Nicolás Bolaños Calderón a un año de su partida

Félix Carrillo Hinojosa

Su obra pequeña en cantidad, pero de una fortaleza melódica y narrativa, que lo ubica entre los buenos creadores de la música vallenata.»Como hacer una canción» es su carta de presentación, grabada por Armando Moscote y Norberto Romero, que nos lleva a perfilar la esencia humana que un creador como él, planteó en su vida terrenal. Es la misma obra, que en una reunión que le hicieron al genial Gabriel García Márquez en Valledupar en 1983, por haber obtenido el nobel, escuchó de propia voz de su creador y quedó encantado, que llevó al escritor a decirle a Escalona, «Rafa esta es una obra valiosa que debiste componer y que además, debe ponerse como tarea de literatura a los niños y jóvenes».

Con su lenguaje fino y su vasta formación autodidacta, nos ponía al frente de un creador con una formación cultural que asombraba.
Fue descubierto por Andrés Gil Torres a comienzos de los años 60′ y su primera grabación fue «Los Canaritos» realizada por el músico Ismael Rudas Mieles.

Su segunda muestra vigorosa es el paseo «Triste desenlace», grabada por Daniel Celedón y Norberto Romero, una excelente melodia en tonalidad menor que necesitaba de un texto bien elaborado y eso, lo logró el poeta adolorido que no tenía que vociferar su historia amorosa, porque la canción habla por si sola. Es un canto adolorido que no todo autor/compositor se atreve a crear, que a manera de elegía encumbra a nuestra música. El cantautor Celedón Orsini también le grabó «La noche más noche» y «Tesoro musical.

Su música empezó a circular en las parrandas, y en una de ellas, el inolvidable Ponchito Cotes cantó el merengue «Protesta Parrandera» de la autoría del desconocido creador, que llevó al delirio a Poncho y Emilianito y la volvieron visible en ese mundo del vallenato. Luego se hizo sentir con «Beso embriagador» e «Injusta y negativa» grabada por el cantor Guajiro Alberto Zabaleta Celedón y el acordeón de Beto Villa.

Silvio Brito con el acordeón de Osmel Meriño le grabó varias canciones, de la que destaca su tercera muestra vigorosa, el paseo «Oscuro y claro», un canto que recoge una bien lograda protesta con el tema del color de la piel, cuyo racismo es uno de los grandes problemas que vive la humanidad.

Su familia y personas de la música vallenata, quieren exaltar su obra, adportas de cumplir este 31de diciembre un año de su lamentable partida. Para testimoniarle un sentido recordatorio, han programado un acto conmemorativo, hoy miércoles 15 de diciembre a las 4:30 en el Salón Social del conjunto Residencial Las Margaritas, en Valledupar, Cesar.

Que bueno repetir hasta el cansancio si toca, ese verso excepcional creado por él, «Para hacer una canción se necesita/ser de buenos sentimientos y tener/el talento literario que origina/la grandeza y la virtud de componer»-Fercahino

(Nicolás Bolaños Calderón nació en Villanueva, La Guajira, el 3 de octubre de 2952 y falleció en Valledupar, el 31 de diciembre de 2020. Padres Manuela Calderón Jiménez y Nicolás Venancio Bolaños Beltrán)
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Félix Carrillo Hinojosa

ENCUENTRO CON VILLAFAÑE HOY REY VALLENATO

Félix Carrillo Hinojosa

Cuanto me alegra que lo dicho en un extenso diálogo de saberes, a través de un foro organizado en la isla de San Andres por el Banco de la República, liderado por el antropologo Weildler Guerra Curvelo, donde la corriente insular depositada en la ejecución del acordeón tocado por Trujillo Hawkin, quien con sus polkas, valses, calipsos y regué, más la esencia musical del indígena, en que «el chicote dio paso a un son», fue una bonita antesala para que tengamos hoy, a José Ricardo Villafañe Álvarez como nuevo rey profesional del acordeón, versión 2021.Ese día se dijo muchas acciones premonitorias, que él ha sellado con su toque musical.

Se recorrió la historia construida por Emilio Oviedo e Isaac Carrillo Vega, creadores, uno en el acordeón y el otro, como cantautor, de destacados pasajes que han ayudado a generar caminos para el vallenato.

Esas corrientes migratorias de veinte o más mezclas, dan como resultado todo ese gran colorido musical que con orgullo nos asiste.

Reafirma este triunfo, lo que con razones étnicas reclaman las familias indígenas del Magdalena Grande, «el son y otros ritmos nuestros, dieron paso a lo que hoy se conoce como vallenato, que estaban antes de la llegada del acordeón, reafirmada en una entrevista hecha al creador José María Gómez Daza, autor del paseo» Compai Chipuco» y «Fonseca».

Con el nuevo rey hablamos en ese momento, de no desistir y seguir concursando. Hoy esa decisión recoge sus frutos y tenemos a un arhuaco rey del Festival, hecho que se logra no por ser indígena sino porque tocó para ganar»-Fercahino

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Félix Carrillo Hinojosa

*Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor cultural.

Adolfo Pacheco Anillo, un pilar de la modernidad del Caribe

Por Félix Carrillo Hinojosa

Esta es la historia del autor de temas tradicionales del vallenato y de la música sabanera como “La hamaca grande”, “El mochuelo”, “Mercedes” y “El profesor”. Nació el 8 de agosto de 1940 y fue declarado “Compositor vitalicio”.

