho Galán, El Binomio de Oro y Ramayá se subieron a la tarima sin cobrar un centavo. Más de mil almas llenaron las graderías para aplaudir al poeta de Carrizal.

Pero la tragedia en la vida de Juvenal parecía tener libreto de tragicomedia. Al salir de su propio homenaje, la delincuencia lo emboscó. Sufrió una golpiza brutal por parte de unos atracadores y, para colmo de males del absurdo macondiano, la policía lo terminó deteniendo a él. Pasó horas tras las rejas, golpeado y adolorido, hasta que un abogado guajiro, amigo de sus causas perdidas, logró sacarlo de la celda.
Esa noche, mirando los moretones en el espejo, Juvenal Viloria comprendió que su ciclo en la Arenosa había terminado. Vendió el rancho de Carrizal con el dolor de sus recuerdos, armó unas maletas ligeras y tomó una decisión radical: mirar hacia el oeste.

Acompañado por cuatro guajiros leales y con el eco de La Saporrita sonando al fondo en algún picó lejano, Juvenal cruzó la frontera rumbo a Maracaibo, Venezuela. Se llevaba consigo sus canciones, sus heridas abiertas y la certeza de que su historia, por más triste que fuera, tenía que ser contada. Porque los hombres como Juvenal Viloria no mueren; se transforman en leyenda cada vez que una aguja cae sobre el acetato de un disco de parranda.
Juvenal Viloria, juniorista de corazón, hijo orgulloso de el barrio Montecristo y figura querida entre quienes crecieron escuchando sus historias, su sentir popular y su amor inmenso por Barranquilla. Un hombre que nunca necesitó escenarios gigantes para ganarse el respeto del pueblo, porque su grandeza siempre estuvo en la autenticidad con la que representó la esencia barranquillera.

Lo triste de esta historia es que Barranquilla tiene olvidado a uno de sus hijos más genuinos. Y duele decirlo, pero es la realidad. Mientras tantos reciben homenajes, reconocimientos y aplausos, Juvenal sigue esperando ese abrazo sincero de la ciudad que tantas veces defendió con orgullo. ¿Hasta cuándo habrá que repetirlo? ¿Pa’ cuándo su homenaje en vida? Porque el reconocimiento verdadero no debe llegar cuando ya no pueda verlo ni sentirlo.

Montecristo lo recuerda, los junioristas lo respetan y Barranquilla sabe quién es. Pero hace falta que las instituciones, la cultura y quienes manejan la memoria de la ciudad entiendan que los homenajes no pueden seguir llegando tarde. Después de muerto cualquiera recibe flores, discursos y lágrimas. Lo grande, lo humano y lo justo es reconocer a  nuestros artistas mientras todavía están aquí para escuchar los aplausos.

Epílogo.-

El 31 de diciembre de 1938, mientras Barranquilla parrandeaba para despedir el año, Ana Cristina Romero Atencio se retorcía con dolores de parto. En manos de una partera, y entre el alborozo del barrio Montecristo, llegó al mundo Juvenal Viloria Romero. Nació con el estruendo de los picós que sonaban a volumen venteado por doquier; una impronta musical y festiva que ni los treinta años que lleva viviendo en el barrio Gerona de Medellín han logrado borrar de su marcado acento costeño.

Más de una docena de hijos dejó Viloria sembrados por ahí: uno en Hamburgo, dos en Cartagena, tres en Santa Marta, cuatro en Barranquilla y —según evoca— «otro en Venezuela, cachaco, mientraj duraron mij correríaj». La cuenta sumaba once, pero completó los quince con dos que crió junto a Rosario cuando sentó cabeza en la capital antioqueña —donde hoy piensa morir y dejar sus cenizas—, y otros dos con la única mujer que logró arrastrarlo hasta el altar.
—¿Cómo viniste a parar a tierra paisa? —le preguntamos.

—A Medellín llegué a mediados de los setenta por la música —relata—. Había enviudado de mi segunda mujer, que me dejó cuatro huérfanos, y con Rosario, la tercera, me vine a montar un restaurante en Barrio Triste. Con el tiempo la cosa se vinagró, porque ella se volvió llevada de su parecer y yo del mío. Entonces apareció Luz Marleny Gaviria, una paisa veinte años menor que me sedujo con su bailado de trompo; ahí me animé a calentarle el oído. Nos casamos por la Iglesia en 1985, y ya van veintiocho años de eso. Que ella tuviera veintisiete y yo cuarenta y siete no fue inconveniente. Aquí vamos. Mi hija vive en Estados Unidos y es la madre de ese nieto de seis años que nos acompaña; también tenemos un hijo de doce que está estudiando. Ese es el último, porque ya no hay cama pa tanta gente.
Alfonso Osorio Simahán 

Alfolele*
* Fuentes: Kmisalsa y Orlando Ramirez ( Orcasas)

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