Playa Blanca: el famoso porro que nació como paseo y a un tris de llamarse Bruselas.

Por Alfonso Osorio Simahán   

El pasado mes de mayo, mi primo, el economista Alberto Osorio Martínez, me reenvió por un medio virtual un texto con características propias a una breve crónica, sobre lo que pudo ser la génesis del exquisito porro Playa Blanca. Alberto, que dentro de una de sus vocaciones anónimas – pero que ejerce con seriedad y devoción – se ha dado a la tarea de rastrear y compilar materiales impresos que tienen que ver con secretos y verdades de nuestro folclor Caribe, creyó, ante mis visibles expectativas, que esa publicación me serviría de algo. Y la pegó como diríamos a lo criollo y, por partida doble, ya que no sólo fue una certera novedad para mí, sino que me impulsó  adentrarme más en el contenido de esa historia para vigorizarla, al notar, al menos de mi parte, algunos vacíos involuntarios  por parte de su autor, que se podían llenar con la más mínima investigación.

Teniendo en cuenta que quien firmaba dicha crónica decía llamarse  José Manuel Jiménez Solís, alias, “Jimenito” y  había dejado como contacto un número telefónico, nos propusimos llamarlo. Pero ante varios intentos en días y horarios diferentes, fue infructuoso  localizarlo. Lo poco o mucho que conseguimos de Jimenito – también por esos medios virtuales -, es que se trata de un reconocido líder social y político en franco retiro, de edad octogenaria y nativo de Ayapel. Dentro de los altos cargos públicos que desempeño este personaje, está el de concejal y alcalde de su municipio .A comienzos de este año publicó un libro relacionado precisamente, sobre Ayapel, y su contexto histórico con el río San Jorge. Concluimos que, el texto en mención  pertenece a uno de los capítulos de esa mencionada  obra. Jimenito  asegura, en la misma publicación, que tiene en su poder la letra y el score original del renombrado porro.

De todas maneras, como se había acrecentado la curiosidad por el caso Playa Blanca, nos dimos a la tarea de ubicar amigos y  conocedores de música fiestera. Hablamos y consultamos con los que teníamos que hacerlo, y logramos recabar a manera de sazón, sostenibles e interesantes datos; y también algunas coincidencias con el relato de Jimenito, que nos sirvieron para desenredar gran parte de la madeja y armar aunque fuera a tirones, algunas piezas del rompecabezas del legendario porro.

Plegándonos al viejo aforismo aquel que sostiene que la historia es de quien la vive o la desentraña, y no de quien la escribe; por lo tanto, los justos créditos que  sean para Jimenito, y resto de colaboradores.

En los años 40s., ya el apellido Coronado roncaba duro por los predios de Ayapel. El patriarca que para entonces sacaba pecho de esa tribu era Don Pedro. De una modesta herencia que había recibido en tierras y semovientes, logró amasar una apreciable fortuna. Su clave: férrea disciplina y laboriosidad, que como  buen panzenú  se entregó a la cría, levante y ceba de ganado vacuno. En la comarca – a decir de sus coterráneos -, se granjeó el respeto y la consideración por su bondad, sencillez y conducta ejemplar.

 Dentro de sus propiedades, sobresalían dos hermosas y extensas haciendas: una llamada Bruselas, ubicada en el caserío  Villa Fátima –antiguamente llamado Rusia – y la otra, Playa Blanca, en la vereda de Tierra Santa; ambos caseríos pertenecían a la jurisdicción del entonces corregimiento de Buenavista, y este pueblo a su vez, a la cabecera municipal de Ayapel.

No obstante, a comienzos de los años 50s., los que patentizaron y extendieron la marca Coronadomás allá de los linderos de la Ciénaga de Ayapel, fueron los hijos varones de Don Pedro : Gregorio y Rafael. El primero, era de espíritu  alborozado, extrovertido y más osado que el segundo, quien se mostraba ante su entorno como austero, taciturno y muy prudente. Rafael, a pesar que era mayor que Gregorio, muchas veces se hacía a un costado, para dejar que este llevara la iniciativa en muchos de sus proyectos. Con el correr de los años, por esos atributos extras dentro de su temperamento y personalidad, Gregorio fue quien al final puso el hombro a la carga de la fama. Pero la gente, igual, no individualizaba a la hora de apreciar sus logros o defectos, sino que al referenciar por separado a cualquiera de los dos, hablaban en plural: los hermanos Coronado.