Lo vi por primera vez en la tarima Francisco el Hombre del sexto Festival Vallenato. Él tenía treinta y tres años y yo apenas era un adolescente al que lo atraía la música. Lo vi cantando y tocando guacharaca. Ese medio día, con un sol como el que siempre tenemos en Valledupar, oí los versos de Fuente vallenata, un paseo que relata todo ese encuentro migratorio que originó nuestra música caribeña. “Como aquel alemán que te forjó y te puso en las manos de un pirata, tienes santísimo acordeón, penas como las de tu raza”.

Después supe por boca de mi padre que era Adolfo Pacheco Anillo y que venía, de un lugar lleno de música, al que llaman Sabana. Hubo aplausos para él, pero todos estábamos esperando la presencia de un nuevo concursante, al que mi padre me señaló y dijo, “ese es Armando Zabaleta y es guajiro, como nosotros. Ese es, junto con Leandro Díaz, de los buenos compositores que tiene el Vallenato”.

Cuando “Chema” Martínez abrió su acordeón y él empezó a narrar los versos de No vuelvo a Patillal, sentí un llamado que me recorrió todo el cuerpo. Sobre todo el verso, “No vuelvo a Patillal porque me mata la tristeza, al ver que en ese pueblo fue donde murió un amigo mío, era compositor como lo es Zabaleta y era lo más querido de ese caserío”. Lo cantó adolorido, gesticulaba con sus manos al cielo como elevando una plegaria  Era el homenaje a Fredy Molina Daza, un joven de escasos 26 años, que había fallecido en la plenitud de su mundo creativo. Todos aplaudieron y casi que en coro, dijeron: “esa es la ganadora, no hay más”.  

Mi padre al día siguiente, me dijo que había sido la ganadora. Él estaba feliz porque un guajiro había triunfado. Al poco tiempo, salió esa obra en la voz de Jorge Oñate y el acordeón de Miguel López, consagrando tanto al autor como a sus intérpretes.

Ese hecho, junto a la pérdida en distintos tiempos de Andrés Landero, Alfredo Gutiérrez y Lisandro Mesa, frente a Nicolás Mendoza Daza y Miguel López y, la salida de la obra Vallenatología de Consuelo Araújo Noguera, se convirtieron en el detonante preciso para que la rivalidad entre sabaneros y vallenatos se trenzaran en fuertes dimes y diretes, que aumentaron la popularidad del Festival, porque a pesar de esas discordias la presencia de los músicos de esa región, crecía siempre en busca de demostrar que ellos también podían tocar vallenato.

Al tiempo que esa rivalidad aumentaba, la popularidad del creador Pacheco Anillo, un sanjacintero, nacido el 8 de Agosto de 1940 en el hogar de Miguel Pacheco y Mercedes Anillo, se hacía más notoria y ganaba adeptos en el territorio del vallenato, lo que llevó a muchos de nuestros intérpretes a interesarse por grabar sus canciones.

Adolfo Pacheco tiene una obra reconocida por el pueblo. En una de sus canciones, narró en una décima musicalizada, a ritmo de paseo, los trazos de su infancia, cuya tonalidad menor la cubre con un dejo melancólico que trata de atrapar ese tiempo que ya se fue, en el que narra su biografía, y expone todo lo que fue su vida infantil y de adolescente. Todo ese mundo está ahí como una hoja de ruta, inmersa en ese relato de versos que lo hace grande, “dice en sellado papel, yo reverendo Trujillo, bauticé a un Pacheco Anillo, de nombre Adolfo Rafael…”.

La música hecha aquí, allá o donde se construya no tiene fronteras, es libertaria, rebelde, revolucionaria, invasora, sin hacer daño y llega a donde nunca lo pensó su creador. Es lo que pasa con la obra de Pacheco Anillo, cuyos linderos existen, pero cuando se trata de caminar, los deja tirado y a conquistar mundos se dijo, con la sola arma que ha tenido: sus canciones.

En el paseo El mochuelo, aparecen elementos determinantes, entre ellos, la inocencia y rebeldía. La primera, visible en el cazador amigo, que antepone su amistad a cualquier daño posible, en la captura de un animal, en este caso, el de un mochuelo, pájaro cantor que lo vuelve cómplice de un amorío, más cuando dice, “y me lo regaló no más, para la novia mía”. La segunda es planteada por el creador, quien consciente de lo que implica estar preso, lanza su diatriba rebelde, al decir, “Y es que para el animal no hay un dios que lo bendiga”.

Luego, sus cantares nos invita a encontrar una muestra clara del sentido de pertenencia, que muchos pierden al alejarse de su terruño, hecho visible en El viejo Miguel, obra que entra en el extenso mundo merenguero del vallenato, y en el que grita a todo pulmón: “a mi pueblo no lo llego a cambiar ni por un imperio”.

Esos hechos, visibles en su obra, recrean la propuesta de Pacheco Anillo. Sin perder el norte constructor de su mundo y personajes, que no desaparecen pese a los caminos recorridos. Dentro de esa diversidad musical que tiene, descubierta a los seis años por su abuelo Laureano Pacheco, cuando hizo un canto que permanece inédito, Mercedes, nombre tomado en honor a su madre para no hacer visible el de la protagonista central de un canto que narra la invitación a una fuga amorosa, pero que encuentra la voluntad férrea de una mujer que se planta firme: “mucho puedo ser amada, no me lo sigas diciendo, no me entrego ni me vendo, del racho salgo casada”.

A valores como Adolfo Pacheco Anillo hay que darles las gracias por lo creado. Su tierra natal debe hacerlo siempre; el pueblo vallenato lo hizo hace tiempo al declararlo “Compositor vitalicio” junto a Tobías E. Pumarejo, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Calixto Ochoa y Rafael Escalona. Él es una especie de guerrero que no se dejó vencer por la adversidad.

Adolfo Pacheco fue sonsacado por el sonido del acordeón de sus compadres Andrés Landero y Ramón Vargas, la guitarra de José Nasser Sir Linares o el saxofón de Nelson Díaz. En ese entorno natural y a finales de la década del 60 nació La hamaca grande, bautizada así por Edgardo Pereira, el mejor regalo que concursante alguno haya llevado al Valle de Upar como detalle musical y que nació ante la insistencia de Ramón Vargas Tapia, quien no dejaba de decirle: “compa Ado, llevémosle algo a esa tierra”. Después de dar tanta vuelta, en busca de encontrar el texto y la melodía acorde con esa insistencia, un día sin pensarlo dos veces repitió hasta el cansancio el primer verso, “Compadre Ramón, le hago la visita pa’ que me acepte la invitación, quiero con afecto llevar al Valle en cofre de plata, una bella serenata con música de acordeón”.

Ese día, el hombre que luego sería concejal, secretario de tránsito, diputado, secretario de la Asamblea de Bolívar y que Regulo Matera decidió llevárselo para Barranquilla, donde vive junto a su compañera Betty Anillo, entendió que era la persona escogida, por la naturaleza de su música, para llevar la bandera en nombre de sus antecesores y actuales músicos de su región sabanera.

Es el mismo al que no le deja de resonar en su memoria el eco musical que guarda de su madre, al retratarla cantando los pasillos, vals y boleros de moda, en medio de una nostálgica evocación. Todas sus aventuras, vividas en tierra extraña y luego las que desarrolló en su terruño, le hizo brotar una melodía y un verso, que gratifica el tener amigos, que terminan siendo más que eso. El paseo El profesor, recoge lo que muchas veces, trató de decirles Adolfo Rafael a su compañero, “te mando distinguido profesor, uno de mis retoños predilectos, para que tu como maestro, de los mejores saques el mejor”.

Para nadie, debe ser extraño y menos para sus paisanos, que él para construir su propio mundo, le tocó vencer los diversos fantasmas y duendecillos que aparecen en el camino de la vida, ese importante segmento que tenemos y que la mayoría de las veces, “se vive, no como uno quiere, sino como toca vivirla”.  

BLOG DEL AUTOR: Félix Carrillo Hinojosa

* Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor cultural.

LA GUITARRA EN EL VALLENATO

Por: Félix Carrillo Hinojosa | La Regional.Net |17 ENERO, 2021

Con muy pocas menciones sobre la guitarra en territorio andino, antes de la mitad del siglo XIX, es bueno destacar los avisos que aparecieron en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá en 1794, que hacía referencias sobre métodos para su interpretación, igual que una antigua copla de Andrés Pablo que menciona la existencia de la guitarra con cinco cuerdas, que sumada a la que está en la Historia de la provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reino de Granada, publicada en 1741, que recoge la diversidad de instrumentos en el territorio, dentro de los cuales se encuentra la guitarra que interpretaban los indios en los llanos orientales. De 1850 en adelante, la guitarra se esparció por todo el territorio colombiano y su implementación dio origen a otros instrumentos mestizos como el tiple.

Vale la pena destacar que durante la mitad del siglo XIX surge en Colombia la idea de música nacional sustentada en la base popular, por lo que a partir de 1882 nace la Academia Nacional de la Música como institución educativa. Ese entorno académico generó unos claros objetivos que afianzaron sus frutos en 1935 que dio paso a la creación de la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, que entre sus logros está la creación de la orquesta Sinfónica Nacional.

En lo relacionado con la música vallenata son muchas las muestras que existen, en donde la guitara desarrolla un papel determinante para consolidar esta música de la provincia. Tanto en grabaciones como en acciones cotidianas, ella ha servido como soporte musical a tantas creaciones.

Es importante anotar que antes de la llegada de instrumentos como la guitarra, el armonio, el piano y el acordeón ya nuestros campesinos estaban en proceso de construcción, todo lo que hoy tenemos como música. Ese antes y después de la consolidación del vallenato le permitió a esos instrumentos, ante todo al acordeón y guitarra, desarrollar su liderazgo en cada una de sus acciones sociales. El efecto que cada uno de esos instrumentos hicieron en la construcción del vallenato está ahí como una muestra sólida de todos los procesos que nuestros campesinos desarrollaron para construir todo ese edificio musical Vallenato.

Guitarra y vallenato

La guitarra en unos procesos fue líder, en otros fue acompañante, lo que le ha permitido al instrumento y a la música vivir un goce conjunto, que hace pensar el valor de los dos en el desarrollo como música local con reconocimiento nacional que ha tenido el vallenato.