Ambos fueron apáticos, en intenciones, para educarse con alguna de las formaciones académicas de la época. Eso no fue impedimento para quefueran acuciosos y hábiles en los avatares del campo, donde encontraron la avasallante universidad  que los llevaría a la gloria, y más tarde, al desmedro.

Otro abono a favor de esa inquebrantable  yunta y, donde demostraron no ser pusilánimes al obtener un denominador común, fue en el derroche excesivo y los placeres de la vida. Pero eso sí, al igual que su padre, estaban blindados de rancia honradez y seriedad.

Un buen día, buscando otras alternativas dentro de la explotación agropecuaria, a pesar del  buen olfato conque manejaban el negocio de la ganadería; se empecinaron de manera obsesiva en la cría selectiva de caballos criollos y mestizos, logrando obtener una manada de casi un centenar de ejemplares, preparados en su  mayoría para el oficio de la garrocha  corralejera. Esta actividad los motivó para que se adiestraran paralelamente en el buen manejo de la soga anudada, a practicar la técnica de la garrocha, a herrar, y de vez en cuando, hasta mantear. Sin olvidar también que, fue a muy temprana que demostraron lo  dotes de expertos  jinetes.

Yapel,Cordoba, Colombia

Fue casualmente por Ayapel  y pueblos circunvecinos, donde dieron su primeros pininos como entusiastas gladiadores de corralejas. La gran sorpresa, no fueron sus caballos, sino cada uno de ellos por robarse los aplausos como futuras promesas en el arte de garrochar. El reconocimiento fue unánime. La apoteosis estaba a un paso.

Con todo y eso, salpicados de ambiciones, no se conformaron con que les ofrendaran pleitesía y tributos únicamente donde tenían marcados sus territorios, sino que idearon un plan de negocio integral: ofrecerse como garrocheros y, a su vez llevar consigo una veintena  de sus mejores caballos en alquiler con sus respectivos jinetes, a las diferentes fiestas en corralejas que estaban de turno en la bitácora anual. Más pronto que tarde les funcionó la iniciativa, porque las sabanas de Córdoba y del antiguo Bolívar Grandese convertirían en el nuevo santuario para sus triunfos y francachelas.

A pesar de haberse fogueados como practicantes y fieles devotos de las corralejas; por el extenso mercado cautivo que habían cosechado en cada una de esas festividades pueblerinas, y por estar bien posicionados donde les tocó alternar, los dividendos que recibían eran más emocionales que materiales. Por si ello fuera poco, dentro de esa camándula de animosos resultados, les llegó el elemento que  se veía venir, pero que  había tardado en llegar en sus andanzas: la perpetua parranda.

Una vez que culminaba la jornada taurina, venía un ligero receso para darle paso en el centro de la plaza al tradicional fandango. Los hermanos Coronado, acompañados cada uno por sus séquitos, incluyendo sus despampanantes y variadas barraganas; ya no vieron a esta sana diversióncomo el epicentro del esparcimiento y la algarabía, sino que la moldearon a sus anchas en  unos tenebrosos  bacanales que se extendían hasta el amanecer, con gastos comunitarios incluidos, a nombre de los Coronado. Los cantineros con sobradas razones ponderaban la fama que se habían ganado estos inseparables hermanos como sus  mejores clientes. Porque así  como eran de buenos consumidores, así eran de excelentes pagadores. Las facturas por lo tanto se las hacían llegar era hasta el último día de farra; y ellos en medio de sus tradicionales aspavientos las cancelaban  en efectivo, y con buena propina  por delante.

 Muchos fueron los pueblos donde los aclamaron los reyes de las festividades. Las juntas organizadoras de las diferentes fiestas patronales se disputaban su presencia. Lo hacían con invitaciones honoríficas, como  estrategia para garantizar el éxito del programa festivo. Llegó la época en que no se precisaba si sus grandes palmareses eran como garrocheros o fandangueros.

BANDA SAN JERÓNIMO DE AYAPEL

La Banda San Jerónimo de Ayapel, de las cordobesas quizás la más longeva, y pionera del Porro Cantao, contaba para aquel entonces con un constelación de músicos respetados; pero sobresalían en profesionalismo una trilogía de jóvenes referentes: su director, José Antonio Barrios Bolaño, destacado clarinetista  y arreglista; de buen olfato para seleccionar el versátil  repertorio de la banda que era la gran prenda de garantía de su aceptación. Era además, buen relacionista público. El segundo era, José Isabel “El CheloCáceres Land,  excelso arreglista, compositor y trombonista, quien  más tarde sería uno de los fundadores de los Corraleros de Majagual y músico de planta de la Orquesta  Billo’s Caracas Boys; no está  demás señalar que El Chelo, es el padre del revolucionario músico, Nairo Cáceres. Completaba la lista, José Rivera Benítez; aunque éste se defendía tocando algunos instrumentos de percusión, su plaza fija en la banda era como vocalista y corista. Poseía una voz fresca y penetrante en la tonalidad de barítono. Era dueño también de un buen oído musical y una asombrosa memoria, que era el soporte para aprenderse cualquier canción en cuestión de minutos. Los tres eran ayapelenses.