La divulgación de la música vallenata en guitarra se la dan varios hombres que irrigado en todo el Magdalena Grande, lo que luego sería el Magdalena, La Guajira y el Cesar. Unos son reconocidos por llegar a la grabación, otros pese a no hacerle se convierten en unos masificadores de ese instrumento.

El techo de la guitarra en la divulgación vallenata la desarrolla Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, quien junto a Julio Bovea, ‘El Mocho’ Rubio y Ángel Fontanilla le dan forma en grabación a todo un movimiento musical que ya tenía un recorrido con el acordeón en los diversos escenarios en Barranquilla, de la que existen versiones como la realizada por Francisco Rada Batista en 1935.

Esa figura del ‘Jilguero de la Sierra Nevada’, como era conocido, nació en Ciénaga-Magdalena- el 1 de abril de 1920 y falleció el 19 de abril de 1949. Hijo de Roberto de Jesús Buitrago, oriundo de Marinilla-Antioquia y de Teresa Mercedes Henríquez de Ciénaga.

Su afición por la guitarra fue acogida y perfeccionada por el destacado músico y compositor Andrés Paz Barros, quien lo ayudó a ponerle melodía a su vez acorde con la ejecución de su guitarra.

Alberto Fernández Mindiola, en el canto y guacharaca, Atánquez; Julio Bovea primera guitarra y segunda voz, Samario; y Ángel Fontanilla, segunda guitarra y primera voz, cienaguero; le dieron vida al trío Bovea y sus vallenatos, que consolidó lo dejado por Guillermo Buitrago Henríquez.

El trío Bovea y sus Vallenatos llegaron al estrellato de la mano del cantante Alberto Fernández, cuya voz fue la que inmortalizó los hits más grandes de la agrupación. Su carrera ascendente empezó del año 52 en adelante, cuando grabaron con el sello barranquillero Tropical, después adquirido por Discos Fuentes.

Alberto Fernández Mindiola es una de las voces más privilegiadas del Caribe Colombiano, por haber pasado del tema vallenato a otras variantes rítmicas de Colombia, que lo eleva a ser una voz exitosa dentro y fuera de nuestra Patria.

Dentro de ese mundo de acordeones, guitarras, chicotes y diversas danzas que antecedieron a los cuatro ritmos que hoy tenemos, nació y creció en Atánquez Hugues Martínez Sarmiento, quien se sintió atraído por ese instrumento de origen milenario y empezó a recorrer caminos cantando la música de sus antepasados y la que en su momento se escuchaba.

Así se hizo músico el jovencito de 17 años, quien decidió, por voluntad propia, dejar su terruño y llegar a Valledupar, donde logró alternar con Bovea y sus vallenatos, se dio el lujo de no atender el llamado musical del trío Avilés, acompañó con su guitarra y el acordeón de Colacho Mendoza las eternas tertulias musicales de Rafael Escalona Martínez.

“Cuando él llego a Valledupar, en el año 68, todas las jovencitas de esa época nos moríamos por él. Nos parecía un señor educado, con sus ojos verdosos, lo veíamos más bello de lo que es, pero por la forma como tocaba las cuerdas de la guitarra eran unos vallenatos hermosos, soñábamos con él; pero cuando empezó a tocar mucho ‘El Pirata del Loperena’ y rondaba mucho por ese barrio, nos dimos cuenta que él ya había elegido a su enamorada, entonces las demás le dimos campo abierto”, dijo Cecilia Luquez Soto.

A los lugares a donde llegó le entregó toda su vida a la música, la misma que reconoce en él a un virtuoso de la guitarra como lo dijera Gustavo Gutiérrez Cabello en su canto: “Yo no puedo separarme / de las cosas más hermosas / más ligadas a mi vida / como estar enamorado / y escuchar de Hugues Martínez / su guitarra tan sentida”.

Melodía de la guitarra

Como lo dijera en 1950 el escritor Álvaro Cepeda Samudio, en una de las parrandas que se hizo en Valledupar, que ayudaron a fortalecer a nuestra música y lo que luego sería el festival: “Carlos Huertas es el Matamoros del vallenato”, con ese rotulo se dedicó a caminar. Esa trashumancia le permitió a los 16 años llegar a Maracaibo, llenarse de gaitas y pasajes y formarse en la escritura musical. Se hizo libre en La Guajira y llenó de música al pentagrama nacional.

Esa manera de componer lo hizo distinto ante propios y de otras regiones. Su música se nutrió de sus viajes, su menuda figura de caminante eterno brotaba música. No se estaba quieto y todas esas ansias de querer ser que llevaba en el alma terminaban en sus dedos ligeros que se posaban en su eterna compañera: la guitarra. Incomprendido luchador, olvidado por todos, dejó una obra que permite decirnos: hay Huertas Gómez para la eternidad.

Hace más de cinco décadas cuando nuestra música no gozaba de ese auge popular, que hoy día tiene, por las calles del Viejo Valledupar un trío de muchachos cuyo talento artístico se escuchaba a muchas cuadras, en donde las canciones del vallenato y boleros se hacían sentir.

Hugues Martínez, guitarra y segunda voz; ‘El Quinqui’ Efraín Pimienta Molina, guitarra y primera voz; y ‘Monca’ Raúl Moncaleano tocaba las maracas y hacia la tercera voz; conocidos en el argot popular como El trío Malanga. Qué manera de llamar a un grupo musical de tan excelsas cualidades artísticas. En ellos se conjugó toda la música popular de la región y del mundo. Lograron enamorar con su suave melodía a toda la sociedad valduparense que acogía más lo foráneo que lo producido por los músicos de la provincia.

Sofronín Martínez Heredia es un reconocido hombre que a través de su talentosa ejecución de la guitarra logró ganarse un lugar en la cultura del Caribe nuestro. Con su voz y su guitarra llenó de sentimiento y bohemia a quien lo escuchaba. Después de su partida hace alrededor de dos décadas, son muchas las historias que se cuentan en torno a su vida en la guitarra. Con su permanente asistencia al legendario bar La Quemada, pudo nutrir el pedido de su música, la misma que había logrado construir en diversos momentos de su vida artística.

Él tiene un puesto importante en la música vallenata cuando por la década del 50’ acompañó al músico Gilberto Alejandro Durán Díaz en varias grabaciones, entre ellas, en la puya ‘La vieja Gabriela’, de Juan Muñoz Mejía.

Rodolfo Bolaños más conocido como ‘El Veje’ logró dentro de la guitarra mostrar todo su talento, que lo llevó a conformar el trío los criollos vallenatos, los Cesares y los padrinos, y a componer uno de los más bonitos paseos dedicados a Valledupar. Esa nostalgia que encierra ‘Viejo Valledupar’, cuyo texto y melodía transportan a un tiempo especial de la hoy ciudad, entre ellos, Los Criollos Vallenatos, Los Césares y Los Padrinos.

Dúo guajiro

Uno de los dúos que hizo carrera en La Guajira fue el conformado por Hernando Marín y Luis Gutiérrez. El primero fue un destacado creador, cuyas letras pusieron a pensar sobre la realidad del territorio guajiro, saqueado por muchos gobernantes corruptos; el segundo tuvo la voz perfecta para que dos bohemios llenaran de música a nuestra tierra.

Hernando Marín es un símbolo de la creatividad vallenata. Sus cantos románticos y sociales son un vivo soporte de nuestra música. Este rebelde pensador nunca se quedó callado, sus obras siguen levantando su voz para denunciar lo que no está bien hecho.

Él era un peleador abierto por todo, pero así también era un afectuoso de la vida. Todo eso está contenido en su música, él se parecía a ella.

Los Kankuis, voz kankuama, de las estribaciones de Atanquez, tienen su historia que no arranca en 1980, época en que deciden unirse para hacer música. Ellos antes de nacer ya traían su narrativa musical.

Cuentan que Juan Francisco Mindiola el del ‘Gavilán Atanquero’, ‘Trovador Ambulante’, ya había hecho con sus canciones y guitarra toda una historia musical. Lo único que decidieron los Kankuis fue seguir el camino que les indicó la vida.

Este grupo musical es una unión de apellidos y sangre que termina siendo lo mismo. Son una familia musical que decidió poner al vallenato en su lugar a través de la guitarra, herencia que defienden para bien de nuestra música.

Presente en guitarras

Si llegan a Barrancas-La Guajira, mi tierra, y pregunta por Ramón Noriega es posible que le digan no conocerlo. Si le dicen, dónde vive ‘Chiche Badillo’ lo llevan derechito a su casa. Es de los punteros que tiene la guitarra, escasos por cierto, y todo eso lo aprendió de Carlos Huertas Gómez y Hernando Marín.

Su vida está sustentada en muchas herencias musicales, entre ellos, los Brito de la sierra, emporio de músicos acordeoneros y poetas, que convirtieron a su entorno en una estación musical que sirve de referente especial para el engrandecimiento del vallenato.

Los hermanos ‘Poncho’ y ‘Millo’ Carrascal son dos valores plegados a mi alma. Los hice músicos y ellos me hicieron a mí. Nacimos musicalmente en una esquina de su casa. En ese ruido musical, nacieron en un ensayo punteando sus guitarras, muchas canciones mías. Allí en ese lugar le perdimos el miedo para mostrar lo que teníamos. Nos aventuramos en el festival y salimos ganadores.

Ellos son una realidad en la divulgación del vallenato en guitarra y una parranda con su presencia es a otro precio.

Por los años 70’, tres creadores de primera línea en el vallenato fueron bautizado como ‘El trío de oro’: Hernando Marín, Sergio Moya y Máximo Movíl. Ellos construyeron su nombre por separado a través de su talento. Luego el mismo fue tomado por los hijos de Sergio Moya Molina en honor a ellos. El Trío de Oro, el de ahora, es una propuesta con vallenato en guitarra, del que hacen parte, Leónidas, Freddy y Sergio Moya Jr.

Oscar Cantillo López después de nutrir el espíritu musical en los grupos donde estuvo, decidió lanzarse de solista y empezar a brindar concierto en los cuatro ritmos que tiene el vallenato.

Nieto del reconocido músico Juan López Gutiérrez del que se desprende una familia musical, entre quienes están Miguel, Elberto, Pablo y Alfonso, reyes del festival.

La agrupación Castillo’s ha logrado mezclar los sonidos del pasado con el presente, que les ha permitido mantenerse en un equilibrio para bien de su propuesta musical.