La banda, con una apetecida demanda en el mercado regional, era una de las inmancables invitadas a las diferentes fiestas en corralejas. En sus giras profesionales casi siempre coincidía con la temeraria trashumancia de los hermanos Coronado. Gregorio, amante de la buena música, tenía a la Banda San Jerónimo en la mira de sus afectos y predilecciones, pues, desde su terruño había sido siempre su mejor defensor, impulsor e incondicional seguidor. Era amigo de todos los miembros del staff, y conocía todo su repertorio; la banda le correspondía en  complacencias, no más conque Gregorio hiciera un simple gesto de petición.

En uno de aquellos furores festivos del primer semestre del año 1954, Gregorio, a sabiendas de la cadena de compromisos que tenía la banda, quiso asegurarse un contrato anticipado. Se le acercó un día a su amigo, el director, José Antonio, como lo hubiera hecho cualquier cliente que busca la prestación de un ineludible servicio social. Le dijo, que apartando la amistad a un lado se comprometiera con él para un toque. Ampliando su acometido, refirió que la tal presentación sería para celebrar el día de su cumpleaños, que asomaba a un mes aproximado de aquella fecha. Lo emplazó, además, con acento de contratista, para que le cobrara lo que considerara necesario. Sin demoras, se finiquitó el acuerdo. Ajeno estaba Gregorio de imaginar que aquel elemental acto jurídico de forma verbal, tendría para él enormes repercusiones  en su azaroso destino.

El aniversario estaba pautado previamente para celebrarse en la hacienda Bruselas por contar esta con estupendas instalaciones y otras comodidades, que se prestaban para ese tipo de agasajos y reuniones familiares; pero con el recrudecimiento del período de lluvias, se barajó la otra alternativa. Como  Playa Blanca estaba más próxima a  Ayapel y ofrecía mejores vías de acceso, a última hora, los hermanos se decidieron por esta segunda opción.

Marralú, corregimiento a orillas de río San Jorge, perteneciente también al municipio de Ayapel, y a pocos minutos en carro de esta, fue el sitio convenido para ir a recoger la banda. Como el único medio para llegar a Playa Blanca era por transporte fluvial, Gregorio se comprometió a enviarles una chalupa con motor fuera de borda. El horario acordado para la cita fue a las 10 de la mañana. Pero una combinación de tropiezos técnicos con humanos, alteraron los planes.

De los pocos integrantes de la banda, sosegados y pacientes en aquella fastidiosa y eterna espera, era Luis Rivas Benítez. Contrastaba con el resto de sus compañeros que se paseaban nerviosos con el instrumento en la mano, cual Banda Borracha: de arriba abajo… de arriba abajo; Lucho, en una de sus actitudes irreverentes, se recostó para apaciguar el tedio debajo de una mata de higuera. A los quince minutos que se incorporó, varios de sus compañeros notaron su rostro radiante. Pidió papel y uno de ellos le entregó un pedazo de partitura desechable. El reloj marcaba un poco más de  las 11 de la mañana. Luego se retiró y, volvió a  sentarse de nuevo bajo la mata. Sin mediar palabra alguna empezó a garrapatear algo con el lápiz en el reverso de la partitura. Transcurrieron otros quince minutos, pero esta vez de manera extraña se levantó sudoroso, serio y algo ansioso; luego se dirigió a donde estaba  “El Chelo” Cáceres:

Finca rustica, Cordoba
  •  Te quiero mostrar un paseo recién sacado del horno – le dijo Lucho.