Jhonatan Castillo, en la guitarra puntera; Diego Andrés Castillo, en la segunda guitarra; Carlos Alberto Castillo, en el bajo electrónico; y Varo Díaz, como vocalista; buscan despertar diferentes emociones en su público y demostrar que la guitarra no es menos que el acordeón en el género vallenato.

En el desarrollo de la actividad de la guitarra con música vallenata, dos eventos hacen que esta manera de escuchar y ver a nuestra música no se pierda.

El que se hace en Ciénaga-Magdalena y el que se desarrolla en Agustín Codazzi.

Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor musical para que el vallenato tenga una categoría en el Premio Grammy Latino. Félix Carrillo Hinojosa

BLOG DEL AUTOR: Félix Carrillo Hinojosa

Gabriel García Márquez: «el palabrero mayor»

Por *Félix Carrillo Hinojosa

A Gabriel García Márquez le tocó hacerle el quite al pesimismo, el zigzag a la envidia y saltar matones, para no dejar que sus sueños quedaran hechos añicos en cualquier esquina de los pueblos nuestro.

“Gabo me mandó de Estocolmo, muchos pescaditos de oro” Rafael Escalona Martínez

No muchas personas en Colombia, producen tan buenas noticias como nuestro querido Nobel Gabriel García Márquez. Todo esto tiene una razón de ser. Resulta que el muchacho aquel, que un día resolvió irse de frente contra la dictadura paternal, que se empecinaba en tener, en un cuarto envejecido, un titulo de lo que fuera, para sentirse orgulloso del hijo que hacía lo que él dijera. En contra de todos los vaticinios,  decidió convertirse en escritor.

De nada valió, los variados comentarios que haya hecho, si al final el tiro le salió por la culata, ya que como prueba irrefutable, pese a todos los pronósticos y las dificultades que rodearon al naciente periodista y luego laureado escritor, él se apoderó de la voz de la gran provincia, para que los continentes hablen de ella y de qué manera.

Pero el muchacho para estar en ese sitial, le tocó hacerle el quite al pesimismo, el zigzag a la envidia y saltar matones, para no dejar que sus sueños quedaran hechos añicos en cualquier esquina de los pueblos nuestros, a donde llegaba y le tocaba salir en bolas de fuego, porque no creían en él o lo perseguía el fantasma del pasado de su abuelo, o simplemente, no tenía una moneda en sus raídos bolsillos, para hacer más prolongada su estadía.

¿Cuántas puertas tocó y los dueños del poder central de la cultura, se negaron a abrirlas?, muchas, que él prefiere no hacerlo público, porque Gabriel García Márquez pese al poder en todos los órdenes que tuvo en  prefirió comentarlo a solas y en voz baja, muy para él. Estoy seguro que con su musa eterna, Mercedes Barcha, vivió todos esos portazos que recibió.

En su corazón, no hubo lugar para anidar esas imágenes desagradables, que luego con su éxito universal, han querido muchos, montarse en ese tren, que solo con la fuerza de la palabra, logró aceitar esos rieles esquivos,  que cayeron vencidos por la magia natural que posee.  Es más, prefirió olvidar sus nombres.

La imagen de nuestro escritor, sigue por encima del bien y del mal. Si hablan bien, es de buen recibo y sí no es así, la caparazón que tiene y que viene del más allá, sustentada por la cultura de los wayuu, rechaza esos dardos, los cuales, la mayoría vienen de críticos y escritores resentidos, que pierden su tiempo valioso, hasta por una coma que haya escrito o nuestro Nobel.

Pero si por el territorio, de los afamados nacientes críticos y escritores, hay una obsesiva manía de querer sepultar lo hecho por García Márquez, que entre otras, les va a quedar bastante difícil de lograr, no lo es menos, la cantidad de personas que sin visión hay en su tierra natal y en muchos pueblos del Caribe, señalan sin reparo alguno, la manera como el escritor según ellos, no hizo nada por esa tierra que lo vio nacer. Tamaño error el que asumen, porque él no estuvo obligado a tapar huecos, poner acueducto o hacerle culto al cemento. Eso que lo haga el constituyente primario o los políticos y en el mejor de los casos, el alcalde, para eso los eligen.

Todos estuvimos llamados a consentir a Gabriel García Márquez, no solo por los años que vivió como muchos sugieren, sino por su obra. A él, no hay con qué pagarle como logró retratar a nuestra provincia, sin caer en provincianismos. O acaso no es verdad, la manera como se activó la voz de nuestros pueblos, esa misma que variadas fuerzas oscuras y malos gobernantes, tratan de cercenar y que aparecen pintadas, en una policromía llenas de rostros vivos, en cada una de sus exquisitas crónicas, reportajes, novelas y cuentos. Todo lo que hizo para ver a Colombia en Paz, lo convierte en un hombre de esa dimensión.

Su obra es la mejor muestra de inclusión, para un territorio Caribe que le dio todo a Colombia, pero que el centro de poder, poco o nada reconoce. Si nuestro escritor  hubiese nacido en Antioquia, Bogotá o Cundinamarca o cualquier pueblo andino, el aeropuerto no se llamaría “José María Córdoba” o “el dorado”.

Convencido estoy, que llevaría su nombre. Claro, que a él esa vaina le entraba por un oído y le salía por el otro. Porque hasta eso, le ha tocado sortear a nuestro escritor, esas ráfagas de críticas, sin peso argumentativo, siempre en pos de hacerles imagen a sus creadores, con la pobre tarea que fulanito de tal, es mejor escritor que él.

A ellos se les olvidó, que su bien ganada fama y prestigio, no se la hizo una determinada editorial, sin restarle nada a la tarea titánica que las mismas desarrollan o los medios de comunicación, que a veces se empecinan, en hacer escritores a la fuerza.

Si bien es cierto, que sus obras hoy en día, son promocionadas como si fuera una mercancía, no lo es menos, que todo obedece a un marketing, que en nada contrasta con la obra misma y su calidad.

Pero, ¿por qué Gabriel García Márquez es tan reconocido?, Uno de esos pilares surge, al lograr que lo popular fuera popularizado y darle un estatus, ante las más enconadas elites centralistas, que miraron de reojo esas manifestaciones. Otra, es que su obra es una música variada, en donde aparecen ritmos que saben a cumbia, gaita, mapalé, fandango, pájarito, bullerengue, chalupa, tambora, paseo, merengue, son o puya vallenata y de danzas como el garabato o el de las piloneras en donde sin distingos, los pueblos nuestros se entrelazan en un interminable abrazo que sabe a gente buena. Y en ésta última expresión musical, si que somos agradecidos. La obra de él, sabe a vallenato y nuestros personajes están ahí plegados de manera activa, no como unos convidados de piedra. Es por eso, que en la Guajira y el Cesar, se le quiere sin la adulación, que siempre tiende a desdibujar cualquier mirada hacia él o su obra.

Para nosotros, éste escritor es el mejor narrador de nuestras costumbres, el creador de un mundo vital,  que no nos da pena llevar con orgullo en todo nuestro cuerpo. Sus años bien vividos, son el monumento al muchacho que rompió todos los esquemas literarios y que realizó, las gambetas necesarias en el estadio, a veces invisible de la vida, para construir un nombre inmenso, pese a que muchos de esos espectadores con rostro frío y pose de intelectual, le dijeron no.

No olvidemos que, ese matriarcado e imponencia que Ursula Iguarán hizo evidente, está inmerso en nuestras bisabuelas, abuelas y madres, mujeres hacedoras de vida y que juegan un papel determinante en nuestra cultura. Es la postura firme de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, que hablaba con la mirada y no repetía una orden.

Este escritor siempre ha sido un comprometido con nuestro País, en donde para mala fortuna nuestra, encontramos que el invierno que generan los bandidos, que no son muchos,  es más comentado que el verano de buenas conductas que tantos Colombianos dentro y fuera del País, hacen por esta amada patria.

Todos aguardamos con esperanza infinita, que vamos a encontrar la ruta deseada. Por eso quiero dejarles, desde la tierra de la Niña Luisa Santiaga, madre de nuestro querido escritor, que es la mía y a manera de regalo en su aguerizado cumpleaños, una frase que logré acuñar aprisionado al tiempo, después de escuchar a un hombre de mi tierra, que se volvió loco por amor, quien siempre se sentaba en la plaza y no se cansaba de repetir:

Nada que valga la pena se hace rápido”

BLOG DEL AUTOR: Félix Carrillo Hinojosa

*Escritor, Periodista, Compositor, Productor Musical y Gestor Cultural para que el Vallenato tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

Alberto Fernández Mindiola, un patriarca del vallenato

Por: Félix Carrillo Hinojosa*

Personajes como Rafael Escalona, Julio Bovea, Guillermo Buitrago y Abel Antonio Villa rodearon su existencia y lo llevaron a ser una de las primeras figuras en internacionalizar el folclor colombiano. Su talento llegó a países como Argentina, Chile, Uruguay y España.

Su canto está inmerso en la vallenatía, y allí todos los valores de nuestra música no dudan en señar a Alberto Fernández Mindiola como uno de los más grandes.

El tiempo ha pasado y las más de nueve décadas que entre pecho y espalda lleva consigo, hecho que lo mantiene como un vivo ejemplo a seguir, le han permitido que el color de su voz esté intacto, como si fuera un joven cantor de los actuales.

Sin lugar a dudas, él es el rodstar del vallenato, una figura preponderante que conoció de primera mano los cantos de Rafael Escalona y que luego, unidos, terminaron por ser inmortales en la defensa del folclor.

¿Dónde nació Alberto Fernández Mindiola?

Nací en Atanquez, Cesar, a una hora de Valledupar, en las estribaciones de la Sierra Nevada, el 7 de Abril de 1927. Mi abuelo materno era holandés. Llegó a Riohacha y allí se casó, tuvo varios hijos, entre ellos, mi mamá Beatriz Mindiola, quien tenía una hermosa voz y se fue a vivir a Atanquez, donde puso una tienda. Por ahí pasan los ríos Guatapurí y Candela. Mi padre Luis Fernández, un Villanuevero quiso que fuera vendedor de joyas, oficio que desarrolló desde muy joven, pero que además, tocaba la trompeta, el redoblante y el bombo.

¿Cómo fue su infancia?