Chelo casi nunca  perdía la compostura, y fiel a su carácter, siempre brindaba un aire receptivo a todo lo que oliera a música. Al ver a Lucho en aquel estado emocional, con decencia de casta, pero con más  ternura que curiosidad, le respondió que le leyera el cuento. Una vez terminada la lectura, sin variar su talante, le pidió que le tarareara la música. En la medida en que lo hacía, El Chelo, se iba contagiando de la misma emoción de Lucho, pero la disimulaba. Lucho no la había concluido, cuando EL Chelo brincó para el estuche donde guardaba su trombón, tomó  el instrumento y además una hoja de pentagrama. Confiaba en la memoria de Lucho, pero no en su concentración y perseverancia. Temiendo  que este variara, o desechara a caprichos la advenediza melodía, improvisó enseguida en el pentagrama, más que arreglo, una simple guía melódica de dicho paseo. Acto seguido, el mismo Chelo se acercó inmediatamente a donde estaba su tocayo, el director José Antonio a llevarle lo que para él, en ese instante, apreciaba como una inocultable primicia.

José Antonio, era muy seco en sus respuestas, pero cuando decía que sí, no lo hacía con palabras, sino con  un ligero movimiento de cabeza; y esa afirmación la entendían sus colegas para ciertos casos, como una muestra de su seguridad y beneplácito. No solo autorizó un par de ensayos, sino que esa vez rompió  uno de los protocolos de normas internas en autorizarlos bajo aquella intemperie, y en plena resolana. Algunos años después, evocando ese episodio, el maestro Barrios confirmó que fue la mejor “cuacada” –ensayo – que había hecho en su vida.

 Al finalizar el segundo ensayo se miraron unos a otros, como evaluando el impacto musical de lo que acababan de interpretar. El mesurado júbilo lo demostraron cuando todos coincidieron en aquel acto, que tenían envuelto en notas armoniosas, el mejor regalo que le podían ofrecer al cumpleañero homenajeado.

En la hacienda Playa Blanca, engalanada y atestada por un centenar de invitados, Gregorio, como buen anfitrión, y para no dejar escapar detalles minuciosos para una buena recepción, se duplicaba como persona en un lleva y trae constante; daba instrucciones a sus empleados y procuraba tener todo en orden y en su punto. Ensimismado estaba en esos preparativos cuando de repente sonó la banda. A decir de los que lo vieron, frunció el entrecejo. Eso normalmente lo hacía cuando reprobaba algo. No era para menos,  la extraña canción conque dio inició la banda no pertenecía al puñado de sus adorados porros, tales como “Ayapel”,Vamonos Caminando” o “María Barilla”, con uno de los cuales la San Jerónimo le rendía culto, a inicios de la primera  tanda. Pero cuando Lucho cantó el primer verso, “llegamos a Playa Blanca…”, sintió que se le cortó el resuello y, de golpe  se sentó  en un tronco que estaba  en  el patio.

 La verdad fue que, al finalizar la pieza musical no hubo lágrimas, pero sí entusiastas ovaciones y abrazos de los presentes. Al incorporarse de nuevo, Gregorio, hechizado todavía por el influjo del presente musical, se quitó el sombrero como en señal de agradecimientos. Dando respuesta a su aletargado regocijo, miró con asombro a los presentes para luego salir a reventar con su impetuosa fuerza espiritual, la monumental piñata: empezó a llover bebidas y licores de todos los sabores y marcas; mandó enseguida a sacrificar  varios  marranos y un par de reses, porque la orden era que sobrara comida y bebida suficiente. La fiesta, con puntual cronograma  para un solo día, se prorrogó por otros dos más.

Lucho Rivera, que ni siquiera se había tomado la molestia de colocarle título al regalo musical de Gregorio, se ahorró el trabajo; porque los invitados al solicitar la canción, una, dos, tres…y cualquier cantidad de veces aquellos días, lo hicieron de manera tan vehemente con el nombre que más calzaba para la ocasión, Playa Blanca. La historia apenas empezaba a fraguar.

Al culminar aquel pomposo agasajo, la mayoría de los invitados y espectadores, inclusive, el mismo Gregorio, creyeron que aquella dedicatoria musical, en aire de paseo, quemutó en un porro sui géneris, con el nombre de Playa Blanca y lanzada a la luz pública  en un apacible ambiente bucólico, quedaría reducida a un simple anecdotario campestre, o a un emotivo recuerdo familiar íntimo. Pero cuando la Banda San Jerónimo de Ayapel empezó a difundirlo a los cuatro vientos en cada uno de los  eventos y compromisos de su agenda; y después, cuando  no sólo era ella la que servía de cascada promocional, sino el gran público que fascinado de gozo lo solicitaban desafiantes para cantarlo y bailarlo hasta la saciedad, la percepción de todos ellos no sólo cambió, sino que se transformó en un sentimiento de empoderamiento afectivo  generalizado, generado por  un motivo, el cual ellos habían visto  nacer y, que se hacía incontrolable de camino al éxito.