Desde niño escuchaba ranchera, corridos, vals, polka, tango y la música alegre que se tocaba con acordeón, no tenía como acompañante a la caja y la guacharaca, sino que se hacia con platillos, redoblantes y bombo. Aprendí a cantar y tocar la guacharaca desde niño, influenciado por los músicos que iban a mi tierra a las fiestas de San Isidro Labrador. Estudiando la primaria en mi pueblo, fui escuchado por Arturo Molina y Nel Martínez, quienes me vieron futuro y me insistieron que me fuera para Valledupar. De niño escuchaba que la gente hablaba de José León Carrillo Mindiola, acordeonero y creador en 1838 del paseo El amor amor,y de El desaire en 1840.

¿Cómo fue ese encuentro con Rafael Escalona?

Vivía en el Barrio el Cañaguate y me conocí con Escalona en el Colegio Loperena, en un recreo. Al pie de ese colegio quedaba una finca de los Pitre, gente guajira reconocida por ser músicos. Había cultivos de patilla. Escalona un día me dijo: “Beto, quiero que te vayas a vivir a mi casa, para que te aprendas mis canciones”. Me quisieron tanto en esa casa que Margarita Martínez, la popular Aló, fue mi madrina de confirmación. La primera canción que me aprendí fue una que hizo de su negocio de cerdos en Maracaibo. Él la silbada porque no sabía cantar. Él me hizo un canto que nunca terminó, que dice, “yo tengo un amigo, noble y grande que andaba conmigo a toda hora”.

¿Cómo se conoce con Julio Bovea?

Una tarde salí de una iglesia, ccuando escuché una música. Me acerqué y en una esquina había una parranda en la que estaban Julio Bovea, quien tocaba la guitarra puntera, Billo en la guitarra acompañante y El Chino en la guacharaca. En 1940 hice parte de la agrupación de José María Peñaranda, quien gozaba de gran renombre por ser el autor de las obras Me voy pa’ la habanaEl caimán y La cosecha de Mujeres. Todo esto me permitió conocer al músico Abel Antonio Villa, con quien grabé acompañado con la guitarra de Julio Bovea. Así se inició lo que luego sería Bovea y sus Vallenatos, bautizado así en 1946 por el periodista Rafael Roncallo, quien era amigo de Antonio Toño Fuentes y del comerciante Che Granados.

¿Cómo llegó a las primeras grabaciones?

Al conocer a Guillermo Buitrago, El Mocho Rubio, Alfonso Angarita y Julio Bovea Fandiño, eso trasformó mi mundo. Le enseñé al primero los cantos El testamentoLa Maye y La despedida de Rafael Escalona. Esto me permitió grabar con Abel Antonio Villa y la guitarra de Bovea. Al fallecer Buitrago, en 1949, organizamos junto a Alfonso Angarita y Ángel Fontanilla, nuestra primera agrupación con la que fuimos artista exclusivo de La voz de Barranquilla. Luego, logramos llevar Los cantos vallenatos de Escalona para el sello tropical en Barranquilla con Bovea y sus Vallenatos convirtiéndose en el producto más vendido”.

Muchos aseguran que en sus grabaciones nunca hubo acordeón, ¿qué hay de cierto en esa afirmación?

Eso no es verdad. Soy de los primeros, sino el primero, que logró separar el acordeón del canto. Además de cantar, me hice acompañar de la guacharaca. En esa actividad, me secundaron las notas de los acordeoneros Luis Enrique Martínez, Nicolás Mendoza, Alberto Pacheco y Ramón Vargas. En el sello Vergara también interpretamos cantos de Escalona, más los diez años que vivimos en Argentina como artista exclusivo de la RCA Víctor, donde desde 1965 hasta la presente, seguimos en la memoria de esa Nación como una de las agrupaciones más reconocidas. Nosotros somos los responsables de que la Cumbia haya llegado hasta allá y hoy día tengan a la cumbia villera como un derivado de nuestro original ritmo. Nosotros somos una de las primeras agrupaciones que internacionalizó al vallenato, Nos paseamos triunfantes Julio Bovea, Ángel Fontanilla y mi persona por toda Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y España.

¿Cómo logró un cantor vallenato grabar obras que no pertenecían al género?

Mis primeras grabaciones las desarrollé con la sonora Curro y la orquesta de Don Américo y sus Caribes, por el año de 1946, en los antiguos estudios de la Emisora Nuevo Mundo. También lo hice con orquestas como la de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, José del Carmen Guerra y le hice coros a Celia Cruz.  A mí se me hace fácil cantar un porro, una cumbia, un chandé. Para mi fortuna, el cantante tumaqueño Tito Cortés se tomó unos tragos demás y no pudo cantar la obra Te olvidé, cuya letra es del poeta español Mariano San Ildefonso, un comentarista hípico radicado en Bogotá y director de la revista La Meta, a cuyos versos el trompetista y compositor Antonio María Peñaloza, les puso música.

¿Qué proyectos tiene Alberto Fernández Mindiola?

A pesar de mis 91 años bien vividos no he perdido la voz y quiero grabar un disco con Silvestre Dangond, Peter Manjarrés, Jorge Celedón y Jean Carlos Centeno. Había hablado con Martín Elías, para cantar un tema con él en su pasado disco, pero el infortunio no permitió eso.

Sin temor, estar al frente de Alberto Fernández Mindiola es estar ante un sabio patriarca del vallenato, alguien que con su voz y su guacharaca construyó unas bases sólidas para que la narrativa de los cantos vallenatos camine con la fortaleza hacia el futuro.  

Félix Carrillo Hinojosa

*Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor cultural