Sumado a esto, llegó el momento en que La  Banda San Jerónimo le tocó fajarse con otras competidoras para la difusión del porro; porque obligadamente le arrebataron de las manos, producto del clamor popular, la exclusividad que tenía con  esa pieza musical. El porrolo montaron en sus respectivos repertorios, con excelentes arreglos  las mejores bandas de la época, como La Nueva Esperanza de Manguelito ; la Ribana, Bajera y Central de San Pelayo y, la Banda de San Marcos, entre otras. Más tarde, ya no fueron las innumerables bandas, sino orquestas reconocidas, combos y conjuntos de toda índole los que se encargarían de trasladar aquel hit, de tendencia fiestera, a  salones de gala y clubes exclusivos de las grandes ciudades. Pero la mayoría de esos grupos musicales  ejecutaban el porro  al estilo instrumental. La letra, si era que aparecía alguna vez, era improvisada.

Quienes no cabían en el pellejo de sus cuerpos de la inmensa dicha, eran los hermanos Coronado. No era nada casual. Si antes, los fandangos y garrochas eran los pretextos que esgrimían para saciar su sed de rumba; ahora, en el caso concreto, Gregorio, al presentarse en sus innumerables actuaciones como el protagonista de su propia novela musical, las razones eran triples y, por supuesto, en esa misma tónica arreciaron aún más los desmanes y vida dispendiosa. Cada vez que Lucho Rivera entonaba la canción en presencia de los hermanos Coronado, el éxtasis, la idolatría y el despilfarro rebasaban hasta alcanzar el máximo  esplendor.

Pero todo exceso, tarde o temprano, trae consigo previsibles  consecuencias negativas que resultan muchas veces funestas. De por sí, la pitera por  donde empezó a colarse la  riqueza de  los Coronado, ya era un hecho notorio antes de emerger  Playa Blanca. Con el éxito de la canción, el deslave comenzó hacer mella. Los hermanos Coronado, inmersos los 365 días del año en el goce y la diversión, descuidaron  los quehaceres inherentes a la hacienda, y a eludir las responsabilidades que de ella emanaba. Don Pedro, que había legado en ellos el hombro de la prosperidad, ya no podía hacer nada: se encontraba  jubilado, producto de su menguada salud y  vejez. Las deudas y obligaciones crecían con la misma intensidad que mermaba el rebaño. La orgullosa cuadra de caballos se redujo a menos de una docena. Pero como si nada, los hermanos seguían cabalgando por el mundo en sus recurrentes y viejas prácticas. La decadencia total  estaba a la vuelta de la esquina, y no había marcha atrás.

Cualquier día, de los últimos años dorados de los hermanos Coronado, a finales de los 50s.,un trabajador de confianza de Gregorio le dijo en tono de desánimo, que mientras hacía unas diligencias en Planeta Rica, había escuchado en una emisora de Monteríauna canción con la música idéntica a Playa Blanca. Gregorio, sin alterarse, pero con con voz de patrón, le dijo al mismo empleado que tratara de conseguirle ese  disco donde fuera. Cuál no sería su asombro al tener el disco en sus manos, al  descubrir que el artista no era otro que su ídolo, “El Negro” Alejo Durán, con quien había parrandeado hacia un par de años por los lados del caserío de Rusia, en la época en que ese pueblo, en medio una celebración religiosa, casi arde por completo a causa de un incendio providencial. Los únicos que murieron en aquel siniestro fue un par de gitanos que habían ido a rebuscarse mediante la tramoya de  echar la suerte. “El Negro” Alejo, a raíz de ese  acontecimiento compuso y grabó la canción “La Quema de Rusia”.

 La canción del dudoso plagio de Playa Blanca, era un paseo de estilo alegre, titulado “Muchachas Cacereñas en la Playa”, y aparecía como autor, Germán Serna, paseño –de  El Paso, al igual que Durán. En los alegatos que le tocó hacer en su momento Serna, tratando de defender la autoría de la mencionada melodía, aseguró que lo de “cacereñas”, provenía de Cáceres -Antioquia-, pueblo a orillas del río Cauca, donde él estuvo trabajando por varios meses en una mina. Que el resto de las versiones que se hicieron, aludiendo a Playa Blanca,  fueron burdos y verdaderos plagios.

Serna, quien no lo hacía mal como acordeonero, fue el centro de varias disputas legales en el terreno de la composición. Entre las más llamativas fue la  que mantuvo con el  “El Negro” Alejo por el tema “Sierva (Sielva) María”; y  con Abel Antonio Villa, por las canciones “El Negro Maldito”, convertida en éxito en los años 90 por Los Hermanos Zuleta con el nombre de Isabel Martínez , y El Higuerón que perpetuara El Binomio de Oro” a principios delos 80.  .En acciones postreras, la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia -Sayco-, lo resarció al reconocerlo  como el verdadero compositor de esas obras. 

Pero lo que si le produjo un doble impacto emocional  a Gregorio, fue cuando el mismo escuchó en una de sus cruzadas por lo que es hoy las Sabanas de Sucre, la versión  de Playa Blanca, con la Orquesta de Pacho Galán. El primero de esos efectos fue de consternación, porque su nombre no apareció por ningún lado de la grabación, y el otro, porque  sintió con tanta sabrosura el porro, que hasta lo bailó.    

En otras cuatro versiones que llevaron al acetato en aquellos subsiguientes meses, prosiguió la tónica: no sólo no se mencionaba el nombre de Gregorio, sino que cada intérprete, ajustando la canción a la medida de sus caprichos, le acomodaron o quitaron frases e ideas que ni siquiera el compositor, Lucho Rivera, se había imaginado. Algunos artistas optaron por incorporar, al igual que Pacho Galán, los nombres de Ayapely Coronado, que no aparecían en la letra original, como para que quedara la imagen temática de las verdaderas intenciones del porro de Lucho,y así lavarse las manos. Lo único que se mantuvo incólume en ese desbarajuste de versiones, fue el nombre, Playa Blanca.

Gregorio, pecando de ingenuo, o tal vez ignorando de cómo se manejaban las usurpaciones de los derechos autorales en aquellos tiempos, sobretodo, cuando todavía estaba devaluado el reconocimiento moral y pecuniario del compositor, y no se había constituido Sayco; le insinuó a Lucho Rivera para que interpusiera una demanda, a ver si  podían revertirse esas omisiones deliberadas. Pero Lucho, tan sensato en su forma de pensar, como discreto en su forma de actuar, le recomendó entre sonrisas que se olvidara de eso. Y para que se tranquilizara le dijo:

    —Quien debería estar enojado sería yo compositor: no se         conformaron con tergiversar el contenido de la letra, sino que ahora aparece media docena de impostores, reclamando también la paternidad de mi obra maestra –.

   – Duerme tranquilo, al igual que yo -le sugirió. Confórmate conque al  menos mencionan el nombre de tu finca y tu apellido…, tú y yo… y todos los cordobeses sabemos que esa canción fue hecha para ti… y  que sólo nosotros somos los legítimos dueño–,  repuso.

Y le puso como ejemplo ilustrativo a La Pollera Colorá, Cumbia Cienaguera, La Gota Fría, La Brasilera, La Víspera de Año Nuevo, La Camaleona, por nombrar unas pocas del folclor costeño, que habían pasado por esos mismos trances. En todos estos casos, a la larga, quienes lograron imponerse fueron: el dominio público, las pruebas testimoniales y testigos presenciales, para que esas obras fueran reivindicadas con justicia a sus propios dueños.

De esas primeras versiones la que causó más comentarios por lo paradójico, fue la del maestro Calixto Ochoa. El “Viejo Cali”, fecundo al componer y gran mecenas de su arte musical, le alteró casi su totalidad de la letra .Lo rescatable de aquella versión fue que, la interpretó magistralmente en ritmo de paseo.

A Gregorio, impasible en su largo peregrinar, no le quedó otra que seguir coreando y glorificándose al lado de Lucho, cada vez que este le tocaba cantar su dedicatoria de cumpleaños, remarcando en cada estrofa su nombre, para que todo el mundo supiera como decía su genuina letra:

I
Llegamos a Playa Blanca
tierra bella y preferida,
felicitando a Gregorio
que cumple un año más de vida.
El año que viene vuelvo
el año que viene vuelvo,
el año que viene vuelvo
si Dios me tiene con vida.
II
Felicitemos a Playa Blanca
y a todos con alegría,
Gregorio es muy complaciente,
Gregorio no se desvía.

Coro

Es un joven complaciente
es un joven complaciente,
es un joven complaciente
Gregorio no se desvía.
Es un joven complaciente
es un joven complaciente,
es un joven complaciente
así es todos los días.
III
Se oye el bramar del ganado
y el grito de sus vaqueros,
admiremos a Playa Blanca
por sus hermosos potreros.
Y el año que viene vuelvo… (se repite).
                                

Playa Blanca por Pedro Laza y Banda

 OTROSÍ.– A finales de los años 80, nos invitaron a  una fiesta familiar en Chinú – Córdoba – El evento fue amenizado por una banda local del género pelayero. Su director, -lamentamos no recordar su nombre -nos comentó en medio de una tertulia informal que, paseo inédito que se estrenara en una banda cordobesa, ya sea para interpretarlo o grabarlo, quedaba matriculado para toda la vida como porro.

La fuerza de aquella afirmación la sustentaba más adelante el maestro,  mediante la tesis que, no es  por el  hecho mismo de que el paseo es el aire musical que está más íntimamente emparentado en su estructura cadenciosa con el porro, ni por  los arreglos compasados con aquella famosa formula del 2×4 con que lo adornan; sino por una razón de percepción menos subjetiva : nuestras tradicionales bandas de corte pelayero están etiquetadas, en sus genuinas intenciones, como el espacio musical donde evolucionó el porro autóctono. Sintetizando, estas bandas, desde que irrumpieron en el concierto musical, han sido y serán un  taller para promocionar esos novedosos  experimentos autóctonos, y su posterior plataforma de lanzamiento. Aquellas palabras de maestro director tal vez no eran un descubrimiento nuevo, pero sí, un  tema de reflexión que nos quedó para que de cara al futuro, tuviéramos un mejor panorama de comprensión sobre una realidad artística.

El género vallenato no ha  escapado a esas difusas distracciones, con aquello de que todo lo que suena con caja, guacharaca y acordeón es vallenato.Este humilde melómano y, creo que delante de mí, muchos más, asimilamos o estuvimos convencidos durante años que Rosa Angelina y Caminito Verde, canciones que grabara con su genuina concepción  agreste el Negro Alejo, en los años 60s., eran auténticos  vallenatos raizales. La realidad la palpé  cuando me vine a vivir a Venezuela, donde comprobé que esas dos exitosas piezas musicales pertenecían al insigne maestro Juan Vicente Torrealba y, hacían parte de las joyas antológicas del folclor llanero venezolano.

Creemos que fueron esos mismos atajos musicales, sin dudas, los que le tocó pasar, al momento de su irrupción, la controvertida obra Playa Blanca. Con otro dato curioso  en intensidad y es que, ese  nombre nada tuvo que ver con el mar o la arena.

Es insólito, por no decir repudiable, concebir una tarde de corralejas sin la presencia de una banda en uno de los palcos. La banda, como el epicentro de la alegría y encanto en esos escenarios, completa el cuarto elemento vitaldespués de la manta, garrocha y banderillas. Su suerte es irreductible. Un reconocido ganadero sincelejano decía que, de faltar un porro en las corralejas, es como prescindir dos de los elementos citados anteriormente. Los hermanos Coronado, con sus previsibles comportamientos en sus épicas actuaciones, así lo entendieron.

El célebre banderillero, “El Mocho” Acuña, -amputado uno de sus brazos -percibía la función de la banda, más allá de un simple deleite. Ataviado de emoción sostenía que al escuchar un porro palitiao , al filo de ejecutar una de sus temerarias faenas, sentía que algo misterioso lo guindaba de aquellas notas musicales para  luego empujarlo, como quien flota por los aires, a enfrentar al toro con tal confianza y destreza que parecía que no fuera una, si no las dos manos, las que colocaban el esperado banderillazo triunfal.

Sin ir muy lejos, el más famoso  enlazador de su época, “El Negro” Rocha –vivito y coleando pese a contar con más de un siglo a cuestas– también le apostaba a la cábala musical. Rocha, llamado también el Hércules de las Corralejas por su complexión y descomunal fuerza; en cierta ocasión, exhausto por su reciente ajetreoy, por hacer las veces de novato trapecista paraencaramarse al palco por los lados de la corraleja, buscando colectar los espontáneos honorarios del público ; con su vivaz sentido del humor se le escuchó confesar al grueso de los integrantes de una banda en plena actuación, que no había mejor estimulante para su cañaña –músculos– que el bombo, el redoblante y los platillos de una banda , al momento de jalar el toro para el toril. Que la única forma para que él destemplara la cabuya, era que ellos silenciaran  la música a adrede.

Ahora bien, retomando el big bang de Playa Blanca y su efecto inmediato;la verdadera inspiración del poeta, en este caso, la causa que tuvo el compositor Lucho Rivera, para engendrar su ópera prima, no llega cuando se quiere, sino que ya vimos que aparece de la nada como una reacción inesperada del subconsciente, aunque los motivos que generan esas apariciones las veamos y las toquemos. Un prestigioso cantautor sostenía que era como un relámpago en un día asoleado. Definir la inspiración en estos momentos, no nos autoriza debido su complejidad, y porque no somos especializado en el tema.

Lo que sí es evidente es que, muchas obras maestras de nuestro folclor parecen que fueran atacadas al momento de la creación por los mismos síntomas de parto. Al menos, eso fue lo que les tocó vivir  Matilde Lina y Playa Blanca, por comparar solo estas dos al voleo. Aun cuando se dieron  a conocer en géneros musicales diferentes, nacieron como tradicionales  paseos; un mediodía; a las orillas de un río; de versos cortos y melodías que sus autores identificaron como sublimes, y hasta hubo momentos en que les dio la corazonada que no parecían hechas por ellos; fueron unas ofrendas sentimentales: la primera una declaración de amor, y la otra un regalo de amistad; y como sobrepeso, ambas son unas auténticas plegarias costumbristas cargadas de melancolía y nostalgia.

Matilde Elina Soto Negrete

Matilde Lina, o la  Mati, como la llamaban sus amistades antes de que Alfredo Gutiérrez la eternizara con el homónimo de una canción, tuvo mejor fortuna que  Gregorio – Goyo o El Yoyo, como lo llamaban sus amigos- al momento de ubicarlos en lo terrenal en cuerpo y alma. Matilde Lina Negrete, su verdadero nombre, el tormento del travieso  Leandro Díaz, a quien ella solo vio y quiso como amigo; hoy vive en Valledupar después que se vino de su pueblo natal que queda al sur de la Guajira. Sus vecinos, amigos y pueblo entero, la admiran; recitan su historia; reconocen que su fama se debe a una hermosa y exitosa canción; la valoran como símbolo y leyenda del cancionero vallenato y, ganó estatus social y algunos privilegios a costa  de un compositor  enamorado.

Gregorio, la antítesis de Matilde en valoración popular; devorado en sus últimos años por la soledad y el olvido, al igual que su hermano Rafael, se vieron forzados a salir de sus reductos, cuando Playa Blanca, sus caballos y ganado, pasaron a mejores manos. Para los años 80, la otrora riqueza de Don Pedro, al igual que él ya habían desaparecidos Los gloriosos días de los hermanos Coronado entraban al álbum de las leyendas.

Los hermanos Coronado, de ser por mucho tiempo los centros de atracciones, pasarona ser ciudadanos comunes y corrientes. Gregorio se fue a vivir a Barranquilla, donde murió hace varios años, rodeado únicamente por el cariño de su familia y amigos más cercanos. Durante ese tiempo, con mucha decencia, vivió como comisionista en la compra y venta de ganado. Esta actividad la utilizó de charretera, como para llevar consigo el último vestigio vivo de la  opulenta fortuna que un día gozo con su hermano Rafael; quien a pesar de su ancianidad aún vive en Cartagena, emulando a su hermano, pero con un negocio de quesos al mayor y detal que atiende en compañía de sus nietos.

Rafael, de los pocos sobrevivientes de su camada, tratando de escarbar en su memoria recuerdos inmemoriales, se encontrará con los placenteros días que le tocó vivir por los  lados de Ayapel; sus periplos por Marralú,  el Río San Jorge, los fandangos y  Corralejas; y talvez se acordará de sus hermosas amantes. Es posible que se atreva a decir, sin equivocaciones, que mientras exista el porro, habrá Playa Blanca para rato…y otros buenos garrocheros como él, que seguirán dándole vuelta a la plaza.  

BLOG DEL AUTOR: Alfonso Osorio Simahán                             

4 comentarios

  • Hernando Marriaga

    Muy interesante y amena esta historia, la verdad no conocía esos pormenores sobre ese porro que ha sido uno de mis favoritos.

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  • Álvaro Enrique Jiménez

    +57 304 6791040
    Número de José Manuel Jiménez Regino, este los puede orientar para hablar con su señor Padre José Manuel Jiménez Solís.

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  • Álvaro Enrique Jiménez

    +57 304 6791040
    Número de José Manuel Jiménez Regino, este los puede orientar para hablar con su señor Padre José Manuel Jiménez Solís. Muy buena la nota sobre el paseo de Playa Blanca. Los últimos en grabarlo fueron Moises Angulo y Otto Serge

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  • Álvaro Jiménez Diaz

    Lo único es que el nombre preciso de su compositor es Luis Rivera Benitez, quien además de los porros y paseos también cantaba con la banda San Jerónimo boleros. Ejecutaba las maracas y la timba.

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